Estatal

LA RABIA

Por martes 15 de noviembre de 2016 Sin Comentarios

Por: .Nicolás Avilés González

-¿Cuánto me cobra para llevarme a El Fuerte?
-Me urge- decía, mientras en la cara de aquel hombre de piel morena se apreciaba su frente perlada de sudor, además se acompañaba con un rictus de aflicción
-Seiscientos pesos, señor-
-Está bien, espéreme ahorita vengo- Se alejó de prisa mientras que en el pavimento sus huaraches de baqueta sonaban como si llevara herraduras en tanto se alejaban del taxi –
-¡Denme a mi niño!- exigió gritando. Los médicos encargados del caso estaban sorprendidos por la decisión tan descabellada, imposible salir de aquella sala de terapia intensiva del Hospitalito de la ciudad de Culiacán. Tenía tres días en intensa agitación psicomotriz y era imposible egresarlo en esas condiciones.
-No podemos entregárselo, se moriría- aseguró el encargado de la guardia
-No importa, dénmelo, por las buenas, sino me lo llevo a la fuerza; ustedes han hecho poco, casi nada por él-
-Hemos hecho lo que se ha podido, pero el pequeño no responde su enfermedad es demasiado grave señor- Señaló el joven médico
-Pues, me lo dan o se mueren- Amenazaba con un arma de fuego que sacò de entre sus ropas; los galenos
se miraron entre sí, enseguida dijeron
– Se lo lleva bajo su responsabilidad-
-Es lo que quiero, lo voy a llevar donde si me lo curaràn, si se los dejo aquí morirá sin lucha alguna. Hacía unos días, el pequeño había jugado con su cachorro que le mordió la mano derecha, desde entonces, poco a poco fue cambiando desde ser un niño sereno a mostrar una agresividad inusual, falta de apetito, rechazó el agua, tendencia al sueño; quejándose de dolores intensos de cabeza y salivación exagerada hasta hoy que se encuentra entre la vida y la muerte. Al poco tiempo se presentaron ante el chofer del automóvil que los trasladaría a un municipio al norte de Sinaloa, lo traían en brazos envuelto en una cobija color rojizo que lo tapaba de los pies a la cabeza. Se escuchaba apenas un quejidito de dolor que no cesaba. Abordaron el asiento trasero, extendieron sus piernas donde colocaron acostado al enfermito.
-Vamos, señor y píquele al carro, nos urge atenderlo
-Sí señor, le aceleraré lo más que pueda- Durante el traslado no cesaban los episodios de agitación que consistían en movimientos exagerados de manos y pies, acompañados de quejidos, gritos que se hacían más evidentes ante las luces y los ruidos del motor de los autos y camiones que se encontraban en el camino a esas horas de la madrugada. Fácilmente se dejaba ver que le lastimaban los ruidos y las luces. Luego regresaba a una cierta calma pero el quejido habitual no le abandonaba.
-Apúrese señor, tenemos que llegar al Fuerte y de ahí nos iremos hasta el Realito donde atiende Don Eufrasio el curandero; él nos los va a salvar, pero usted ponga su parte, métale la pata al carro
-Vamos recio amigo- Continuaban los ataques, gritos y agitación del pequeño. La madre trataba de consolarlo, no dejaba de sobar son sus manos la cabecita del infante.
Después de tres horas de manejo llegaron a la cabecera del municipio alteño en el estado de Sinaloa, el conductor preguntó – ¿Para dònde le damos?, antes que le contestaran miró la aguja de la gasolina e indicaba tanque casi vacío
-Tenemos que echar combustible, casi no tenemos, dijo el chofer
-¿Ya no trai nada? -un poco- contestó el taxista
-Pues vámonos no esta lejos- ¿Cómo cuànto falta para llegar al Rancho?-
-Unos veinte kilómetros-
– No llego. Asentó el conductor
-Bueno pues ni modo hay que echarle
– Los episodios de agitación del enfermo habían disminuido, cosa que bajo la tensión que reinaba dentro del vehículo, se detuvieron en una estación de gasolina y llenaron-
-¿Cuánto es?-
-Doscientos pesos, señor- entregó el billete al empleado y este le dio las gracias – Vámonos-
-Vámonos contestó el ranchero-
– Que bueno que el niño se durmió, siquiera para que descanse y se recupere un poco- Apuntó el chofer. El infante había dejado de quejarse. Lo decía mientras el auto avanzaba por un camino muy irregular de terracería y lo obscuro de la noche estaba encima, ya que no había luna.
En ese momento, el padre levantó la cobija que cubría la cara del niño y notó que ya no respiraba, enseguida le dijo al chofer
–¡Cual se durmió, nuestro hijo ya se nos murió, señor!, píquele pa’tras compa, ya no tiene caso llegar con Don Eufrasio. En esos momentos la madre del enfermito soltó un llanto ahogado, mientras en el cielo, apenas se dejaba ver un poco de la luna cubierta por nubarrones oscuros que parecían mantos fúnebres que acompañaban en su muerte al mordido por su mascota.

*. Medico y autor

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