Nacional

De el Diario de Ana Frank a la Novela de la Revolución Mexicana

Por domingo 17 de agosto de 2014 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

pag 4 Faustino López Osuna1Hasta antes de la invención de la imprenta en 1440, 52 años antes del descubrimiento de América, por el alemán Juan Gensfleisch Gutenberg (1400-1468), se decía que las palabras que no eran sometidas a la escritura manuscrita, se las llevaba el viento. Aún hoy el dicho sigue vigente.

No se tiene memoria de los idiomas en los que se mantuvo constreñida la Biblia hasta antes de Gutenberg: el arameo, el sánscrito, el hebreo, hasta el latín arcaico y alguna que otra lengua muerta, reproducida una y cientos de veces más por copistas, con símbolos, como en el mismo español antiguo, ya desaparecidos, como la v labiodental utilizada como u. Por su valor fundacional la Biblia, piedra angular de la literatura moderna, fue, pues, el primer libro salido de la imprenta, conocida como Biblia latina de 42 líneas.

Desde un principio, escribir ha sido considerado como un acto libertario del hombre. La prisión sufrida por Miguel de Cervantes Saavedra tras la derrota de la Batalla de Lepanto, donde, según él mismo perdió su siniestra “para gloria de su diestra”, le sirvió para escribir su inmortal Don Quijote de la Mancha. Del mismo modo, durante la Segunda Guerra mundial, la asombrosa judía adolescente Ana Frank, escribió, escondida durante dos años durante la ocupación de Amsterdam por los nazis, su estremecedor testimonio en su igualmente imperecedero Diario. Presos luminosos libres por la palabra. Prodigio de prodigios: todo lo que el ser humano percibe con sus sentidos, lo que ve, imagina y siente, le pone nombre, lo designa con palabras.

Un recuerdo que traspasa la distancia y el tiempo, me viene a la memoria de cuando estuve en Bulgaria. Sin imaginarme que allá no había literatura en español, por mi placer solitario de la lectura, eché en la maleta el libro La Novela de la Revolución Mexicana, de editorial Aguilar, con pasta de piel y hojas cebolla. En cuanto se enteraron los compañeros latinoamericanos de dicha obra (éramos cosa de 200), los distintos grupos nacionales me lo estuvieron pidiendo prestado casi permanentemente. Era un tesoro, pues a todos les pasó lo mismo que a mí y muy pocos llevaron cuando más un solo ejemplar de alguna novela o de cuentos o de poesía, de su tierra.

Claro que ahí andaban ya, despastados y con páginas amarillentas por su uso continuo, como baraja española, los clásicos de nuestros países: Roa Bastos, Carpentier, Borges, Cortázar, García Márquez, Rulfo, Neruda, Paz, Fuentes, Lezama Lima, Benedetti, Asturias, Sarmiento, Santos Chocano, Darío, Rómulo Gallegos, Guillén, Güiraldes, Reyes, Icaza, Vargas Llosa, que apenas sumaban más de 20. Todos eran ejemplares únicos, desvencijados de tanto haber pasado por la necesaria relectura varias veces.

Hasta estando en la Babel del extranjero, nos percatábamos de la tremenda necesidad de conectarnos a la realidad y divagar en nuestros propios pensamiento, con nuestros libros, bien supremo insustituible. Nos agobiaba la dolida añoranza de nuestros poetas mayores: Sor Juana, César Vallejo, López Velarde, Díaz Mirón, Nervo, Ruiz de Alarcón, Parra, Asunción Silva.

“Dicen que no se siente/ la despedida,/ dile al que te lo cuente/ que se despida”, dice la copla huasteca del Cielito Lindo, cuya reminiscente sabiduría popular aplica en lo de la ausencia de literatura en el idioma  propio en tierra ajena.

Los esclavistas de todos los tiempos, bien que lo sabían y lo saben. Aparte de la doble esclavitud que le representaba la ignorancia del alfabeto, al esclavo, en caso de conocer las letras, se le prohibía leer. Y no era solamente en las infames minas y plantaciones agrícola de la Colonia.

Aún a Sor Juana Inés de la Cruz se le vigilaba para que no leyera en su primer convento. El libre albedrío y el libre pensamiento, fueron los más perseguidos por la sombría inquisición de la orden de Santo Domingo. Nada de espíritus libres, qué va. Así que cuando cándidamente llegué a Sofía con La Novela de la Revolución Mexicana, al menos los no mexicanos descubrieron obras de enormes escritores, como Martín Luis Guzmán, creadas al influjo de las ideas de la primera revolución social en el siglo XX.

Todo un acontecimiento, que les permitía, aparte de disfrutar de la prosa extraordinaria de los autores, su conexión con otros aportes estéticos y tradicionales del pueblo de México, como la monumental pintura mural y el corrido, además de la música de Revueltas y Moncayo, que enriquecen el patrimonio cultural de la humanidad.

Obviamente, allá dejé, en el librero colectivo del Club Social de la Federación de Estudiantes Latino Americanos en Bulgaria (FELAB) el multicitado libro, para disfrute de futuros nuevos estudiantes de nuestro Continente en la tierra de los Balcanes.

*Economista y compositor.

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