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DÍA DEL ABUELO EL LEGADO DE UN AMOR INFINITO…

Por lunes 31 de agosto de 2020 Sin Comentarios

LETICIA DÍAZ ACOSTA

Dicen que los abuelos tienen mística y sabiduría en el alma, y yo creo que así es. Nací en el Pueblo Mágico de Mocorito y ahí pasé los primeros siete años de mi existencia; las experiencias y recuerdos que conservo de esa época de mi vida, me acompañaron durante mi crecimiento y contribuyeron a formar la persona que soy en la actualidad.

Tuve la fortuna de nacer en una familia que sabía de valores y los llevaba a la práctica todos los días en cada una de las acciones que realizaban. Cuando comencé a tener conciencia de vida, mis aventuras y cotidianidades estuvieron siempre acompañadas por mis bisabuelos: Guadalupe Chavira (“mamá Lupita”) y Medardito Acosta (“papá Medardo”); mis horas con ellos siempre se enriquecían con saberes y anécdotas que me encantaban, e ilustraban mi existencia.

Adoraba correr por los grandes patios llenos de árboles frutales, subirme a sus ramas y degustar las delicias que me otorgaban; también me encantaba hacer “visita de reconocimiento” por cada centímetro del terreno que rodeaba la casa; me sentía como toda una exploradora que descubre secretos y reliquias insospechadas; pero lo que más me gustaba de mis aventuras en el hogar de mis bisabuelos eran los momentos que compartía con ellos.

Algunas veces, al caer la tarde, cuando ya el sol se escondía y comenzaba a alumbrar la luna, me encantaba subirme a la “ramada” con mi papá Medardo, y ahí, mientras juntos desgranábamos las mazorcas, escuchaba relatos sorprendentes que hacían volar mi imaginación; uno de estos que recuerdo con especial interés, es el que me contó acerca de un hombre que se había adentrado en el monte, ya oscuro y muy tarde, cuando las cachimbas de los caseríos ya se habían apagado y las sombras de los árboles se mezclaban con la negrura de la noche.

Decía mi bisabuelo, que esta persona había caminado varias leguas en un potro impresionante, negro y lustroso que hacía que ni él mismo pudiera distinguirlo en la noche, solo sentía sus ancas bajo sus piernas temblorosas; el hombre en cuestión, sostenía fuertemente un fuete que llevaba prevenido por si alguien se le “aparecía” en el camino, con éste, se atrevió a tocar una sombra inusual, como un tápalo que se parapetaba a la orilla de la vereda.

Cuál no sería la sorpresa de este hombre, que al instante de tocarla con el fuete, la misteriosa sombra tomó impulso y se sentó en ancas sobre el caballo, justo en su espalda, haciendo que un sudor helado le recorriera la espina dorsal y la voz se le fuera, dejándolo mudo. Decía mi bisabuelo, que esta sombra misteriosa acompañó al hombre hasta la entrada del siguiente pueblo, cuando ya el alba amenazaba con instalarse, y que desapareció tan súbitamente como se había acomodado en el caballo, sin decir nada, en una tétrica cabalgata que marcó la existencia de ese pobre que aquel día se atrevió a cruzar la negrura nocturna.

En verdad estas pláticas con mi bisabuelo eran maravillosas, llenas de imaginación y misterio, y se quedaron en mi alma de manera imborrable, despertando en mi ser el anhelo por escribir, por contar lo que siento e imagino…algo que le agradezco inmensamente y que atesoro como un legado extraordinario.

Ah, pero las horas que pasaba al lado de mamá Lupita, eran también fantásticas, llenas de aprendizajes y consejos que han servido de inspiración y directriz a mi vida. De ella puedo decir que era alguien que no paraba un segundo; creo que su día tenía más de 24 horas, porque era demasiado lo que hacía, y aún tenía tiempo para sentarse en su vieja y cómoda mecedora, frente a la televisión y disfrutar de su novela; en esos momentos de descanso era cuando aprovechaba mi bisabuela para llenarnos de sabiduría.

Recuerdo una ocasión en la que estaba ordeñando unas vacas, y debido a un movimiento brusco de una de estas, mi bisabuelita cayó y se quebró su mano desde la muñeca; mi impresión fue muy grande, lloraba desesperada queriendo remediar el accidente y que mi mamá Lupita no sintiera dolor y todo volviera a estar igual.

Ella, con una calma sorprendente ante las condiciones en las que se encontraba, tomó un trapo del tendedero y se lo colocó alrededor de su muñeca, mientras me decía que me calmara, que no le dolía y que pronto iría con el Doctor para que la curara; recuerdo que sus lágrimas resbalaban silenciosas por sus mejillas por el dolor, y sin embargo, jamás se desesperó, con mucha paciencia atendió a quienes la subieron prontamente en un automóvil y se la llevaron a recibir atención.

Cuando mi bisabuelita regresó, la familia tuvo que apoyarla durante varios meses para que su mano volviera a funcionar como debía; pero a pesar de esto, ella se las ingeniaba para resolver varias cuestiones de la cocina, dirigiendo de manera magistral la cantidad exacta que habría de ponerse en sus recetas para que los platillos salieran tan exquisitos como cuando eran sus manos las que los preparaban.

El regalo que ella dejó en mi vida, es tan invaluable como el de mi bisabuelo: su fortaleza y determinación, el hecho de no saber rendirse ante la adversidad, se quedaron inmersos en mi ser y ahora forman parte de lo que soy como ser humano.

Podría seguir escribiendo muchas, cientos de anécdotas y experiencias de vida al lado de mis bisabuelos, pero solo voy a decir: gracias…gracias por el tiempo compartido conmigo, gracias por sus enseñanzas, por sus regaños, por su guía incondicional, por los grandes aprendizajes que dejaron profunda huella en mi corazón y en mi ser.

Este mes se celebra el Día del Abuelo en México, y es por eso que recordé a estos seres maravillosos que contribuyeron grandemente a mi formación; hoy quiero pedirles que si tienen aún a sus abuelos con ustedes, los valoren, los cuiden, aprendan de ellos, escuchen sus consejos, sus anécdotas…y escuchen y vean también… todas esas enseñanzas que no se dicen, pero que se viven día a día, que se sienten y que marcan la vida de todos.

La COVID-19 nos ha robado a muchos de nuestros abuelitos, pero jamás logrará quitarnos su esencia, porque esa se queda dentro de los corazones, amoldando el espíritu y guiando al alma por los caminos correctos.

Dedícale un día a los abuelos de tu vida; si están vivos, disfruta con ellos este 28 de agosto; diles que si estás alejado de ellos por la pandemia, es precisamente porque los amas; pero hazles sentir ese amor, demuéstraselos, agradéceles, y camina con ellos el resto de su vereda; haz que transiten estos últimos años de su existencia, por sendas de amor, paz, aceptación y empatía.

Si ya murieron, regala unas horas de tu vida a su recuerdo; haz oración, agradece, retoma sus enseñanzas si las has dejado en el camino, y continúa adelante, sabiendo que quienes te precedieron dejaron en ti esa sabiduría que no se olvida jamás.

Felicidades para todos los abuelitos y abuelitas del mundo!! Gracias!!

Licenciada en Ciencias de la Educación

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