Estatal

De cuando García Márquez me dijo: “Así de fácil”

Por domingo 12 de diciembre de 2010 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

Corría 1993, primer año de gobierno de Renato Vega Alvarado. Había barruntos de que desaparecería el Festival Cultural Sinaloa de las Artes. Mientras tan­to, en representación de éste asistí en el Salón Adolfo López Mateos, de la residencia oficial de Los Pinos, en la ciudad de México, a la presentación del proyecto por el que se crearía el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, CONACULTA.

Hasta entonces, nunca había entrado a aquella residencia mítica. Caminé, orientado por miembros del Estado Mayor Presidencial, más de cien metros, por una calzada lateral que llevaba al sitio del evento. Su dimensión es descomunal, se diría faraónica. Llegué puntual y, aún así, ya estaba repleto de las más sobresalientes personalidades de la comunidad artís­tica y cultural de México: de Silvia Pinal y Pedro Armendáriz hijo, a Elena Poniatovska, Carlos Monsivais, José Luis Cuevas y Gabriel García Márquez, entre muchísimos otros.

En el presidium, de tan inmenso, casi se diluían las únicas tres figuras que lo integraban: el presidente de la República, Carlos Salinas de Gortari, al centro; el jefe del Departamen­to del Distrito Federal, Manuel Ca­macho Solís, a su derecha, y, a su izquierda, el secretario de Educación Pública, Ernesto Zedillo Ponce de León, quien presentó el proyecto, propio de su área, a través de José Luis Martínez.

Teniendo en mente abordar al autor de “Los funerales de la mamá grande” a la salida, me dediqué a ob­servar el comportamiento de quienes encabezaban la reunión. Camacho Solís con cara de torzón, se notaba que estaba ahí a la fuerza. En ningún momento intercambió palabra con él Salinas de Gortari. En cambio el presidente no paraba de festejar, con risas, los comentarios que le estuvo haciendo Zedillo, durante todo el acto. Mi impresión fue que este últi­mo, quien tampoco era muy sonrien­te, estaba más en el ánimo del presi­dente, que el primero, con todo y lo que se hablaba de la amistad entre ambos. Si me hubieran preguntado a propósito de la sucesión presidencial, cuál de los dos podía resultar finalmente favore­cido, con todo y el malogrado Luis Donaldo Colosio Murrieta, yo hubiera contestado lo que se evidenció en tan publicitado acto sobre la cultura y el arte.

Después de escuchar prolijamente sobre los cuantiosos recursos millonarios que se destinarían a CONACULTA, que inicialmente se cobijaría en terrenos e instalaciones de los enormes Estudios Churubusco de cine, concluyó la presenta­ción escrita y se invitó a los asistentes a ver la maqueta a esca­la de lujo, expuesta en una extensión del recinto, iniciándose el desalojo, lento, de los invitados. El laureado autor de “Cien años de soledad” se quedó platicando en el salón con dos o tres personas que lo acapararon. Yo hice lo mismo. En vez de ir a lo de la maqueta, decidí aguardar a que se desocupara el Premio Nobel, para abordarlo.

Sin embargo, en vista de que no tenía fin la charla, discul­pándome, decidí interrumpirla. Dirigiéndome respetuosa­mente al Gabo, como también le dicen, me identifiqué, infor­mándolo sobre nuestro festival. Luego le expresé el interés de nuestras autoridades por contar, en alguna versión futura, con su participación en una conferencia magna, preguntán­dole cómo podríamos hacer contacto con él.

Y, en un gesto de noble sencillez, metiendo la mano a la bolsa interior de su saco, que me pareció de yute, color hueso, sacó una tarjeta de presentación en blanco. Tomó la pluma, fina a la vista, de su camisa, y escribió con tinta negra el nú­mero de su teléfono, diciendo: “Así de fácil”. Y me la entregó, amablemente. Cosa que le agradecí, saludando educadamen­te al grupo, al retirarme.

Rumbo a la salida a Anillo Periférico, pensé que, al no traer, como todo mundo, tarjetas de presentación ya impresas, el célebre colombiano controla mejor a quién le puede dar o no sus datos, de puño y letra. Creo que es un doble honor, porque, valga la redundancia, le otorga su confianza a quien le inspira confianza. Y eso es algo esencialmente más que un autógrafo.

Alguna vez, el periodista Rodolfo Rojas Zea, quien fuera el director del periódico estudiantil “El colmillo ati­nado”, de nuestra Escuela Superior de Economía, donde, por cierto, estu­dió Ernesto Zedillo, y al único a quien concedió una larga entrevista para el periódico Excélsior el Nobel de Lite­ratura cuando recién lo obtuvo, me dijo que cuando quisiera ver a García Márquez, fuera por las tardes a la He­meroteca Nacional, cuando la misma se localizaba en la calle de Venezuela, en el Centro Histórico de la ciudad de México, donde acostumbraba el escri­tor ir a consultar periódicos del siglo diez y nueve. Pero nunca lo hice.

Y si el gobernador Vega Alvarado hubiera acabado con el Festival Cul­tural antes del anuncio de la creación de CONACULTA, tampoco habría ocurrido el encuentro fortuito y alec­cionador, aquí descrito. Al desapare­cer, finalmente, el festival, se frustró también la oportunidad de haber tenido, entonces, en Sina­loa, a esa gloria de las letras que universalizó e inmortalizó a Macondo, como un lugar de Colombia, parafraseando a Cer­vantes, del que sí quiso acordarse.

Hoy conservo, al menos, su tarjeta personal manuscrita con su número telefónico al que, por estricto respeto, nunca llamé.

El Pequeño Larousse Ilustrado consigna: GARCÍA MÁR­QUEZ (Gabriel), escritor colombiano, n. en 1928, autor de las novelas La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora, Cien años de soledad, El otoño del patriarca, El amor en los tiempos del cólera, El general en su laberinto –sobre los últimos años de Simón Bolívar–; y de relatos: Los funerales de la Mamá Grande, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, Textos coste­ños (Premio Nobel 1982).

*Economista, compositor y director del Museo de Arte Mazatlán.

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