Nacional

Xipe Totec Redivivo

Por domingo 9 de junio de 2013 Sin Comentarios

Por Juan Cervera Sanchís*

Xipe-Totec1Así es, Xipe Tótec o Tezcatlipoca Rojo, según lo admiramos en el Códice Borgia, revive, con todos sus sagrados poderes, por la gracia y la magia de la pluma de un poeta de hoy: Mario Ramírez Centeno, nacido el 11 de febrero de 1965 en la Ciudad de México, quien se declara, con rotunda legitimidad, “heredero de la nación otomí-tolteca”. Este heredero del altísimo legado prehispánico, de cuanto hoy llamamos México, y autor de libros, cuyos títulos son en sí reveladores: “Desde los siglos del maíz rebelde”, “La pluma emplumada” y “El derecho al fuego”, poesía de quien también cultiva la novela, “El Miniño”, donde aborda la muy actual realidad del narcotráfico-, viaja a través del tiempo en busca de sus raíces primigenias y canta con profundo y encendido acento a Xipe Tótec, el dueño del camino de la liberación, el desollado, el coyote detrás del jaguar solar en la gran noche escarlata del Mictlan, parte masculina del universo y de la región de la juventud y la aurora, del maíz tierno, de la abundancia, de la riqueza y el amor, representante de la fertilidad y los sacrificios. Mario Ramírez Centeno, poeta de intensidades sorpresivas y sorprendentes, canta pues a la deidad meshica, tan suya, a corazón abierto y aunque no lo hace en el idioma náhuatl, sino en la lengua de Francisco Xavier Clavijero,es decir, en la lengua de Castilla, lo nahuatlato se siente y se vive línea a línea en su poesía epilírica, pues lo lírico y lo épico se matrimonian a la perfección en su bien estructurado canto. Veamos:

“Era un niño todavía/ y la ternura se amansaba a mi lado/ quebrando sus dedos en lo dulce/ como cachorro de jaguares,/ como pequeño huracán coqueto./ Como queriendo despegar la saliva/ de todos los amores que fluyen/ por los cordones umbilicales/ o en el pulsar de la matriz terrestre.”

Lo nahuatlato fluye a través de las venas abiertas de este canto excepcional de un poeta que siendo muy de hoy es al mismo tiempo muy de ayer y de mañana y que logra, dicho en náhuatl, “pápáquiliztli” -regocijo grande- En verdad es un grande regocijo este “Canto a Xipe Tótec”, realmente inesperado, ya que los poetas nacidos y habitantes hoy por hoy de esta nuestra geografía no suelen detenerse a profundizar y mucho menos a cantar a sus antepasados prehispánicos. Ramírez Centeno a contracorriente de esos otros poetas canta, siente y nos hace sentir los prehispánico con intensidad enamorada. Lo prehispánico vivamente presente en esta deidad estremecedora, que hace decir al poeta en un estallido de visiones cósmicas:

“Estoy planeando construir castillos láser /mediante computadoras holográficas/ para seguir manteniendo la memoria/ de mi tierra de mi raza”.

De pie y contra el olvido, Ramírez Centeno canta y reaviva la memoria sagrada de Xipe Tótec, Nuestro Señor el Desollado, Yoalli Tlauana –Bebedor Nocturno-, recreando tiempos, espacios, danzas y batallas:

“El día que te fuiste con todos tus guerreros/ había temblado diez veces de alegría la tierra./ Los niños bailando sus primeras danzas./ Y las mujeres de blanco y mojados los cabellos/ alzaban el rostro y te miraban./En la punta de la pirámide/ se cerró una puerta de piedra./ Sólo Tezcatlipoca y sus guerreros / estarían contigo./ Afuera, las danzas se extendieron toda la noche.”

El canto de Ramírez Centeno, este canto epilírico, nos traslada al vivo ayer prehispánico a través de la lengua dulcificada de Fray Bartolomé de las Casas. Suena a paradoja, pero es lo cierto, siendo a su vez tan nahuatlato el espíritu que lo alienta y conmueve, como queda dicho y confirmado a lo hondo y a lo largo del poema:

Xipe-Totec2“Fue entonces que todos los guerreros/ encendieron su conciencia en ramilletes/ de fuego y plumas de su cuerpo. / Cada uno con su sombra de carne,/ con su sombra de carne los mitlacas/ fueron hundiendo sus luces en las carnes vivas./ Uno a uno fueron uno, contigo y tus guerreros./ Cada uno con su cada cual,/ como fantasmas de materia con su imagen/ que se hunde en la línea cristalina del espejo./ Las carnes vivas estallaban/ y la piel se caía a tirones/ y todos lloraban y reían afuera/ al mirar tu cortejo de guerreros/ en fila como serpientes de humo.”

La guerra, la vida y la muerte en estallante recreación poética, porque la poesía, la palabra en sí, es un gran poder y con el poder de la palabra Ramírez Centeno, mientras canta y evoca a Xipe Tótec establece relaciones convocando a la fábula y a la ciencia en un hito de hiperlucidez estremecida, con sabor a grano de maíz y a galaxias en ebullición en una desconcertante visión de lo real y lo irreal. Así pues acentúa:

“Tengo todas las medallas/ de niño quien ha hecho bien todas sus tareas./ Por eso sé del fracaso de la razón/ en el reino de las emociones./ De la caída de todos los esquemas lógicos, / ante la sonrisa de una hembra./ Del viejito Einstein/ que partió en dos el mar/ de la materia/ y construyó una pirámide de luz/ donde la medida del hombre desaparece,/ de las partículas duendes que aparecen en la nada,/ exactamente igual que el perro amarillo/ de ojos amielados, de los cuentos de naguales”.

Toda una ebriedad poética que alcanza las cumbres más altas del delirio iluminado, porque el poeta sabe a conciencia: “que cada cosa sirve en su universo/ y también de la coexistencia de universos/ besándose a través de los hoyos negros./ Todo eso lo sé,/ pero desde que lo sé,/ nada ha cambiado”Y es que saber no siempre es poder y el poeta lo sabe y resignado canta y canta, ya que el canto es salvador:

“No he podido detener el tiempo/ por más relojes con que lo mida”

¿He de esperar a que la ciencia alcance/ a mi muerte, a la muerte de todos,/ después de que haya muerto,/ después de que todos nos hayamos muerto?”

Sí, sí y, después de que todos nos hayamos muerto, nos encontraremos con la verdadera vida, y es que aquellos prehispánicos sabían mucho de la vida y la muerte y Mario Ramírez Centeno, poeta, por su sangre otimí-tolteca lo intuye y lo palpa y lo canta en este poema donde alza su voz afirmando: “Yo soy el Cuicani, canto,/ y las nubes de lluvia se abren a mi paso,/los relámpagos atacan mi ombligo/ y el mundo se vuelve a crear”.

Creación, emoción, confesión, poesía… Un poema para ser leído y releído, por inesperado y rotundo, donde revive el pasado prehispánico cargado de belleza y fiereza, pues nos descubre que el Cuicani está lleno de inmensidad. Un canto inmenso e intenso, donde queda reafirmada la presencia y la existencia de un poeta nahuatlato que, cantando en la lengua de Castilla dulcificada, rompe las barreras del tiempo y enlaza el pasado con el presente irradiando futuro.

*Poeta y periodista andaluz.

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