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El sinaloense ante una disyuntiva ontológica ¿ser o no ser así?

Por domingo 15 de agosto de 2010 Sin Comentarios

Por Jesús Rafael Chávez Rodríguez*

Hace unos días, en las noticias internacionales trans­mitían un reportaje acerca del maltrato a las mujeres musulmanas, con comentarios que hacían ver esta situación extremadamente denigrante para las féminas. Esto lleva a reflexionar, si nuestra sociedad está lejos de ese tipo de problemáticas. Es común ver estas conductas en la mayo­ría de las sociedades del mundo, de las cuales, la del mexi­cano, o bien, la del sinaloense no es la excepción, pues esta es la actitud que, con sus particularidades, impera en nuestra cultura, y se le denomina machismo.

Cuando oímos esta palabra luego nuestro intelecto tiende a relacionarlo con el hombre dominante y autoritario, una es­pecie de animal que domina la manada. Si nos vamos a buscar la definición de la palabra, según el DRAE, vemos que macho significa “animal de sexo masculino”, o bien el “masculino del ganado mular”, reincidiendo su significado más básico en lo animal. Así, la palabra “macho” al relacionarla con la actitud humana, pasa a ser denominada “machismo”, que según su significado es la “Actitud de prepotencia de los varones res­pecto de las mujeres”.

Cuando Ortega y Gasset se refiere a la naturaleza del ser humano, dice que éste no tiene dicha naturaleza que solamen­te tiene historia, refiriéndose a que los animales se encierran en una naturaleza, incapaces de transgredir esa condición, y como ejemplos menciona que el tigre no se puede destigrisar, es decir, no puede dejar de ser tigre para comportarse como león, elefante u otro animal. Sin embargo, el ser humano es distinto, ya que está dotado de lo que llamamos razón, por lo tanto el humano tiene un margen de movimiento más amplio en este aspecto, de tal forma que puede ser muy humano o deshumanizarse.

Entonces ser macho iría en esta lógica, pues dicha conduc­ta sería lo más precario del ser humano, el nivel más básico de un humano a tal grado de casi equipararse con un animal. Y sus características serían el dominio de la hembra y de sus crías, la autoridad absurda e incuestionable, actitud irracional o instintiva y el salvajismo.

Pero por qué juzgar de manera tan severa a una cultura de la cual somos, de cierta manera víctimas, si desde antaño somos bombardeados por este modus operandi, como una estructura que permea una forma de ser colectiva, derivada a su vez de una estructura religiosa donde es el hombre el protagonista y símbolo principal, de una cultura prehispánica donde es el hombre el sacerdote que ofrece sacrificios, y de formas de gobierno donde el hombre es el emperador, el rey, incluso, en la actualidad el presidente. Nuestra historia nos confirma una cultura de predominio masculino.

Aunque han existido intentos por reivindicar los valores de la igualdad y la libertad desde la época ilustrada, no en todos los lugares ha tenido el efecto deseado, un caso es nuestra sociedad, donde puede percibirse aún esa forma desigual de dominio, donde la mujer es la menos beneficiada. Si bien, ve­mos que en las sociedades más urbanizadas (ciudades) se ha atenuado esta actitud debido al mayor acceso a la educación y a la cultura, en nuestra sociedad, que no se define netamen­te rural o urbana culturalmente, aún permea con gran fuerza el machismo, pues la interacción de las comunidades rurales en las ciudades hace ver una combinación ambivalente, don­de debaten el tradicionalismo de las generaciones del padre autoritario y la madre sumisa con la generación del joven in­comprendido de ideas liberales.

El ejemplo más cercano es nuestra propia familia, cal­do de cultivo para la gestación de los machos. Muchos se lo atribuyen al papá, que quiere que el hijo sea como “su’apa” ¡muy macho! que no lo mande la mujer. Pero irónicamente, la madre también coopera al solapar al hijo “hombre” en los quehaceres del hogar por decir que “ese es trabajo para las mujeres”. Lejos de ver estos ejemplos como triviales, nos da­mos cuenta que son la base para el maltrato y la denigración de la mujer, alimentado por ellas mismas y ratificado por el hombre.

En mi opinión, se está creando una falsa concepción de lo que es el verdadero hombre, que tiene más relación con la va­lentía y la honradez que con ser autoritario y mujeriego. Mu­chos estarán de acuerdo, aunque el veredicto de un macho tal vez ponga en tela de juicio estas afirmaciones. En fin, todos podemos emitir un juicio distinto, pues cada quien tiene una perspectiva distinta de la realidad que lo rodea.

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