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El “Mususuelo” de los Recién Nacidos

Por domingo 19 de mayo de 2013 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

El-MususueloEn medicina, tétano o tétanos, del griego: rigidez, dice el diccionario, es contracción prolongada de un músculo. Curiosamente, como si fuera cosa buena, se clasifica en imperfecto cuando no hay convulsiones o espasmos y perfecto cuando los hay. Y agrega que es enfermedad infecciosa grave, caracterizada por contracciones dolorosas en todos los músculos del cuerpo. Su agente es un bacilo anaerobio (ser microscópico que no necesita del oxígeno del aire para vivir) que se introduce en una herida que ha entrado en contacto con tierra del suelo, hierro oxidado o madera vieja. El tétanos produce toxinas que irritan y excitan los centros nerviosos, y causan la muerte por asfixia. Concluyendo que el único tratamiento eficaz de la enfermedad es preventivo (seroterapia: trato con sueros, y vacunación).

Todo lo anterior viene a colación, porque en nuestros pueblos viejos, como Aguacaliente, que fue fundado a principios de 1700, todavía se utiliza la palabra mususuelo, cuando los recién nacidos mueren por tétanos, comúnmente contraído por utilizar, las comadronas, tijeras mal desinfectadas al cortar el cordón umbilical en el momento del alumbramiento. Pero dicha palabra no existe en el diccionario. Tampoco con zeta, como muzusuelo. Y, aunque ésta suena a musgo y suelo, la otra pareciera que viniera de una relación de moho y suelo o mohosuelo, toda vez que moho, de la familia de los hongos, se cría en la superficie de ciertos cuerpos orgánicos y produce su descomposición. Se dijera que el término viene desde el origen de los tiempos y forma parte de otros tantos que designan síntomas poco estudiados por la ciencia moderna, como el “empacho” o la “caída de la mollera”, que es la parte superior de la cabeza o cráneo, cuya utilización por la gente sencilla provoca sonrisas indulgentes en los médicos, al momento de su consulta.

El caso es que mis padres perdieron una niña recién nacida debido al mususuelo. Hubiera sido la quinta de los hermanos, después de Florencio. Yo andaba cumpliendo cinco años de edad. Recuerdo que era de noche y, de pronto, mi madre, alarmada y triste, le dijo a mi padre que la niña no quería el pecho, con su pequeñita mandíbula endurecida ya, síntoma inequívoco del terrible mal. Una buena comadre solidaria que la asistía, doña Chayo, esposa de Cuco, se prestó para ir a avisar y traer a Luis Ortega, que trabajaba en la botica de don Perfecto, su padre, para que la inyectara. Mi padre me ordenó que la acompañara. Pese a que en ese tiempo aún no había alumbrado público en el pueblo, salimos disparados, corriendo sin parar, hasta el otro barrio, cruzando las tinieblas de la media noche.

Como Rodolfo Valdez Valdez, El Gitano, que en esos días vivía en la casona de Gárate, en los portales, frente a la plazuela, por donde teníamos que pasar, en cuanto oscurecía mantenía guardias sobre la azotea de todas las casas de la cuadra, me advirtió la valerosa mujer: no tengas miedo, nos van a gritar, pero tú nomás oye sin hablar, yo voy a contestar. Al llegar cerca de la iglesia, donde empezaban los portales, se escuchó en lo alto a un hombre interrogar enérgicamente: ¿Quién vive? A lo que ella contestó, también a grito abierto: ¡Soy yo, la Chayo de Cuco! ¡Voy por Luis para que inyecte a la niña de Geñito y Tomasita, que se les está muriendo! ¡Pasa!, exclamó cortante el que había preguntado. Pero aunque se inyectó a la niña penicilina, que por ese entonces empezaba a utilizarse sin medir bien a bien sus alcances, ya no se pudo hacer más nada. Y aunque jamás se volvió a hablar de ello en la casa, por el resto del año todos anduvimos como con un pequeño luto en el corazón.

Se la sepultó en una reducida tumba en el panteón del pueblo, junto a la de la abuela materna, doña Juana Peraza. Durante 54 años, mientras vivió, todos los primeros de noviembre mi padre le llevó una veladora.

*Economista y compositor.

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