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DUELO

Por lunes 31 de agosto de 2020 Sin Comentarios

CARLOS VARELA NÁJERA

El duelo es un gran enigma, uno de aquellos fenómenos que uno no explica en sí mismos, pero a los cuales reconduce otras cosas oscuras (Sigmund Freud).

La pandemia nos coloca en un duelo eternizado, donde difícilmente las cosas serán lo mismo, ha muerto además de lo familiar, la tranquilidad, el fantasma que nos habita, no nos puede garantizar ningún tipo de seguridad, ni garantía si acaso quedarán los relatos como única posibilidad, si la pandemia no nos aniquila a todos, ¿será también la muerte de los relatos?

Con el coronavirus la muerte ya no es igual, se impiden incluso los rituales que hacían más soportable lo perdido, frente a esta ausencia hoy nos enfrentaremos nuevas formas de trauma, concibiendo el trauma como eso que de repente nos golpea y nos deja sin palabras, ya imposibilitado el decir, el cuerpo sale pagando no sabemos de qué modo, pero el cuerpo lo re-siente.

Para Freud el duelo opera cuando el objeto amado sobre el cual se había volcado la libido ya no existe más, y se debe quitar la libido de tal objeto, no obstante, esto no ocurre enseguida, la persona no abandona fácilmente una posición libidinal, hecho que produce un extrañamiento de la realidad y retención alucinatoria del objeto, ese proceso se dará de a poco con el tiempo y gran gasto de energía donde suele prevalecer el acatamiento a la realidad. En la melancolía, a diferencia de lo que pasa en el duelo, existe una pérdida de objeto sustraída de la conciencia, esto quiere decir que se sabe a quién se perdió, pero no qué se perdió con ese quién, y aunque ya no está psíquicamente se hace muy presente tras su pérdida.

El trabajo de duelo lleva implícito una función ominosa, el dolor, miedo coraje todo unido, aderezado con lo ominoso hace del duelo una muralla infranqueable, muchas veces insuperable, ensordecedor y sobre todo lo muerto muy vivo en mí, nadie podrá escapar del duelo, incluso lo sufriremos antes de ser nosotros engullido por la muerte.

El sujeto vive en nuestra época un duelo intramitado, un duelo que se mantiene en una eterna repetición, un eterno retorno, duelos que, aunque son invisibles no dejan de operar marcas en el sujeto, algunas veces estos duelos producen disociaciones, locuras histéricas o bien psicosis incipientes con aditivos paranoicos, en otros casos el duelo no llega a tanto, Freud habló del duelo como algo normal, incluso necesario, y los duelos siempre se los dejamos al tiempo, para la cura de algunos duelos el tiempo será el único consejero.

Se supondría que uno de los trabajos del duelo sería el olvido, para los tanatólogos el duelo según su terapia, tiene los días contados, son creyentes de esas teorías, un nuevo ecumenismo, en nada distinto a las otras creencias cristianas, ellos siempre le ponen fecha a la cura del duelo y a su resolución, para los psicoanalistas el duelo es parte necesaria de la vida, la vida es en sí un duelo.

Lacan ubica el duelo como un agujero en lo real, y que, para tramitarlo, ocupa todo un forzamiento simbólico, para que aporte un soporte frente a la fuga libidinal, de tal suerte que los ritos son necesarios, eso es el trabajo del duelo. El trabajo del duelo implica, producir una organización, de algún modo, gozar menos, frente al desorden de lo real, que implica el duelo, para hacer frente a ese hueco que deja lo perdido, ya que de no hacer el esfuerzo que es el trabajo de duelo, la existencia quedaría inexistente.

Lo maravilloso del psicoanálisis de nuestra orientación lacaniana, es que cuando ponemos en tensión el cuerpo transferencial, ya que la transferencia es un cuerpo, una coraza que permite que esos reales se estrellen en la transferencia misma, la transferencia amor-tigua lo real.

Hacer del duelo un regocijo, algunas veces regocijo inerte, pero regocijo al fin, regocijo que es algunas veces un regoce, alternado con las ganas de vivir, que el eros puede entregar, y de re-goce y eros, que la existencia sobreviva.

Vemos cómo en ese punto interviene al desnudo aquella identificación con el objeto que Freud nos designa como el mecanismo fundamental de la función del duelo. Es la definición implacable que Freud supo dar del duelo, esa especie de reverso que señaló en el llanto consagrado al difunto, ese fondo de reproches que supone el hecho de que, de la realidad de aquel a quien se ha perdido, sólo se quiera recordar la pena que dejó.(Jacques Lacan.El Seminario 10, La angustia , p. 46).

Doctor en Educación y Lic. en Psicología

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