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De Lémures Y Espantos

Por domingo 2 de noviembre de 2014 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

En la mitología griega, lémures, entre los romanos y los etruscos, eran fantasmas de los muertos, duendes. Fantasma, del griego phantasma, es espectro, aparición fantástica y sus sinónimos son aparecido, espíritu, sombra. Curiosamente, muchísimos accidentes carreteros en México se deben a que al automovilista “se le atravesó un fantasma”. Y, efectivamente, el distraído conductor perdió el control de la unidad y se estrelló contra un fantasma de concreto, que así se le llama al poste pequeño luminoso que señala el borde de las carreteras. Espantajo.

Espanto, a su vez, es terror, asombro. Ahora nos enteramos que los eclipses de sol causaban espanto a los antiguos. Algunos faraones egipcios, aconsejados por sus sacerdotes que conocían ya el movimiento de los astros, montaban una gigantesca representación convocando a los pueblos del desierto para que se postraran aterrorizados ante el poder del rey, que hacía su aparición en un inmenso templete justo en el momento en que iniciaba el eclipse, como si con su presencia fuera él quien eclipsaba al sol. Fantasma, pues, es sinónimo de espanto y otros sinónimos de éste son susto, temor, pavor, enloquecimiento, pánico, horror. Fantasma, aparecido, alma en pena.

En su breve tránsito por la vida terrestre, los individuos como los pueblos dejan una estela, a veces luminosa, a veces sombría, alucinante, mítica. Todas las culturas propenden a la trascendencia.

De ahí sus obras monumentales a través de las cuales se busca la inmortalidad. En tal afán, se sucede hasta el infinito la firme creencia en fantasmas y espantos, desde el ´Judío errante´ hasta la obsesión científica del fin del mundo representada, entre otras turbaciones, por la ley de la Termodinámica según la cual el universo se está enfriando. Entre nosotros, el poder del amor y la fidelidad a los antepasados, según narra Carlos Fuentes, quedó de manifiesto cuando, obligados por el despojo de los norteamericanos, los pueblos mexicanos que quedaron del otro lado de la frontera norte desenterraron a sus muertos y se regresaron con ellos al territorio nacional. Otro tanto sucede en la inmortal obra de Guadalupe Posada y su espléndida representación de la muerte, nutriendo mundos, submundos o inframundos cuyos espíritus habitan y se manifiestan en obras maestras, como Pedro Páramo, de Rulfo, o Muerte sin fin, de Gorostiza.

Totalmente alejados de la ficción literaria o poética, resulta aleccionador recordar el pánico en que vivió la humanidad judeo cristiana creyendo, como le hicieron creer hasta el siglo XV (igual que a los egipcios lo de los eclipses provocados falsamente por los faraones) que la tierra era plana y que, llegado a un límite, el mar se precipitaba a un abismo sin fin. Y aún en el siglo XX, cuando, pese a la Revolución soviética, el pueblo ruso se opuso durante varios quinquenios a la construcción del metro de Moscú, porque, de acuerdo a su religión católica ortodoxa, al hacerlo se abriría el inframundo habitado por el demonio.

Capítulo especial es el relacionado con el miedo (sentimiento de inquietud causado por un peligro real o imaginario), tratado en la obra maestra de la Psicología: “El miedo a la libertad”, de Erich Fromm. En ella se habla de la compulsión sado masoquista y se ejemplifica nada menos que con el matrimonio. La renuncia a la libertad a cambio de seguridad da pie, siempre, a la figura del líder que se apropia de las decisiones de los otros. Para que exista un sádico se necesita que exista un masoquista y viceversa.

Su enferma dependencia solamente podría terminar si uno de los dos se decidiera firmemente a romperla para siempre, pero el miedo a ser libres hace postergar dicho rompimiento aumentando cada vez un eslabón más a la cadena sadomasoquista.

Otro tanto ocurre con el miedo a lo desconocido. Y no se trata de algo ficticio. Un ejemplo de ello ocurrió colectivamente, cuando, ante el miedo a la derrota electoral, que se veía venir, de Francisco Labastida Ochoa en las elecciones presidenciales del 2000, la Masonería mexicana imprimió en su favor, más como un conjuro ante lo inevitable que una certeza electoral, miles de millares de folletos con la frase del Benemérito Don Benito Juárez: “El triunfo de la reacción es moralmente imposible”. Algo así como un “Vade Retro Satanás”. Entre las múltiples causas objetivas y subjetivas que influyeron para la derrota, analizando fallas de la campaña, habría que preguntarse qué tanto influyó en ello el que los asesores del candidato hayan temido que las bandas sinaloenses de música tocaran en los mítines, por miedo, se decía, a que se relacionara su presencia con el narco. De ser así, ni siquiera midieron los asesores no sinaloenses la bofetada para el pueblo de Sinaloa el que siendo de aquí el candidato y siendo de aquí el origen de la Tambora, se avergonzaran de su cultura por prejuicios de mediocres. (Lo que a mí sí me consta, es que en el mitin de cierre de campaña en Culiacán, los músicos de todas las bandas locales no solamente fueron discriminados, sino que únicamente tuvieron frustrante  participación musical, con mariachi, Pedrito Fernández y Juan Gabriel, éste con un desafortunado y desabrido eslogan musicalizado).   Lémures, espantos, fantasmas, miedos, hacen recordar versos de canciones mexicanas tradicionales, como aquellos que dicen: “Hay muertos que no hacen ruido/ y es más grande su penar”.

*Economista y compositor.

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