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Tatuaje. Una forma de ser gozada por un Otro

Por miércoles 15 de julio de 2015 Sin Comentarios

Por: Verónica Hernández Jacobo

El tatuaje se presenta como un fenómeno sociocultural, también estético, para el psicoanálisis implica una forma de ser gozada por el otro pero en posición femenina, el tatuaje feminiza a su portador colocándola como una, para el goce del Otro, aunque parezca varón, para otros el tatuaje es sexi, ello implica cierta dimensión erótica en la imagen tatuada, intentando resaltar con ese tatuaje una impronta insatisfecha, el tatuaje se inscribe como una escritura en el cuerpo, éste, como papiro, se extiende para que sobre él se instalen caprichosamente figuras, contornos, huecos, cuyo objetivo es imaginar-izar y vivenciar ese goce del Otro, pero sobre todo, el tatuaje es una voz pulsionalmente inscrita en el cuerpo que se da a decir, ¿qué dice?, puede a veces decir nuestro deseo insatisfecho, en otras ocasiones despliega la erótica en los sujetos, pero sobre todo es escritura que nos deletrea.

Antiguamente era lo rupestre, que como rasgo unario situaba lo civilizado y sus desarrollos arcaicos, estas imágenes intentaban capturar además del mamut, al tiempo, situando una muesca en la pared, cuyo vestigio anticipaba con toda intención un arte, este performativo en el cuerpo no se hace sin dolor, ya que la pintura como materialidad intrusiva desnaturaliza ese pedazo biológico de piel, lanzándolo hacia lo bello, lo sublime o bien lo retorcido de la naturaleza, donde ésta ha dejado de ser, para asumir caprichosamente por la mano del sujeto un otro para el goce escópico… de la mirada. El tatuaje es la constancia de eso anticipado como deseo del otro corporizado, deformando la naturaleza, en el caso del sujeto desabonando lo biológico, y Hegelianamente intentando situar un alma bella en eso que biológicamente la naturaleza no me otorgó. De tal modo que este pequeño arte que se hace con piezas sueltas, cincelan lo real con lo simbólico sobre la carne, esto lleva a plantearnos que, se hace de ese pedazo de piel un semblante dejando de lado el ostracismo biológico que tanto se repite como cantaleta.

La decoración del cuerpo por medio de tatuajes obedece a actos simbólicos que se instalan como ritual, cada uno de estos ritos organiza en la selva de la humanidad, grupos específicos, con coloridos distintos totemizando con ello sus practicas incluso eróticas.

La importancia del tatuaje es que éste al ser elaborado forma un cuerpo en el cuerpo, seria entonces otro cuerpo, o bien una extensión del cuerpo, un semblante, en términos de Deleuze sería un cuerpo sin órganos. El ritual sobre el cual descansa el tatuaje, hunde sus raíces en la antigüedad, hasta lo que se ha dado en llamar hombre de bronce, mas atrás aún en el tiempo, estaban las pinturas rupestres, éstas como un intento de preservar el tiempo, y dar vida a lo cultural. Introducir en el cuerpo ciertas dosis de tinta, hace que el tatuaje cumpla una funcion de suplencia, pero también de “meter otro cuerpo” en mi cuerpo, una suerte de doble en mi mismo, esta fascinación por escribir imágenes en el cuerpo nos lleva a suponer que el tatuaje también es testimonio, es historia dicha sobre el cuerpo, cuya cincelación intenta también otorgar una identidad, porque de entrada y hay que decirlo, el yo no nos transmite esa identidad de manera suficiente, ya que en el yo, siempre se adolece, por eso será el tatuaje el que venga a poner e instalar virtualmente una pincelada de suficiencia, ante las insuficiencias del sujeto. De ese modo el vaciamiento del sujeto producto de las insuficiencias viene a ser taponada por el tatuaje, ya que frente al vacio que deja la insuficiencia, el relevo es la escritura imaginarizada sobre el cuerpo, un semblante cuya función permite sostener la superflua vacuidad del ser, podríamos decir forzando un poco la experiencia de lo real, que el tatuaje seria lo inconsciente a cielo abierto, que se presta a las múltiples significaciones, es decir opera sobre él lo significante.

“Debe decirse que la pintura japonesa- de la que hace poco les dije que se entremezcla tan bien con la caligrafía, ¿por qué?- la nube no falta. Desde donde me encontraba en ese momento, comprendí de manera cabal la función que tenían esas nubes, de oro, que literalmente tapan, esconden, una parte de las escenas. Son cosas que se desarrollan en un sentido distinto que el kakemono- se las llama makemono, y perciben la repartición de breves escenas ¿por qué? ¿cómo es posible que esas personas que saben dibujar, experimenten la necesidad de mezclarlas con esos montones de nubes, si no es precisamente porque asi se introduce la dimensión del significante? Jacques Lacan: De un discurso que no fuera del semblante. Seminario 18, p.113

* Doctora en Educación

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