Nacional

A 150 AÑOS DEL 15 DE MAYO DE 1867

Por domingo 30 de abril de 2017 Sin Comentarios

Por: Andrès Garrido del Toral
a 150 añosDesde las cero horas de ese miércoles 15 de mayo de 1867, no deja de haber movimientos misteriosos en uno y otro bando. En el lado republicano se le ve agitado y nervioso a Escobedo, mientras que en el convento de La Cruz pocos son los que duermen a pesar de la prórroga de veinticuatro horas para la salida. A las dos de la mañana camina Miguel López -vestido de plata- entre la nopalera, magueyal, zarzal y organal destrozados –del lado norte del cerro de El Sangremal- para encontrarse con el general Francisco Vélez en el lado republicano, allá por el panteón de Santiago. Escobedo ha puesto a disposición de Vélez al afamado batallón de Supremos Poderes mandado por el coronel Pedro Yépez y al de Nuevo León comandado por el tenien
te coronel Carlos Margain; también los acompañará el general Feliciano Chavarría, el coronel Agustín Lozano y dos ayudantes más del general en jefe, quien está ubicado en la línea avanzada de este encuentro.

Afirma el conservador Mariano Cuevas que iba también en esta comitiva el coronel José Rincón Gallardo, pero sin comisión militar sino otra, secreta, para el interior de la plaza. Después se retira a su cuartel general para esperar los resultados del movimiento que se hará en La Cruz por las tropas de Vélez, a quien le dio órdenes precisas de disparar a López en la cabeza al menor movimiento extraño de parte de éste, aunque para Konrad Ratz esto último fue fingido, porque López y Escobedo estaban muy, pero muy de acuerdo. Asegura Somuano que Vélez ya había entrado al zarzal de La Cruz desde la una de la mañana con su gente y sin López, nada más para reconocer el campo donde iba a tener lugar el golpe de mano, y que llegó hasta donde los centinelas imperialistas despreocupadamente dormitaban y ya luego regresó para esperar a Miguel López.

En la línea del Río Querétaro frente al panteón de Santiago (hoy avenida Universidad esquina con Gutiérrez Nájera) comienza a caminar López a las dos de la mañana con la pistola de Vélez atrás de él, sirviendo de guía a los chinacos hacia el tapial del convento crucífero. Este movimiento ha podido verificarse hasta ahora en forma imperceptible, puesto que la noche es de una oscuridad profunda, completamente silenciosa y sumamente fresca. López y compañía entran al huerto de La Cruz y punto por punto del cuartel general crucífero van rindiendo a la tropa imperialista, sustituyendo la republicana a ésta, desarmando hábilmente a los reclutas defensores. Antes, López mandó quitar un cañón al sargento imperialista Guzmán de la tronera para facilitar el paso de los republicanos –con malos modales e injurias-, haciendo creer a los adormilados defensores que se trataba de tropas del general Márquez. En los momentos que se dirigían a la puerta principal del convento, encontraron a dos individuos de elevada estatura, uno de los cuales marcó el “quién vive” a lo que el general Vélez respondió: “la República Mexicana”, amenazándolo con su pistola y con las armas de la tropa que lo acompañaba. Una hora después se escuchan pasos precipitados en los corredores del convento. Ya están tomados el cementerio, la huerta, el templo y torre de La Cruz y cercado todo El Sangremal por tropa liberal. Unos imperialistas miembros de la guardia municipal se quejan de que unos “morenillos” han robado sables, espadas, pistolas, rifles, sarapes y lo que es peor, sus botellas de vino de jerez y se las han bebido hasta saciarse.

Al escuchar José Luis Blasio los ruidos en los corredores, a las cuatro de la mañana, sa150 añosle y se encuentra con Miguel López y Antonio Jablonsky, y es éste quien le dice: “corra Ud. a despertar al Emperador, el enemigo ocupa La Cruz y el convento está cercado por los liberales”. Blasio, a medio vestir, va por el pasillo en medio de los uniformes grises de los soldados republicanos del batallón Supremos Poderes, despierta al criado imperial Severo Villegas y le dice que despierte a Maximiliano, y éste abre los ojos y se para sin dar crédito a lo que dicen, aunque muchos testigos afirman que se despertó tranquilo y se vistió lentamente como si ya esperara la noticia. Calmadamente se puso un pantalón de montar punto de malla y bota fuerte, levita militar azul de solapa suelta, abrochados los primeros botones y espada ceñida al cinto bajo las faldas de la levita. Se tocó. Finalmente, con un sombrero blanco de anchas alas con toquilla delgada de oro, cubriéndose con un paletó del frío de la triste mañana. Es la única vez que en su reinado portó un arma oficial para atacar o defenderse.

