Nacional

Unidad y amargor

Por domingo 2 de octubre de 2011 Sin Comentarios

Por Víctor Roura*

1. ¿Qué identifica a un ciudadano de, digamos, Hermosillo y a uno de Puebla, a uno de Cancún y a uno de San Luis Potosí, a uno de Orizaba y a uno de la Ciudad de México? ¿Qué los conjunta socialmente, aparte de pertenecer a un mismo país? Se sabe del natural desencuentro entre los denominados chilangos con el resto de los habitantes de los estados de la República, aunque nadie pueda asegurar la fuente de tal discordia. Tal vez la razón se halle en el origen del nombre mismo de la nación, que en un principio nadie acordaba cómo llamarla. El historiador Alfredo Ávila Rueda incluso apunta que, en alguna ocasión, José María Morelos y Pavón dijo “mexicanos cobardes” sólo para referirse a los capitalinos. “Cuando el objetivo de la insurgencia fue, ya sin ambages, la independencia —dice Ávila Rueda en el número 37 de la revista Relatos e historias en México, que celebra a su vez su tercer aniversario—, se hizo necesario dar precisión al país que quería separarse de la monarquía española, de ahí que sobre todo en el discurso del movimiento de Morelos se insistió en hacer referencia a la América Septentrional, como puede apreciarse en las declaraciones de la Asamblea Constituyente que fue erigida a finales de 1813; si, según creo, dicho Congreso nació de la iniciativa de Carlos María de Bustamante, no es de extrañar que en sus primeros documentos empezara a emplearse Anáhuac para referirse al país representado por los diputados insurgentes, tal como puede verse en la Declaración de Independencia”. ¿Qué une a los mexicanos, aparte de vivir en este país, que lleva tres Méxicos en su geografía: México, Ciudad de México y Estado de México, con tres diferentes gentilicios, por supuesto, para no mezclarse unos con los otros: mexicanos, capitalinos o chilangos y mexiquenses? No es la política, porque los distintos estados son gobernados no por el mismo partido; no es la música, ya que en el norte se escucha más la música grupera que en el sur, donde los sones pueden tener predominancia; no son los deportes, ya que hasta en Jalisco hay quienes son seguidores del América y en el Distrito Federal abundan los que son porristas del Santos; no es la comida, pues el chilorio es degustado más por un sonorense que por un queretano: es más, ¡hay personas que jamás en su vida han comido chilorio!; no es la cultura, ya que cada región posee sus peculiares particularidades. Probablemente lo que una a los habitantes de México, para la propia desgracia de la orgullosa mexicanidad, sea la televisión, no de otra manera, por ejemplo, se entendería el victorioso recibimiento masivo que le hiciera Chihuahua a su chihuahuense Omar Chaparro luego de que éste participara en Big Brother. Quizás lo que une a los mexicanos sea, nada más, el evento colectivo de masas instado por los emporios mediáticos. Pues no es ni siquiera el vivir aquí lo que nos identifica abiertamente, sino el ruido que producen los canales de la televisión. Allí sí todo el mundo sale de su casa para ir a ver a alguien que sale en la tele; ¡vaya uso verbal correcto disonante: salir de casa para ir a ver a alguien que sale en la tele! Mirar colectivamente, embelesadamente, aturdidamente a alguien afamado: eso sí une a los mexicanos.

2. Hace ya varios años, después de ofrecer una conferencia en Campeche, fui con algunos escritores a un bar de la ciudad. Lo curioso es que los que estábamos reunidos allí residíamos, la mayoría, en la Ciudad de México, lo que no pasó inadvertido a los parroquianos consuetudinarios de aquel sitio. Y lo recuerdo bien. En un momento dado, un hombre de edad mediana se nos acercó para decirnos que no querían a chilangos bebiendo en su cantina. No hicimos caso, si bien el siguiente trago nos supo un poco amargo. No pasaron ni diez minutos cuando otro tipo se nos acercó para decirnos lo mismo, con el agregado amenazador de ya se los advertimos. Uno de los organizadores, apenado, fue a platicar con el cantinero para contarle el vergonzoso altercado; pero regresó con el rostro contrito: nada podía hacer el dueño del local contra la furia regionalista. Terminamos nuestra bebida y abandonamos el local. Fuimos directamente al bar del hotel para que ya nadie nos molestara el resto de la noche. Y mi padre es oriundo de Campeche, que conste. Por eso, y no tanto en los otros, fue mío más el hondo amargor.

*Periodista y editor cultural.

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