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DICIEMBRE 2020

Por martes 15 de diciembre de 2020 Sin Comentarios

JAIME IRÍZAR LÓPEZ

Ante tantas dificultades económicas, exagerados problemas de salud, la partida de varios seres queridos y la penosa hospitalización de amigos y familiares, hubo momentos en que el optimismo de muchos se viera resquebrajado y se hiciera por ende, incierta la llegada con salud al mes más festivo y querido del año.

Pero finalmente llegó diciembre, y con él de la mano, acudieron puntuales a su cita con mi historia personal, el frío, y las nostalgias de afecto que desencadenan en mí los que ya se fueron. Este mes, también viene haciendo alusión a una serie de tradiciones familiares y culinarias que me invitan a vivir con intensidad el último tramo del año, el cual en virtud de los trágicos acontecimientos actuales, sólo Dios sabe si no será el último de mi vida.

En aras de recobrar mi actitud positiva ante la vida, quiero decirles que desde que mi Madre partió al cielo, a celebrar con mi Papá, y mis hermanos Saúl, Jorge, Francisco, Fernando, Laura, Elma y Olga, las fiestas decembrinas no han vuelto a ser igual en mi familia.

Ella y la necesidad, fueron durante 98 años el cemento que mantuvo firmemente unidos todos los bloques familiares, personificados éstos por hermanos, esposas, esposos y nietos. Siempre fue mi madre el Troncón del medio y el ejemplo de fortaleza inquebrantable. No había nochebuena que no tuviera la convocatoria suficiente para reunir en torno a ella a los 19 hermanos, para invitarlos a recordar y honrar a los ausentes, comentar frente a una serie de platillos típicos de la fecha, las difíciles épocas de vacas flacas que durante buen tiempo la familia tuvo que sortear, auxiliados sólo con la fuerza que da la unidad y las ansias de superación. Esas reuniones, eran en realidad, más bien un festejo de cariño y un real homenaje del triunfo sobre lo adverso.

En la sobremesa, frente a unos buñuelos enmielados y una rica taza de atole de pinole, todos celebrábamos la compañía de mi madre y la gracia de Dios por habernos permitido comer una vez más buñuelos, simbólico alimento que grita gustoso que llegamos una vez más al último mes del año.

Entre bromas, risas, abrazos, modestos regalos, y aportaciones gastronómicas, hacían su aparición fielmente, todos y cada uno de los hermanos acompañados de sus respectivas familias, para hacer de ésa reunión, todo un mitin de afecto y honor en torno a quien supo sacar adelante a todo un ejército de hijos con personalidades diferentes. Complacida al extremo con la presencia de todos los miembros de su clan, mi Madre se atrevía, sentada en su poltrona preferida, a esbozar una tímida sonrisa, muy similar a la de la Gioconda de Da Vinci, que en el caso de ella en lo particular, pretendía gritarle al mundo su orgullo, el cariño maternal y la sensación clara del deber cumplido.

Desde su partida, ya no hay romerías a la casa materna, ya se fue el pilar del medio, y solo nos queda el grato y cariñoso recuerdo, además del compromiso de replicar su ejemplo tan lleno de fe, esperanza, optimismo y de una confianza férrea en un mañana mejor. Nos quedan también como herencia suya la tradición de los buñuelos, el atole pinole, las torrejas, la cena con pollo o pavo con relleno navideño y el recuerdo de su grata e enigmática sonrisa, para hacer un grato recuento de una vida llena de amor, de sacrificio, sin envidias ni rencores.

La existencia de mi madre, fue una vida, que pese a las adversidades que sufrió, supo ser feliz, en virtud de haber sabido llenar sus necesidades y vacíos materiales, con una ejemplar y grandiosa fe en Dios.

Es pues Diciembre para muchos de nosotros, el tiempo de las nostalgias, de reencuentros, análisis, reflexiones, balances y perdones. Es propio éste mes para hacer el recuento de logros y metas no alcanzadas, de alegrías y tristezas, de conmemorar el gran nacimiento, de evocar a nuestras grandes como queridas ausencias, de aceptar con humildad y sinceridad los errores cometidos y es además el tiempo ideal, para trazarnos nuevas rutas más exitosas, apoyadas éstas en las experiencias vividas.

Este diciembre en lo particular, es una gran época para construir nuevos propósitos, de fortalecer y valorar nuestros afectos y amores, pero también lo es, de externar con fe y gran convicción, los mejores deseos para ti, los tuyos y tu patria. Es tiempo de esperar que el nuevo año nos traiga explicaciones convincentes que den las respuestas al alud de incertidumbres que el 2020 de forma avasalladora nos trajo.

Es tiempo de indignarse ante las cuantiosas fortunas de los políticos corruptos, vistas a la luz de quienes ganan un miserable salario mínimo, mismo que no les alcanza para ahorrar, ni siquiera para una modesta cena en la noche buena.

Es tiempo de pedirle a Dios, a Santa, y al año nuevo, a la par que exigirles a las autoridades competentes, que nos traigan, en calidad de regalo Decembrino, acciones ejemplares en contra de quienes han saqueado al pueblo.

Es tiempo de desencadenar acciones que disminuyan la desigualdad social.

