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Ramiro y Otilia

Por domingo 8 de enero de 2012 Sin Comentarios

Por Alfonso Inzunza Montoya*

Cuando era niño, de unos 11 años, entraron a trabajar en la casa tres hermanas que eran simpáticas y alegres pero muy serias.

Cada una de ellas, tenía su trabajo definido.

Una, ayudaba en la cocina, otra, en el lavadero y la plancha y la otra, en el molino de nixtamal, que tenían mis madres con una tía muy querida en sociedad.

Con mi primo Atilano, que vivía casi enfrente de la casa, trabajaba de vaquero, un muchacho, como de 20 años, llamado Ramiro, mejor conocido como “El borrego”.

Un buen día, para sus malos pecados, me dice, –”oye Ponchín, que guapa está la Otilia”– una de las tres hermanas, yo, ni tardo ni perezoso, le digo, –”fíjate Ramiro, que no me animaba a decirte que la Otilia me preguntó que si quien era ese muchacho tan bien parecido que trabaja con Atilano, porque luego dicen que uno es alcanfor”.

–¡¿Deberas?! –dijo-, no me estás vacilando.

–¡Nooooo¡ cómo crees, con esas cosas yo no juego, pero si quieres le doy saludos de parte tuya.

–¡Ándale pues!, vamos a ver que dice–.

Por supuesto que no le dije nada, pero ya con eso pensé, esto se puso bueno.

Al día siguiente, cuando salí de la escuela, en la tarde, porque íbamos por la mañana y por la tarde, inmediatamente me fui a buscar a Ramiro y él me estaba esperando, sentado en las trancas (éstas son unos troncos delgados que se colocan horizontalmente en la puerta y se apoyan en un tronco mas grueso con unos orificios por donde pasan los primeros y sirven para que no se salga el ganado), de la puerta del corral de su patrón y luego luego me dijo, ¡que noticias me tienes!, yo pensé, ya te fregaste.

–¡Buenas le contesté!

–Te mandó saludar.

–¡A lo macho!, -dijo-.

–Sí, como crees que te voy a echar mentira.

–Pero si quieres, mándale una carta para que te desengañes, –sería bueno–, -me dijo-, –pero no sé escribir.

Otra vez ni tardo, ni perezoso, –¡yo te la escribo!–, –¿en serio?–, si hombre, como no.

Que me voy volando a la casa y en el abarrote, que vendían papel para carta y sobres, tome uno de cada uno y a darle.

“Otilia: te escribo ésta carta para decirte….etc., etc.”.

Voy con el cliente y se la leo con muy buena dicción y con mucha emoción. Aquí, no sé quien era mas bruto, si él, o yo, esto por la sarta de tonteras que le decía.

El caso es, que le gustó, y, en el momento que me dijo que se la entregara, allí fue donde a mi me gustó, porque muy cargado de razones, le dije, –”fíjate que la hoja y el papel cuesta tanto y para que te conteste, pues sería bueno que le mandaras hoja y sobre también”.

–Bueno, creo que está bien, me dijo, aquí tienes un tostón, ey, ey y el cartero, ¿qué?, apenas con otro tostón y ni modo a sacar el peso.

Corriendo cumplí mi cometido, pero no como el pensaba, si no que fui por papel y sobre y a contestarle. Muy temprano antes de irme a la escuela fui a buscarlo para darle la buena nueva ¡le habían contestado!

Pero grande fue mi tristeza que no lo encontré y yo que quería comprar unos chocolates El Presidente que no vendían en la casa, ni modo hasta la tarde, pensé.

De la misma manera, en el corral, me estaba esperando, –¡que pasó!, ¡que noticias tenemos!–, –aquí hay carta–, –dámela–, me dijo, –sí como no, pero es un peso del correo– y a querer o no, me lo tuvo que dar, (creo que el salario mínimo era de $4.00).

Inmediatamente a leérsela, ya que era servicio completo.

