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Relatos de la Revolución en Culiacán del General Raúl Cuevas

Por martes 31 de marzo de 2015 Sin Comentarios

1era Parte

Por: Luis Antonio García Sepúlveda

Revolución de CuliacánCorría el año de 1993, en una calurosa tarde de agosto mi pasión por la historia de Culiacán, me llevó a tocar las puertas de una vieja casona ubicada en la esquina de la calles Colón y Morelos. Era la casa de la familia Achoy; ahí vivía el Gral. Raúl Cuevas y la Sra. Lucila Achoy, hermana de la ilustre maestra Agustina Achoy fundadora de la Escuela Normal de Sinaloa. Dada la hora y el calor, dude de tocar ya que la mayoría de las personas mayores a esta hora toman una siesta. Decidí tocar tres veces. “Si no me abren volveré otro día” -Pensé- Me armé de valor y tomé con fuerza el aldabón de la vieja y despintada puerta. Transcurrió un minuto y un anciano gritó sin abrir la puerta. ¿Quién es? ¡Disculpe la molestia señor, busco al general Raúl Cuevas! – le contesté ¿Qué quiere? ¡Soy escritor y vengo de parte del profesor Luis Mendoza Sánchez, me gustaría entrevistarlo! Se escuchó el pasador de una vieja cerradura y una antigua aldaba, una de las hojas de la puerta se abrió con un rechinido. El rostro blanco y apergaminado de un anciano de entre setenta y ochenta años de edad, asomó por la puerta; unos ojos negros y sagaces me examinaron de arriba abajo. ¿Lo manda Luis Mendoza? Sí señor, escribo para una revista y me gustaría platicar con usted. La mirada del anciano enfocó directamente mi rostro y sostuvo su mirada escudriñándome. Al parecer le caí bien, el gesto desconfiado dio paso a una tenue sonrisa y asentó con la cabeza. ¡Pásale, pásale!

-Me dijo y abrió ampliamente la vieja puerta dándome el paso al interior. La casa construida a finales del siglo XIX tiene fachada de estilo neoclásico, construida en una esquina tiene una forma de rectángulo sobre un terreno de 15 por 25 metros. Con una construcción de siete cuartos distribuidos a los lados que dan a las calles. La entrada esta por la calle Colón, y sostenido por columnas de madera de ébano se encuentra un portal interior y un corredor a los lados de los cuartos. El piso rústico de cemento con cuadros blancos y negros, (clásico de este tipo de construcciones en Culiacán), se encuentra con un hundimiento en el centro. Al caminar se siente hueco el piso. El general me condujo a una mesa con sillas en el vestíbulo, le dije mi nombre y él me dio el suyo y me preguntó. ¿Quiere un vaso con agua? No quería pero no quise desairar al general que cumplía con el ritual del buen anfitrión. Si gracias ¡Vieja, Vieja! De uno de los cuartos salió una dama de alrededor de unos sesenta y tantos años, vestida de forma sencilla de constitución gordita y de gesto amable. Si viejo, ¿Qué se te ofrece? ¡Trae dos vasos de agua por favor! El general se sentó y me preguntó. ¿Cómo esta Luis?, Hace mucho que no lo veo. Bien mi general, le envía saludos él me recomendó que platicara con usted. ¿Y en que le puedo servir? Pues de mucho mi general, yo me dedico a escribir para algunas revistas y me gusta mucho el tema de la historia de Sinaloa, y el “profe” Mendoza me informó que su señor padre combatió en la toma de Culiacán al lado de los generales Banderas e Iturbe, y me interesa mucho lo que usted me pueda platicar sobre su señor padre. El general sonrió, bajó su mirada como recordando algo, de nuevo me miró y me interrogó. ¿Y cómo que quiere que le platique? Lo que usted quiera mi general, lo que él le haya platicado de la Revolución. La señora del general nos interrumpió con los vasos de agua. Ella es mi señora, me dijo el general. Me levanté de inmediato y me presenté. Lucila Achoy Me dijo y yo agregué ¿Doña Agustina Achoy, fue su hermana, verdad? Ella se sorprendió con mi pregunta, sonrió y agregó. Si esta es su casa, en esa recamará hay varias fotos de ella, ¿Quiere verlas?… Miré al general pidiendo con la mirada su permiso, el general asintió con un movimiento de cabeza y se levanto para acompañarnos. Doña Lucila me condujo a un cuarto casi vacío de muebles y empolvado pero lleno con varios cuadros en las paredes. La señora Achoy me fue señalando uno a uno los cuadros, en ellos aparecía su hermana la profesora Agustina Achoy. En uno de ellos recibía un diploma, en otro al lado del Gobernador Gabriel Leyva Velázquez, en otro con un grupo de alumnos. El Gral. Cuevas junto a su mujer asentía a las explicaciones de Doña Lucila. Después de de quince minutos el tour fotográfico se terminó y el general y yo volvimos a la mesa.

