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Malala: Ética, razón y justicia

Por domingo 19 de octubre de 2014 Sin Comentarios

Por Iván Escoto Mora*

pag 3 Iván Escoto Mora1Para Adolfo Sánchez Vázquez la Ética es teoría de la moral. Si no se observa con cuidado, esta afirmación perecería apuntar a que la Ética se trata únicamente de construir doctrinas, realizar análisis académicos, cumplir tareas reservadas a la reflexión universitaria o al ejercicio especializado en comités profesionales, pero no es así. Si se acepta que la Ética se refiere a conductas humanas, tendría que asumirse que su objetivo y desarrollo está directamente vinculado al quehacer práctico que se realiza todos los días. Ello no significa que la Ética sea ajena a la actividad racional, por el contrario, sería necesario afirmar que en ella coinciden la actividad reflexiva racional y el hacer cotidiano propio de todos los seres humanos.

Ética y razón, son dos conceptos que coexisten de manera complementaria. A los noventa años de edad, Karl Popper, probablemente uno de los filósofos más influyentes  del siglo XX, señaló en una conferencia ofrecida en Kioto que “el racionalismo crítico no es una doctrina, sino una actitud” (Artigas, 2001). Racionalismo y Ética se funden en la conducta activa y diaria de los hombres, éste es el  elemento de afinidad-identidad que vincula ambos términos.

Para Popper la Ética es “una actitud de diálogo y de razonabilidad, que favorece el entendimiento, la tolerancia y la paz, frente a cualquier tipo de totalitarismo y de violencia”. Esta definición evidencía el contenido ético de la racionalidad y el sentido racional de una postura ética. Más adelante, en su discurso, Popper agrega: “la racionalidad es una manera de pensar e incluso una manera de vivir: una disposición para escuchar argumentos críticos, para buscar los errores propios y para aprender de ellos”.

Si la razonabilidad popperiana implica apertura frente a lo diverso, respeto, tolerancia, diálogo, auto crítica, es indudable que, en tales condiciones, se hace presente el sentido cognitivo y práctico de la Ética.

Al afirmarse que existe una vinculación entre Ética y razón y, al sostener esa afirmación en la concepción de valores como el “diálogo”, el “respeto”, la “paz”, es imposible dejar de reconocer que, tanto la Ética como la razón son actitudes que enlazan al individuo con la totalidad de los seres humanos. Hablar de la Ética y de la racionalidad, sólo tiene sentido cuando se posiciona en el centro al ser humano como ser en relación con los demás, lo cual, como consecuencia, conduce a la necesidad de remarcar el enlace Ética-razón y adicionar a la dupla un concepto adicional: el desarrollo humano.

Amartya Sen (Premio Nobel de Economía 1998), afirma que el desarrollo humano no se basa en el crecimiento económico o en la acumulación de recursos de un país, sino en algo más:

“El desarrollo consiste  en la expansión de las capacidades humanas, es decir, en la forma como el Estado, a través de los distintos instrumentos que tiene a su alcance, permite que los ciudadanos tengan acceso equitativo a tales libertades y, al margen de su reconocimiento formal, éstas son tangibles en la práctica”.

En tal definición se subraya la presencia de relación ética-razón, manifiesta a través de la conducta. En el desarrollo humano se sostiene la posibilidad de acceder de manera tangible y práctica a condiciones garantes de libertad, de igualdad, y en suma, de justicia.

“Un país donde las libertades estén garantizadas es también un país donde los intereses, justamente de los más débiles, son canalizados de manera eficiente, evitando que unos (los menos) se privilegien del dolor de otros (los más)” (Amartya Sen, 2009).

La Ética, la razón y la justicia (en cuyo seno es posible el desarrollo) en el fondo, se refieren a la responsabilidad, y más puntalmente dicho, a la corresponsabilidad que el ser humano detenta frente al ser humano. En la pasada entrega de los Premios Nobel (2014), fue reconocida la labor de Malala Yousafzai como defensora de los derechos de las niñas y los niños a recibir educación. Desde su activismo pacífico, Malala ha hecho evidente la relación práctica existente entre los tres conceptos mencionados.

El año pasado, durante una asamblea en Naciones Unidas, Malala pronunció un discurso que es, sin duda, muestra de respeto, tolerancia, racionalidad, pero sobre todo, de compromiso ético frente a una causa en la que es posible entender el sentido más puro del desarrollo humano al que alude Amartya Sen. Malala Yousafzai señaló en aquella ocasión:

“Queridos hermanos y hermanas, yo no estoy en contra de nadie. Tampoco estoy aquí para hablar en términos de venganza personal contra los talibanes o cualquier otro grupo terrorista. Estoy aquí para hablar del derecho a la educación para todos los niños. Quiero educación para los hijos e hijas de los talibanes y para los hijos de todos los terroristas y extremistas. Ni siquiera odio al talibán que me disparó. Incluso si tuviera un arma en la mano y estuviera de pie frente a mí, yo no le dispararía. Esta es la compasión que he aprendido de Mahoma, el profeta de la misericordia, Jesucristo y Buda. Éste es el legado de cambio que he heredado de Martin Luther King, Nelson Mandela y Mohammed Ali Jinnah” (Malala Yousafzai, 2013).

En el discurso de Malala Yousafzai se hace patente el espíritu sobre el cual es posible el desarrollo a través de la educación, advirtiendo ésta como una herramienta de cambio en las condiciones de vida de los niños que, apartados de la explotación y la violencia, pueden convertirse en factores de transformación para beneficio de la humanidad. Las palabras pronunciadas por Malala el 12 de julio de 2013 de nos invitan a reflexionar sobre el compromiso ético que nos involucra a todos para contribuir al desarrollo de la humanidad:

“Libremos una gloriosa lucha contra el analfabetismo, la pobreza y el terrorismo; levantemos nuestros libros y nuestros lápices, pues son las armas más poderosas. Un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo. La educación es la única solución. Educación primero”.

Malala Yousafzai, con tan sólo 17 años, es sin duda un ejemplo de una vida ética que devuelve la esperanza a la humanidad sobre la posibilidad de construir un mundo de paz y justicia para todos.

*Lic, en derecho y filosofia

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