Así estuvimos como dos meses.

Un día la carta era de un lado y al día siguiente era del otro.

Para mi buena fortuna, unas primas que éramos vecinos y ellas unas jovencitas, habían comprado, no se donde, un libro de cartas de amor y por supuesto que se los decomisé, cuando menos hasta que duró el romance.

Un buen día, me dice el novio –”oye Ponchín, no crees que ya sería bueno que la Otilia se juyera conmigo”–, y el consejero estrella le dice –”por supuesto que sí, ustedes ya están muy enamorados, creo que ya es hora”–.

–Pues a escribirle otra carta y a plantearle el asunto.

Cuando me quiso dar el peso de rigor, le dije que no, que si había contestación favorable, que me diera tres pesos y si no, pues nada, está bien, me dijo.

Raudo y veloz, le lleve la carta y en esa me tardé más para contestarle, porque ya se me hacía gordo el asunto, pero estaban los tres pesos de por medio, así que me dije, a darle que es mole de olla y, le contestó la muchacha, le dijo que sí, que se pusiera de acuerdo conmigo para ver cómo le iban a hacer.

Que cruel, hasta perfume de mi madre le puse a la carta.

Pero en vías de mientras, vengan los tres pesotes y él, encantado me los dio, inmediatamente le expliqué como estaría toda la acción.

–¿Cómo le vamos a hacer?–, me preguntó.

En ese momento fue cuando razoné y me dio miedo, porque ya estaba muy metido en algo, que difícilmente podía controlar.

Ni modo, a sacar la tarea lo mejor posible. Aunque estaba muy chico pensaba, “estoy jugando con los sentimientos de éste pobre borrego”, no se les olvide que leía muchas cartas de amor y me documentaba en revistas que en esa época salían como Confidencias, pensarán, ¡bueno!, ¿de donde sacaba tantas cosas?, lo que pasaba es que en mi entorno había cuatro muchachas mis primas vecinas, cuatro primas mas a media cuadra y una en la casa, así que había mucha tela de donde cortar.

Pero volviendo a lo que nos ocupa.

–Mira, Ramiro, le vamos a hacer de la siguiente manera–, él con los ojos grandes, como de borrego ahorcado, más pendiente de cuando Atilano le echaba de la madre porque se le salía un becerro del corral, me dice –¡¡¿cómo?!!–, ya no me podía rajar y había que salir luego de ese compromiso.

Le digo, en la tarde, como a la una y media, vamos a estar en la mesa del molino (éste estaba en un portal junto a la casa grande y la mesa, que era el mostrador de despacho).

A esa hora, ya habíamos comido, mis madres durmiendo la siesta y una tía (luego les platico de ella), recargada en una silla, en el pilar frente a la puerta del abarrote, dormitando también, era la hora propicia.

Te acercas, te escondes en las cacaraguas (un arbusto grande que había en la escuela exactamente frente al molino), y cuando te haga una seña, llegas. Juega, me dijo, yo pensé: “que Dios me bendiga y a éste pobre tonto también”.

El caso fue, que a la hora señalada, se presentó un contratiempo, pues la hermana que le tocaba el lavadero, se vino con nosotros a la conversa, y yo no encontraba cómo hacerle. Siempre me ha gustado cumplir mis compromisos, entonces como león enjaulado entraba y salía, no me lo van a creer, pues no soy inquieto, hasta que llegué y le digo a la Ticha (así se llamaba), era una chaparrita, yo creo que era la mas seria, no sé si era la mayor, –”Ticha, dice mi tía, que le laves la ropa que se quitó, porque mañana, se va para Culiacán y se la va a llevar”–, –¡ah no!–, fue la respuesta, –está haciendo mucho sol, se la lavo más tarde–, –bueno, tu ya conoces a mi tía, cuando dice ahorita, es ahorita–; no queriendo, no queriendo, no sé si echando pestes, se fue a hacer lo ordenado.