¡No pidamos más! ¡Con tan sólo esto, todos tendremos bastante¡

A propósito de recuerdos y de enseñanzas, tengo muy presente una charla que mi hermano Paco externó una fría noche de nochebuena. Analítico, de pensamiento lógico y práctico, con enfoque filosófico profundo abordó de manera doctoral, el tema de las habladurías perversas de la gente. Nadie te conoce mejor que tú, empezó diciendo. En tu juicio honesto están definidos con claridad y certeza tus valores, capacidades, limitantes y potencialidades. Están en tu mente también, el registro exacto de las malas y buenas acciones realizadas a lo largo de tu vida.

La maledicencia perversa puede construir percepciones más no modificar realidades. El que alguien te endilgue, con fines oscuros algo negativo a tu persona, no podrá por ése sólo hecho, cambiar en lo más mínimo la esencia de tu ser.

No se preocupen por lo que piensan o dicen los demás de ustedes nos decía, mejor ocúpense en dejarles claros ejemplos de honestidad, congruencia e integridad a tu familia, hijos y amigos. Esos juicios sí que importan. En los tiempos que actualmente vivimos, el honor y el respeto se venden al mejor postor y no hay, tristemente lo digo, un marco jurídico efectivo que sancione severamente al que use la descalificación, la crítica sin fundamento o la mentira diseñada únicamente para dañar o conseguir un propósito económico o enfermizo.

Hoy por hoy, ya quedó también en el olvido el batirse a muerte en duelos de caballeros, tan socorridos antaño para lavar con sangre cualesquier afrenta y restituir de ésta manera los honores manchados. Es por ello que sin sanciones o temores, las lenguas y los diablos se sueltan sin consideración o respeto alguno. Al fin y al cabo nadie castiga a los calumniadores.

Quisiera saber quién tiene la solvencia moral suficiente para enjuiciar a los demás, para investigarlo y poder constatar que su vida está totalmente dentro de lo correcto. Muchos, ni siquiera pueden arreglar sus vidas, pero quieren, con una «autoridad» que nadie les ha conferido, arreglar la de los demás.

No hay que olvidar que la verdad siempre estará presente en nuestras mentes y actos. Tengo la plena convicción de que nadie es perfecto, pero creo firmemente también, que muchos frecuentemente lo olvidan por conveniencia. Hay quienes escudados detrás de una pluma, de un micrófono, en el anonimato de las redes o simple y llanamente de boca en boca, tienen el descaro de señalar actos de corrupción, cuando muchos de ellos, salvo honrosas excepciones, viven del incurrir a diario en prácticas cínicas de la misma naturaleza.

Combatamos la corrupción haciendo lo ético y moralmente correcto, no tolerándola, mucho menos medrando al amparo de su sombra. Hablar mal de todo y de todos se está convirtiendo en el deporte más practicado. A las mayorías les divierte el chisme, la murmuración, la crítica, la ofensa y la diatriba, hasta que nos toca el turno de sufrirlas en carne propia. En ese sentido aplica muy bien el viejo proverbio Árabe que atinadamente dice: «No es lo mismo contar los azotes que recibirlos».

Si se pudiera construir y consolidar una nueva consciencia social, aquello que parece hoy imposible, iría adquiriendo francos visos de realidad. Es una gran verdad que lo difícil de los cambios se viene a menos, cuando se intentan de manera grupal, con solidaridad, energía, coraje y una profunda convicción de que ello es una gran necesidad.

También es cierto, nos seguía diciendo, que en las democracias modernas, dirigidas, inducidas, sobornadas y corruptas, dejamos en manos de tan sólo unos pocos, la vida de todos los demás, porque triste e «irremediablemente » así lo decidió la «mayoría» en las urnas.

Sólo imagínense, lo que se pudiera hacer con la suma de muchas voces, muchas voluntades, actuando responsablemente más allá del voto. Todos con ideas férreas traducidas a acciones con un claro propósito de beneficio y transformación social. Seguramente, podríamos poner nuestras vidas y las de las generaciones venideras, en manos de personas, ya sean hombres o mujeres, íntegras, honestas, con valores y principios, comprometidas, responsables y con solvencia moral a toda prueba. Si pensamos en ello detenidamente y luego actuamos, entenderemos que esos cambios pueden ser posibles, si de verdad se intentan.

¿Qué es un sueño imposible, dicen los conformistas y pesimistas? Tal vez, pero sólo si olvidamos que la historia nos ha enseñado, que tras el hartazgo y lo necesario, obligadamente vienen caminando todos los cambios y las soluciones que requerimos.

En apego a esa manera de pensar de francisco, en éste año que termina me propondré rescatar mi entusiasmo y la fe en un mañana mejor, dejaré de buscar un responsable de esta pandemia para reclamarle el año de vida que me fue limitado, haré en contraparte la tarea que me toca para tratar de ser feliz y hacer feliz a los que me rodean, alzaré la voz para señalar injusticias, corrupciones e impunidades. Eso será en definitiva, mi propósito para el año 2021, el cual espero no sea tan cruel con la humanidad.

Por último envió desde ésta columna un abrazo solidario a los que perdieron un ser querido o su salud. Veamos con optimismo la luz al final del túnel y no olvidemos que la vida es un regalo de Dios para ser felices. No desperdiciemos esta experiencia tan única como irrepetible.

FELIZ NAVIDAD Y AÑO NUEVO.

* Médico y escritor

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