Nacional

Ojos de perro

Por domingo 14 de agosto de 2011 Sin Comentarios

Por Francisco René Bojórquez Camacho*

Sabás Ornelas sabía que la vida le iba a cambiar a partir de esa noche. Afinó sus oídos para escuchar con toda nitidez el ladrido lastimoso de su perro; primero se le puso la piel chinita en medio de aquella oscuridad, después sintió como si alguien le tuviera puesta la mirada en medio de aquella negrura de la extraña noche. Empezó a temblar de miedo mientras continuaba atento a los sonidos emitidos por el animal; pensaba, “parece como si el animal quisiera comunicar que algo extraño va a suceder”.

Desde pequeño se dio cuenta del significado que tenía esa manera de ladrar. Muchas veces había escuchado ladrar a los perros y sabía por qué lo hacían al escuchar las explicaciones que daba su abuela, una mujer de largas trenzas de acendradas raíces proveniente de una tribu llamada los yaquis. Tuvo que desechar las explicaciones comunes en las que creía; “una persona se acerca a la casa”, “ladra porque se encuentra a otro perro”, “anda correteando un gato”; pero ahora era algo diferente, pues el sonido misterioso se metía por todos lados contagiando de temor a quien lo escuchara. La entrada intempestiva del perro a la casa lo sacó de sus cavilaciones, éste venía con los pelos erizados y su aullido se hacía más terrorífico al entrar en búsqueda de refugio; se le acurrucó en medio de sus piernas sin dejar de voltear a la puerta de la casa, como si esperara la entrada de lo que le producía ese dolor, sus ojos estaban desorbitados y sin dejar de parpadear se acomodó como esperando el próximo episodio.

En ese momento, los toquidos de la puerta le anunciaron la llegada de su abuela y su inconfundible voz pareció calmar esa angustia; “por eso aúllan así; porque los perros, a diferencia de los seres humanos, poseen la capacidad de ver la muerte. Eso fue lo que vio Tarco.”

Era la hora que la vieja siempre venía a casa de su nieto a tomar su taza de café de talega, ella mismo se lo sirvió, se acomodó en la mesa y continuó con sus explicaciones. “Ellos presienten cosas que van a pasar como la muerte de personas y otros malos sucesos, porque tienen esa extraña capacidad de ver las cosas del más allá; sienten la muerte, la detectan en medio de la oscuridad. Seguramente algo malo está por venir en las próximas horas, pues el perro con su forma de ladrar nos dice que la mala suerte ronda en el pueblo.” Le continuó diciendo cosas misteriosas acerca de los perros, también le dijo que una de las maneras de protegerse de la mala suerte que acarreabas los ladridos, era colocando en forma de cruz todo el calzado que hubiera en la casa. Se echó el último trago y dio las buenas noches antes de dar el portazo.

Solo veinticuatro horas bastaron para corroborar las ideas que la vieja sostenía sobre la clarividencia de los perros, pues la fatal noticia de que Fermín Sagaste se encontraba en coma, corrió de boca en boca entre los habitantes de Casas Viejas. Sabás fue a ver al hombre que repentinamente se hallaba al borde de la muerte; entró al cuarto donde se encontraba postrado, revisó detenidamente el rictus de su rostro y al instante lo comparó con la de su perro la noche que entró despavorido a su casa; pensó en una explicación; “los dos vieron a la misma muerte”. Con este suceso estaba comprobando que las creencias de su abuela tenían un fuerte fundamento y fue entonces que tuvo una idea que a él mismo lo dejó paralizado por unos momentos: “sacarle los ojos a su perro y colocárselos sobre los suyos durante toda la noche, para que el líquido penetre y así poder adquirir ese raro poder.”

Fue su padre quien lo encontró afiebrado en su cuarto, un trapo blanco lleno de sangre le cubrían sus ojos dando la impresión de estar herido. No hablaba, su cuerpo se encontraba tieso, sudaba a chorros y por el estado en que se le veía parecía el fin de su existencia. La atención médica fue inmediata y el doctor le limpió el rostro, y lo aseó dándole un baño con agua fresca para bajarle la temperatura, le suministró una inyección y pidió que se salieran del cuarto y esperar que surtiera efecto el medicamento.

Despertó hasta el quinto día; la fiebre había cedido, parecía que había despertado en una mañana cualquiera, pidió té y abundante comida y se incorporó a sus habituales tareas en su taller de carpintería. Esa noche durmió tranquilo, pero a medianoche se despertó por unos fuertes dolores de cabeza; se sentó un rato en la cama tomándose la cabeza con sus manos, salió al patio, la negrura de la noche era incomparable, los grillos bajaron la intensidad de sus cantos, no había luna y los enormes álamos que rodeaban la casa hacían más lúgubre el lugar. Respiró profundo y sintió que al expulsar el frío aire de la noche, también salía el dolor de su cerebro, se sintió muy bien al exhalar el aire de sus pulmones. Dirigió su vista hacia el oscuro camino y fue allí donde su corazón se detuvo un instante; sorprendido por lo que estaba pasando, abrió desmesuradamente sus ojos y alcanzó a ver por un momento muy fugaz a su perro, huyendo velozmente sin dejar de voltear hacia él, daba la impresión de querer mostrarle los dos hoyos oscuros que le quedaron, después que días antes él lo había asesinado para sacarle sus ojos. Hubo un momento en que el perro paró su loca carrera y Sabás percibió con una nitidez incomparable, que esas concavidades oscuras se dirigían exactamente hacia él, como si realmente lo estuviera mirando desde el fondo como si fueran cuevas repletas de esa rara oscuridad; dio unos pasos hacia Tarco, pero éste dejó escapar un aullido de dolor a la vez que desaparecía inexplicablemente.

Regresó a su cama y por horas su mirada estuvo perdida en las vigas del techo, hasta que la luz del amanecer entró sin que él se percatara de ello. En ese estado, le vino a la mente las noches en que su abuela le pedía a su madre, que se asegurara que los niños llevaban sus manos limpias a la cama; “que se laven sus manos porque todo el día jugaron con el perro, no vaya a ser que se tallen los ojos y empiecen a ver fantasmas.” Comprendió que su abuela, la india yaqui, sabía de los peligros a los que se exponían quienes tocaban los ojos a los perros.

Ahora ya sabía con toda la certeza del mundo, que su vida no sería la misma, que sus ojos de perro lo estaban llevando a ver más allá de lo normal, que sería el primero en el pueblo en ver la entrada triunfal de la muerte. Anticiparía el fin de sus amigos y parientes; lo considerarían como una especie extraña de hombre-nahual; muchos lo venerarían cual si fuera una santidad y otros le desearían la muerte cada vez que le palpitara el corazón. Él era consciente que todo eso sobrevendría, después de que le puso la dosis letal de veneno a su perro; todo ya se lo imaginaba en el momento mismo, cuando aquella noche decidió colocarse el par de ojos agelatinados sobre sus ojos abiertos, detenidos con una venda para que el líquido poco a poco se consumiera allí durante una noche entera. De ese día en adelante, no solo los perros alertarían cuando un mal agüero se avecinara sobre la población, sino que Sabás Ornelas; el brujo, el demonio, el clarividente, el enemigo del Altísimo, Satanás, el nahual, el santo… el ojos de perro, proporcionará el nombre de la persona o personas, el día, mes y hora en que pasarían a mejor vida.

*Docente prepa Guamúchil / UAS.

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