Inmediatamente, le hago una seña a Ramiro, que lo tenían
frito las hormigas coloradas, y el dedo gordo del pie, ya le salía del huarache de tantas picadas que le habían dado, pero se tenía que aguantar para no espantar a la polla, futura madre de sus borreguitos.

Llega y muy ceremonioso dice, –¡buenas tardes¡– Otilia, muy correcta, le contestó, él se sentó en la mesa y yo me metí al cuarto del molino.

En cuanto lo hice, Ramiro le agarró la mano izquierda, pero no contó que la derecha, volaría y hasta la otra punta del pueblo se oyó la cachetada, él era muy moreno y se puso azul, púrpura, tinto, no sé de que color, de pura vergüenza y con mucha razón estando tan enamorados y haciéndole eso, yo, que estaba espiándolos por una rendija de la puerta, me dio coraje que se portara así o ¿sería miedo?, el caso es que le pregunta muy abatido, –¿por qué me pegas, Otilia?–, y tú, –¿por qué me agarras la mano?–, se queda helado de la respuesta y le dice, –si tu y yo tenemos mucho tiempo de novios, te he escrito muchas cartas, y tu me las has contestado, y hoy, nos íbamos a poner de acuerdo, para juyirnos–.

–A ver, a ver, ¿cómo está eso?–, fue la respuesta de ella; –si, Otilia de mis amores, con Ponchín te escribía y en la última carta, en eso quedamos–.

–¡Ay Ramiro!, ¡que inocente eres, Ponchín no me dio nada, ni siquiera sabía de eso!–, rojo de vergüenza se levantó, tinto de coraje se fue, y amarillo de tristeza caminó rumbo al corral, debe de haber ido pensando, –¡¿cuánto le di a este tal por cual y mira a donde fue a parar la cosa?!–.

El caso es, que salgo y le digo a la Otilia, –ya te ví eh, ya te ví que Ramirito te agarró la mano–; –¡con tu mamá Luz te voy a acusar!–, fue la contestación, –¡no Otilia!, no tiene caso, ya pasó, mejor platícame como te fue–.

–¡Sí, como si no hubieras estado mirando!–, me dijo.

–Mejor dame las cartas y no digo nada–; –bueno–, contesté, –es trato–. Corriendo fui y le traje una caja de zapatos donde las tenía, (no se les olvide que eran cartas de a peso) e hice la entrega.

Ya me quedaba arreglar el asunto con Ramiro únicamente.

Pues bien, en la tarde, al salir de mis clases, me fui por dentro de la casa y salí por la casa de mis tíos vecinos, había una cerca en el frente con una puerta, la cual dejé abierta, y exactamente al otro lado de la calle, estaba Ramiro sentado en las famosas trancas, más triste que un cholo sin grabadora y que le digo –¡¿quihúbole Ramiro, qué dice la Otilia?¡–, yo en el medio de la calle y él brincó como león enjaulado cuando le abren la puerta, gritando, –¡¡¡vas a ver jijo de la jijurria¡¡¡– y quien sabe que cosas más, los resoplidos, se oían hasta el Palmar de los Leal, pero yo que me las olía, entré a terreno prohibido para él y me refugié en la faldas de mi tía, que ni en cuenta de lo que yo andaba haciendo, y el borrego, casi dándole un infarto del coraje.

Me fui a la casa, cené, dormí tranquilo y al día siguiente a la escuela como todos los días, pero volteando para todos lados, no fuera aparecer Ramiro porque no dejaba de darme miedito.

Tardé un mes en salir por aquellos rumbos, que tenían su atractivo.

Hasta que se amansó.

No sé, si era que se le había pasado o le platicó a alguien y este le dijo, –¡déjate de eso, son cosas de chamacos!–.

Hasta la fecha, cuando lo llego a ver, le pregunto, –¡¿quihubo Ramiro, que dice la Otilia?!– él comprensivamente se ríe.

*Constructor.

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