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Sociedad de los poetas muertos: una búsqueda por el sentido en el hombre

Por domingo 14 de diciembre de 2014 Sin Comentarios

Por Iván Escoto Mora*

pag 3 Iván Escoto Mora1Escrita por Tom Schulman y dirigida por Peter Weir, La Sociedad de los poetas muertos es un filme emblemático, algunos lo consideran de culto por su influencia en la industria del cine (al menos en un tipo cine de corte filosófico-literario), así como por la huella que dejó en toda una generación. Rodada en 1989, resultó ganadora, en su momento, del premio Oscar al Mejor guion original.

La trama narra la vida de un grupo de estudiantes preuniversitarios internados en la prestigiosa academia Welton, a finales de la década de los cincuenta. En el estricto colegio se prepara a los alumnos para ocupar posiciones clave en la vida política, social y económica de los Estados Unidos.

En los primeros minutos de la película, el Rector de la Academia recibe a los jóvenes que ingresan al ciclo escolar. Les recuerda la tradición centenaria de la institución y los principios que han guiado a sus egresados: Tradición, Honor, Disciplina, Excelencia. Uno de los momentos más solemnes de la ceremonia de recepción, surge en el momento en que los estudiantes encienden la vela que sostienen entre las manos. El fuego les es transmitido a través de la flama que un profesor les comparte. El acto simboliza el intercambio de la luz del conocimiento.

Los estudiantes de Welton son preparados para “triunfar”, según las expectativas y estereotipos de la mirada más ortodoxa del término. Los novicios serán, a la postre, prominentes banqueros, médicos, líderes de opinión, profesionistas liberales formados en universidades de élite. Pero, ¿qué implica esto? En uno de los diálogos el Rector lo precisa enfáticamente: los muchachos deben cumplir con el rol socialmente esperado, a su corta edad no están para pensar libremente, deben limitarse a obedecer y seguir el canon del éxito. En suma, deben estar dispuestos a renunciar a sus pasiones e intereses personales.

El contrargumento a la anterior afirmación, lo endereza un maestro recién ingresado al claustro docente. El profesor John Keating (interpretado por Robin Williams), convoca a sus estudiantes desde el primer momento a romper paradigmas, a buscar su voz interior y lanzarla al exterior como un alarido bárbaro. La invitación incendiaria se conecta de inmediato con la figura de Walt Whitman, autor al que una y otra vez vuelve la película, como un eco que desde la poesía orienta el destino de los personajes.

Keating enseña literatura, pero en sus clases se evidencia algo más, el sentido de la vida, de lo humano, de todo aquello que es y se retrata en el quehacer poético. En una escena, cuando el profesor trata de mostrar a los jóvenes un hecho irremediable (la fuerza de su voz interior), escribe sobre la pizarra un verso de Song of myself: “Hago sonar mis alaridos barbáricos en los tejados del mundo” (Whitman, 1855). En esas palabras, la invitación se reitera: hacerse presente, irrumpir estrepitosamente en la existencia.

En otro de los poemas de Whitman citados por Keating (O Me! O Life!), se hace manifiesta una realidad que confronta en medio del caos, la crisis, la imposición. ¿Qué queda a los jóvenes ante el espejo de un mundo desolado? ¿Dónde buscar el sentido? Whitman, en voz del profesor, señala:

¡Oh mi yo! ¡Oh mi vida! Preguntas que vuelven, De los interminables trenes de la desesperanza, de ciudades llenas de ingenuos,

De mí mismo por siempre reprochándome a mí mismo, (quién más ingenuo que yo, y más carente de fe).

De los ojos que vanamente ansían la luz, de objetos despreciables, de la lucha siempre renovada,

De los pobres resultados de todo, de las multitudes afanosas y sórdidas que me rodean,

De los años vacíos e inútiles de los demás, y con los demás yo entrelazado,

La pregunta, ¡Oh mi yo!, tan triste y tan recurrente – ¿qué de bueno hay en estas cosas?- ¡Oh mi yo!, ¡Oh mi vida!

Respuesta.

Que tú estás aquí – que la vida existe y la identidad, Que el poderoso juego continúa, y tú puedes contribuir con un verso.

Keating insta a sus alumnos a alzar su voz, a vivir su vida, a no desperdiciar un solo momento. Carpe diem, es el mensaje que desde otros mundos dejan los ancestros fallecidos en los oídos de quienes pueden entender que la vida: es el botón de una flor, abre sus pétalos un instante, mira al sol y se extingue.

El discurso del profesor logra incendiar los corazones de sus estudiantes, a partir de entonces, ya no serán los mismos. En un momento emblemático, los jóvenes, parados sobre el escritorio del maestro, advierten que el mundo se revela en muchas más formas que las ofrecidas por la verticalidad de un plano.

La sociedad de los poetas muertos es una invitación a ejercitar la vida en su máxima expresión. Podría decirse que el guion es un acto de provocación existencial.

Amar lo cotidiano en nuestra vida y hacer de ella un momento extraordinario, es la lectura final que podría proponerse sobre este film. En una entrevista privada que sostiene el profesor con uno de sus alumnos, Keating afirma contundentemente: “No quiero estar en ninguna otra parte”. En esta aseveración, tal vez sea posible aproximar una respuesta a la gran pregunta del hombre en busca de sentido.

*Lic, en derecho y filosofía.

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