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El discurso pedagógico, frente a las demandas de producción de saber

Por domingo 6 de octubre de 2013 Sin Comentarios

Me pongo en el lugar del que hace algo y no del que habla de algo: no estudio un producto, asumo una producción; abolo el discurso sobre el discurso; el mundo ya no viene a mí en forma de un objeto, sino de una escritura, es decir de una práctica: paso a otro tipo de saber… y en eso soy metódico; Roland Barthes(1987).- El susurro del lenguaje. Paidós Argentina.

Por Fidencio López Beltrán / Carlos Varela Nájera.

El-Discurso1Es indudable que la escuela opera como un agente que debe dar respuesta a interrogantes que la modernidad plantea en los procesos de aprendizaje, si bien el profesor cada día aparece sólo como un agente que acompaña al estudiante, es a este último sobre el que ha caído la responsabilidad de educarse, se le empuja a que aprenda más cosas en menos tiempo, se genera una cierta persecución curricular para que el alumno de más, esta demanda es una demanda que lo fagocita, lo desubjetiva, lo aliena.

Sin embargo, no contamos con otro dispositivo que de respuesta a cierta profesionalización del estudiante, el riesgo es que frente al monopolio del discurso pedagógico por parte del estado se llega a una situación deprimente, en el cual el docente se convierte en un legitimador en el nombre de ese proceso curricular, y tanto el alumno como el docente son convertidos por el estado, que amenazando con falta de presupuesto, transforma tanto al profesor como al alumno, en sujetos a una eterna formación. Los dos, docente y alumno son infantilizados al infinito, el profesor siempre preparándose en cursos y el alumno siempre en una guerra constante frente a las evaluaciones, cuyas polémicas y debates aparecen como “un cuento de nunca acabar”.

Esta tensión constante de la escuela pública con el orden curricular que el estado traza, y el estiramiento y lucha presupuestal emplaza a una inconformidad latente en los profesores, a tal grado que la escuela y sus saberes no está exenta de la dimensión política, tampoco de la ética y mucho menos del compromiso social. Estas son las tareas del docente, política, ética y compromiso social, de hacer sinergia con cada una de ella se propiciará un alumno deseable y cierta estabilidad del docente, donde la remuneración es su plus.

Es el discurso pedagógico de los universitarios es el que genera a nivel social cierta estabilidad, porque una de la funciones del docente además de profesionalizar, es ilustrar y contener el descontento vehiculizándolo hacia los procesos de aprendizaje; el docente bien sabe la realidad nacional, pero asume éticamente su compromiso como agente estabilizador, aunque algunas agrupaciones mantengan la contra hegemónica lucha basada en una sociedad “sin clases”. De ahí que es importante que se atienda desde el estado la docencia para que en base a esos acuerdos, siga el profesor generando certidumbre y estabilidad, pero sobre todo se sigue esperando (la esperanza como posibilidad, más allá de la Útopía de Moro) para que el estado atienda la demanda legítima de la universidad para que alcance mayor presupuesto por el bien de la juventud y niñez, que son el provenir de toda sociedad.

El-Discurso2La política del docente se instala en la construcción de idealidades, donde la representación docente se conjuga como una práctica en la que la sociedad todavía confía, a pesar de la ontología de su carencia formativa; posee en su persona, la solvencia y valores humanistas, que le permiten, vender a nivel representacional, confianza y credibilidad intelectual; estos semblantes socioculturales del docente son su esencia de la cual saca partido para encaminar su labor de aprendizaje, construyendo al sujeto en su función ciudadanizante, y que este responda con los mismos valores que la escuela le asigna, por lo tanto el docente con su discurso propicia un lazo social inédito, que hace soportable la vida, lazo que protagoniza una nueva forma de discursividad donde lo civilizatorio se mantiene frente a las fracturas estructurales de la sociedad donde la criminalidad permea.

Así que, nos guste o no, la Escuela y la Universidad públicas, con alumnos y profesores bien comprometidos con su formación, son el discurso que ofrece el sendero más esperanzador para movilizarnos de manera autorregulada en la sociedad del conocimiento en la que ya estamos. La mejor oportunidad para formar a los ciudadanos creativos y productivos que la política pública demanda, requiere de una cultura del cambio y sobre todo de una cultura política que inicie por dignificar a los maestros y sus autoridades educativas y universitarias, reconociéndoles siempre, la pertinencia social del necesario incremento del presupuesto y su consecuente rendición de cuentas claras.

La educación pública, desde un discurso más estratégico, tiene el desafío social de mantenerse a la vanguardia de los cambios siempre y cuando su eficacia sea valorada por las metas logradas, que evidencien la estabilidad social y en la credibilidad que los mismos profesores e investigadores promueven cotidianamente por el bien de sus comunidades como son la paz, la seguridad, la solidaridad, la justicia y la libertad con responsabilidad; en síntesis, ese es el reto que enfrenta y debe reflejar a una sociedad más educada y por tanto, con posibilidades de alcanzar una mejor calidad de vida.

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