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SEGÁ, MUSÍCATA OT MÉCCICO (EN SEGUIDA, LA MÚSICA DE MEXICO)

Por lunes 15 de febrero de 2016 Sin Comentarios

Por: Faustino López Osuna

Cuando estudiaba búlgaro (padre de todas las lenguas eslavas, incluido el ruso) en el Centro de Idiomas en Sofía (1967-1968), viví en el aprendizaje una gama de experiencias novedosas y positivas. Las autoridades de la Universidad, aplicando un método estricto, determinaban la conformación de los grupos con no más de cinco integrantes, de los cinco continentes, procurando, lo mismo que en los dormitorios, que ninguno hablara el idioma nacional del otro, para obligarlos a utilizar el búlgaro desde un principio. El programa se dividía en dos etapas.

Primera etapa: durante algunas semanas, iniciaba el curso sin leer ni escribir nada, utilizando de apoyo solamente láminas, dibujos y fotografías, mostrando y designando los objetos, memorizando su nombre en búlgaro, que repetía el maestro: todas las hortalizas, (huevo, carnes, lácteos), los animales domésticos, aves y animales silvestres y de montaña, los medios de transporte terrestres, marítimos y aéreos, las áreas de una casa habitación, su mobiliario y utensilios de sala, comedor, cocina y baño. Ello se intercalaba con visitas físicas a los lugares estudiados, incluidos supermercados y restaurantes. O, si ya se habían visto en clase, teatros, deportivos y cines. Obviamente, desde el principio se conocía el edificio del Centro de Idiomas y de la Universidad, con sus áreas: salones, biblioteca, gimnasio, auditorio, laboratorios, cafetería, estacionamiento y áreas verdes.

Segunda etapa: daba inicio el aprendizaje del abecedario (el cirílico), su pronunciación, su lectura y escritura, al mismo tiempo que se volvía a repasar (a gran velocidad) todo lo de las láminas, pero ahora leído y escrito. Aquí se introduce no sólo el conocimiento de los números, el reloj, los nombres de los días de la semana y de los meses; los cuatro elementos naturales; nociones de Geografía, los nombres de los planetas del sistema solar; también los pronombres del singular y del plural y los tiempos presente, pasado y futuro de los verbos y sus declinaciones, a partir del verbo ser. El aprendizaje incluye pasar individualmente a alumnos a grupos con menos o con más semanas de aquellas en las que van, para estimular su seguridad, en el primer caso, y para obligarlos a un mayor esfuerzo, en el segundo. En esta segunda etapa, se lleva al alumno a la sala magnetofónica, donde perfecciona la pronunciación, monitoreado por el maestro que lo corrige, grabándolo y haciéndolo volver a pronunciar correctamente si en alguna de las palabras tiene falla. Y se entra a una fase de memorización de textos, como tarea, repitiéndolos en clase, con la variable de que, en ocasiones, de manera alternada, se trata de un párrafo de uno o dos renglones y en otras de párrafos muy extensos.

La convivencia en los edificios de dormitorios y restaurante y en frecuentes tardeadas de estudiantes extranjeros, permiten socializar y practicar el idioma.

Se recomienda asistir al cine para mejorar su audición. Con el mismo fin, anualmente se organiza un magno Festival de música y danza de todos los continentes (que casi siempre gana América Latina, con cuadros de samba, tango y cumbia y canciones populares de México, Chile, Brasil y Venezuela, entre otros. Nuestro Continente es una potencia en dichas disciplinas).

Si se da el caso de una inasistencia, el maestro suspende la clase y se traslada personalmente al domicilio del alumno y solicita el servicio médico a la policlínica para su atención o se lo lleva consigo a clases, en caso de estar flojeando. A los seis meses de aprendizaje a marchas forzadas, el estudiante está capacitado para iniciar sus estudios en búlgaro, auxiliándose normalmente con dos diccionarios: si no existe uno búlgaro-español, hace “puente” con uno búlgaro-inglés, por ejemplo, y con el de inglés-español.

Estando sonorizado el Centro de Idiomas, escuchándose en los pasillos Radio Sofía, cierto día, invernal, para variar, coincidiendo con la hora del receso, de pronto se oyó en los altoparlantes: “A segá, musícata ot Méccico”: (En seguida, la música de México), abriendo con Miguel Aceves Mejía, interpretando los huapangos “La Malagueña”, “Flor silvestre” y “El huapanguero”, con el Mariachi Vargas y arreglos magistrales de Rubén Fuentes. Aunque ya había allá seis mexicanos avanzados en sus estudios, ese año cursábamos el primero de idioma, otro mexicano y yo, Marcial Ibarra, por cierto que de Los Mochis.

Algún latinoamericano que cruzaba por ahí y me reconoció, me felicitó por el programa de música mexicana. Yo, no sólo me sentí feliz, sino que me estremeció la enorme emoción que me provocó oír el hermosísimo “Huapango”, de Pablo Moncayo, con la Orquesta Sinfónica Nacional de México. Escuchar nuestra música a 20 mil kilómetros de distancia, en un país que no habla el español, es algo que va más allá del criticado chovinismo. Años después, en la Sociedad de Autores y Compositores de México, le platiqué la anécdota al gran compositor de música de Conservatorio y popular (“Página blanca”) y escritor Mario Kuri, que frecuentaba la SACM. En el comentario salió a relucir de mi parte, que Moncayo había transformado grandiosamente la canción popular de la que tomó la melodía. Y Kuri (que había escrito mucho sobre la música mexicana) no daba crédito que dicho “Huapango” hubiera sido una canción folclórica con letra, lo que me obligó a cantársela: “No salgas niña a la calle/ porque el viento fementido/ jugando con tu vestido/ puede dibujar tu talle”. Se emocionó tanto, Kuri, que me pidió permiso de citar dicha letra en un escrito suyo. Lamentablemente, Mario Kuri ya murió. No sé si la habrá citado. Me queda su recuerdo, con el recuerdo de aquella ocasión que la escuché, emocionado, en los Balcanes.

* Economista y compositor

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