El calor era agotador y el agua me cayó muy bien, seguimos la conversación. Es poco lo que le puedo decir sobre mi padre, y es que yo casi no lo conocí. Lo mataron en Tepic Nayarit cuando yo era un niño. ¡Vieja trae la carpeta que esta en el cajón de arriba del ropero!… Mi padre nació en Bequillos, municipio de Mocorito, Sinaloa.  Al saber en 1911, del llamado de Don Francisco I. Madero, se adhirió a la Revolución. Se levantó en armas y se unió a la gente del general Juan Banderas, y participó en la toma de Culiacán con el grado de coronel. A mi padre le tocó dirigir la batalla contra el también coronel Luis G. Morelos.

Él dirigió a los hombres que mantenían sitiado a dicho coronel federal, según me contó Doña Clarita de la Rocha, (Coronela también e hija de Don Herculano de la Rocha). Le voy a contar o que ella me dijo, (que por cierto no se ha escrito en ningún libro, al menos que yo sepa).

Resulta que el coronel Morelos se hizo fuerte con sus hombres en la azotea del santuario y allí se mantuvo por más de tres días, desde allí el coronel y sus hombres disparaban a todo hombre que se movía en las calles. El coronel disparaba con un rifle y tenía muy buena puntería, ”un disparo un muerto”, no fallaba. Por lo cual nadie caminaba por las calles, los revolucionarios tuvieron que horadar las paredes de las casa vecinas al santuario para poder acercarse y desde las ventanas y azoteas resguardarse y disparar a los hombres del coronel Luis G. Morelos.Rev culiacan

El coronel y sus hombres causaron muchas bajas a los revolucionarios y en cambio de su grupo sólo hubo cuatro muertos, que por cierto el coronel lanzó los cadáveres a las azoteas más bajas del santuario y para que nadie subiera a la azotea donde se encontraban, quemaron la escalera de caracol de madera de la iglesia. Que por cierto era igualita a la escalera de caracol de la catedral. Pues bien resulta que Doña Clarita quería mucho a mi papá, y lo fue a visitar a la casa donde se encontraban atrincherados disparando al santuario, ya tenían dos días y estaban cansados y hambrientos cuando llegaron dos hombres cargando un enorme perol lleno de un caldo con carne y papas. Mi padre pregunto ¿Quién les enviaba el perol? A lo que los hombres contestaron que era un regalo del director de la cárcel y dicho eso se fueron dejando el perol. Todos los hombres se alegraron y se reunieron para recibir una ración del apetitoso caldo y ya la iban a recibir cuando Doña Clarita gritó: ¡Un momento! ¿Quién nos asegura que este caldo no esté envenenado? Y enseguida tomó una porción del caldo y se la dio a un par de perros que estaban amarrados a un árbol en el patio de la casa. ¡Esperémonos un momento! No perdemos nada con probar.

Aunque los hombres estaban hambreados e impacientes, respetaron lo que hizo Clarita y esperaron varios minutos como lo ordenó ella, y cuál no sería la sorpresa de los hombres cuando vieron convulsionarse a los perros y después cayeron al suelo revolcándose y llorando lastimosamente. Entonces mi padre ordeno colérico. ¡Tráiganme al director de la cárcel! Salió un piquete de revolucionarios en busca del hombre y con la ayuda de un preso que lo señaló, lo encontraron en las mediaciones del mercado y lo llevaron a la casa donde estaba mi padre. Al llegar mi padre lo iba a interrogar pero no contó con la furia de Doña Clarita, quién en cuanto lo vio desenfundó su pistola y nomás dijo: A estos perros no hay que tenerles piedad y de tres tiros lo mató. ¡Pero Clarita! – dijo mi papá. ¡Nada Goyo! Con esta gente no hay que tentarse el corazón. Mi padre nada dijo, sabía el aprecio que le tenía Clarita, y estaba furiosa. En realidad, no se supo quién había enviado el perol envenenado; es muy probable que el hombre que mató Clarita haya sido inocente, porque nadie es tan estúpido de enviar una comida envenenada y revelar su nombre. Los hombres que llevaron el perol jamás fueron encontrados.

*Autor regiomontano y cronista

 

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