El monarca se había acostado a la una de la mañana y una hora y media después despertó por un ataque de cólicos a causa de su disentería agravada por la influenza epidémica que llevaron las lluvias al cuartel. Ratz considera que la aparente calma de Maximiliano no era por estar coludido con Escobedo sino por un estado de estupor producido por la opiata que le suministró Basch contra dichos cólicos, o sea, que andaba dopado por el opio. El pesadito de Jablonsky entra a la celda imperial para suplicar se den prisa, entre tanto, Blasio despierta a Severo del Castillo –al que hay que empujar en su cama porque no oye nada a causa de su sordera- y, Severo el criado, despierta al oficial de órdenes Pradillo y al mercenario de Salm Salm. Éste recibe en su celda ya vestido al médico Basch quien le informa que todo se encuentra ya en poder de los republicanos y le sugiere que mande avisar al capitán del estado mayor austriaco que monten los húsares y estén listos para cualquier eventualidad. Basch es llamado por su jefe, quien está muy calmado y le dice: “No será nada, el enemigo ha de haber penetrado los jardines. Tome usted sus pistolas y sígame”. El médico va en busca de sus armas, que estaban en su silla de montar, y es hecho prisionero después de varios incidentes además de que un oficial republicano llamado José María Pérez le cogió su reloj y el cinturón lleno de oro para la huída. Los criados, Salm, Severo del Castillo y Blasio van por Maximiliano a su celda y rodeándolo bajan las escaleras conventuales y se dirigen hacia la portería que ya está custodiada por elementos rojos, cuyo centinela les grita: “atrás”. Allí se encuentra a la incierta luz de un farol el coronel José Rincón Gallardo, vestido con camisa blanca de lienzo y peinando sus largos bigotes rubios, quien al ver al grupo y observar que van a ser hechos prisioneros dice al centinela: “Déjalos pasar, son paisanos”.

Para Ratz aquí también hay una señal de que López y los republicanos estaban coludidos en algo no muy claro, pues todos iban uniformados con excepción de Blasio que iba de civil o paisano. Este detalle de Rincón Gallardo es un respiro para Maximiliano – porque de querer ahí mismo lo pudieron haber apresado- y tranquilizó la conciencia de López quien en el fondo esperaba que su compadre y jefe se salvase. Ratz termina este episodio diciendo que Rincón Gallardo, como banquero capitalino, se encargaría más tarde de pagar “los honorarios” de Miguel López, mediante letras de cambio giradas por la casa Rubio al banco del coronel, y así Escobedo podrá decir que él mismo nunca pagó un centavo a López. Blasio afirma que quizá Rincón Gallardo quiso salvar al emperador o cuando menos no quiso que recayera sobre él la responsabilidad de haberlo apresado. Maximiliano sigue su camino y comenta a sus allegados “Ven ustedes, cómo es conveniente hacer favores”, refiriéndose a que reconoció al hijo de la marquesa de Guadalupe, dama de honor de Carlota. En la plazuela de La Cruz es rodeado de más personas allegadas y la cruzan, todavía sumida en la penumbra, rumbo al centro y en la calle Baja de La Cruz (hoy Carranza) los alcanza Pradillo, que lleva su caballo y otro para Maximiliano, quien al ser invitado a montar se niega afirmando que seguirá a pie porque los otros no tienen caballos.

Maximiliano llega al Cerro de Las Campanas donde lo alcanzan Mejía, Pachta y el teniente coronel Pedro A. González. Mejía insiste en que se intente un ataque violento de caballería para romper las filas enemigas, sin embargo, Maximiliano pide otros diez minutos para esperar a los Húsares y a Miramón, pues no quiere dejarle atrás. Salm oye cuando el monarca le dice: “Ahora Salm, una bala feliz”, como queriendo perder la vida en ese momento y en ese lugar, lo cual le sería concedido, pero un mes y cuatro días más tarde. De manera insistente pregunta a Mejía si es posible la salida rumbo a la Sierra Gorda, pero éste le contesta: “Señor, pasar es imposible; pero si Vuestra Majestad lo ordena trataremos de hacerlo; en cuanto a mí estoy dispuesto a morir”.

“No hay más remedio que rendirse”, afirma Max y así se hace. Mejía se negó a intentar la salida a esa hora porque no quiso cargar con la responsabilidad moral y militar de causar la muerte de su soberano en una acción tan arriesgada. Los mejores jefes imperialistas habían perdido la cabeza, según Alberto Hans. Ordena el rubio imperial que Pradillo y otro oficial se dirijan a la ciudad y se enarbola una bandera blanca improvisada con la lanza de un soldado y una sábana de la tienda de campaña del general Gayón “que los republicanos advierten como la vela rota de la nave imperial que naufraga en un estruendoso embravecido mar de fuego”. Por fin llegan los generales republicanos encabezados por el segundo de a bordo, el general Ramón Corona, a los que Maximiliano dice: “ya no soy emperador” y pide que lo conduzcan ante Mariano Escobedo para tratar asuntos relacionados con su rendición; Corona manda con un auxiliar de confianza a los ayudantes de Maximiliano y a éste, Mejía, Pradillo, Castillo y Salm los escolta él personalmente para evitar que los ofendieran.

Cuando la mañana es ya bastante clara y el sol ilumina las bayonetas de la República, se encuentran el vencedor y el vencido cerca de un sauce llorón y al borde de una zanja. Para la mayoría de los autores la espada imperial fue entregada a Corona (enfrente del Tecnológico de Querétaro, a un lado del ISSSTE) y para otros a Escobedo, tras un frío saludo mutuo, cerca de San Pablo. Para el historiador Manuel Hernández, Max entrega su espada a Corona pero éste la rechaza diciéndole: “Devuelvo a usted su espada porque no soy el General en jefe, soy el Segundo en jefe. El General en jefe es el General Escobedo, a quien le mando dar parte de que se rinde usted a discreción”.

La entrevista es brevísima, apenas lo suficiente para que el candoroso austriaco repita aquello de que “soy su prisionero; ya no soy emperador” y le pida al neoleonés una escolta que lo acompañe al golfo de México para salir del país, prometiendo no volverse a inmiscuir en los asuntos de la nación mexicana, lo cual naturalmente le es negado. Con este acto simbólico termina el llamado segundo imperio mexicano.

* Doctor en derecho y cronista de Querètaro

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