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De Culiacán para el África del recuerdo

Por domingo 8 de agosto de 2010 Sin Comentarios

Por Adrián García Cortés*

Con frecuencia, un grupo de veteranos del futbol se re­úne los sábados a desayunar y convivir bajo el cobijo de Señorial Otoño. No es que se estén preparando para anticipar alojamiento, pero la verdad es que ahí los ali­mentos son muy sanos y muy seleccionados para la pobla­ción residente.

Se reúne formando parte de una IAP (Institución de Asis­tencia Privada), en este caso como una remembranza de “pa­tadas” idas, las del futbol, por supuesto, para reunir fondos y apoyar la afición del deporte entre los jóvenes, particular­mente de la enseñanza primaria. Los balones, las camisetas, las redes no faltan, y si faltan, buscan la forma de proporcio­narlos. Lo importante es que practiquen deportes, y si es fut­bol mejor.

Fue el sexto mundial que no ha faltado

Tesorero de este grupo lo es Jorge Hernández Rodríguez, quien a sus setenta años aún se atreve ir al África para dar­le patadas al pesebre, con la remota idea de que algún día, como lo intentó el entonces Presidente Echeverría, traer ele­fantes para ayudar a los campesinos que no alcanzaban a te­ner trilladoras. Lo malo es que a Jorge nunca le permitieron subir un elefante al avión, porque aun siendo de dos pisos, no cabía. Y esto que el regreso fue en una nave espacial is­landesa para meter en ella a todo la selección mexicana con parientes y amigos.

Jorge, empresario del ramo de la construcción y la indus­tria automotriz (vende materiales, gasolinas y aceites), hizo pacto consigo mismo para cumplir el ritual de su vida: nunca faltar a un campeonato mundial de futbol. Este reciente de Sudáfrica es el sexto de su afición mundialista. Y no faltó.

Cada campeonato ofrece atractivos diferentes; éste de Sudáfrica tenía sorpresas inesperadas, incluso de hasta ver a Nelson Mandela presidir el acto inaugural. Se trata de un país joven, al que disputaron holandeses e ingleses por dos razones: la vuelta y control de los océanos –Atlántico e Índi­co– por Cabo de Buena Esperanza para ir al oriente, y los ya­cimientos de diamantes, que aun hoy día, son un producto de exportación muy importante en la economía sudafricana.

Quienes ahora se atreven a hacer el viaje, no son reacios a prejuzgar las condiciones de vida, selladas por una política discriminatoria desde 1911 y años después magnificadas en la Constitución de 1948. El “apartheid” se practicó legalmente por 46 años.

Llegó y venció como Escipión el Africano

El viajero culiacanense, como un aguerrido Escipión el Africano (vencedor de Aníbal el cartaginés), llegó a Ciudad del Cabo en un vuelo “charter” de Aeroméxico, confiado en que a las puertas del aeropuerto lo estaría esperando, al menos, un enviado de Mandela. Pero este honor no lo tuvo siquiera nuestro Presidente Felipe Calderón, porque Mandela no apareció en el acto inaugural del campeonato.

De llegada, Jorge halló una superestructura de comunica­ciones para impactar a cualquiera –un aeropuerto colosal y una red de vialidades que ni en sueño aún tenemos en Sina­loa–, pero atrás de todo ello, como en toda metrópolis cos­mopolita, apareció la pobreza envuelta en viviendas que no merecían este nombre.

¿Qué fue lo que más le impactó? En su recuerdo quedan tres imágenes inolvidables. Los centros comerciales fabulo­sos, donde los jefes eran blancos y los operarios de color; en algunos de éstos, o calles muy concurridas, una que otra da­mita de color iba con los pechos descubiertos –¿como en sus tribus, quizás?– para la foto del turista y una paga por “dere­cho de autor”.

Una trompeta burla un desnivel inconcluso

Allí mismo, en Ciudad de Cabo, bastante moderna, urbe fi­nanciera, autobuses de estreno apoyados por la FIFA, el nue­vo estadio para el campeonato no se alcanzó a terminar y un monumental paso a desnivel estaba inconcluso, por mal cál­culo de proyectista, se dijo. Allí estaba una “vuvusela” gigan­te (especie de trompeta) que la gente colocó como una burla contra el gobierno. Lo más sorprendente fue que en el casco antiguo de Johannesburgo, toda la población es de color y ahí –¿acaso un desquite?– ningún blanco puede entrar

Nuestro viajero, tras haberse alojado en un lujoso depar­tamento de un barrio residencial de blancos, sin calefacción alguna, con un frío de menos cinco grados, prefirió irse de safari. Por lo menos ahí podría hacer ejercicio y calentarse un poco corriendo detrás de las jirafas y adelante de los impa­las.

Un compañero de viaje nunca halló la combinación para el agua fría y caliente por lo que optó por bañarse con fría, y estuvo a punto de congelarse. Entonces, Jorge aprendió que debía haber llevado abrigo y para consolarse, se fue a ver pin­güinos y a pedirles prestado sus chaqués.

Tres capitales, nueve estadios y 11 idiomas

En Sudáfrica hay tres capitales: la de Pretoria, como adminis­trativa; Bloenfontein, judicial; y Ciudad del Cabo, legislativa. Ahora con el campeonato mundial, Johannesburgo se convier­te en la capital deportiva, teniendo, sobre todo, el Soccer City, o sea el estadio más grande del mundo, con capacidad de 94 mil 500 asistentes, al que la FIFA lo redujo a 87 mil. Como todo en Sudáfrica es grandioso, se dispusieron nueve estadios para la contienda futbolera. Y para no quedarse corto, en este país ya multiracial, se hablan 11 lenguas oficiales.

A su regreso, nuestro Escipión ha prometido hacer un safari en el zoológico de Culiacán. Lo malo es que ahí no ha­brá pingüinos.

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