Nacional

El soldado de las artes

Por domingo 4 de julio de 2010 Sin Comentarios

Por Raquel Padilla Ramos*

Tuve la inmensa fortuna de conocer en diciembre del año pasado al pintor yucateco Rolando Arjona, en el marco del XXV Congreso Internacional de Historia Regional, organizado por la Universidad Autónoma de Sinaloa y el Centro INAH Sinaloa celebrado en Culiacán. En esa ocasión fui invitada a compartir con el auditorio sinaloense mis investigaciones relacionadas con la participación de los yaquis en la revolución. Había preparado una presentación con diapositivas, algunas de ellas con magníficas imágenes sobre ese tema, pero no me fue posible proyectarla pues estábamos ubicados en el hermoso patio central del edificio histórico de la biblioteca universitaria a plena luz del día.

Ante la falta de imágenes, tuve que echar mano de una retórica diáfana para explicar al público cómo fue que la participación de los yaquis en la revolución, contrario a lo que parece, fue una expresión más de sus formas de resistencia. Hablé de cómo en 1911 fueron liberados de su condición de prisioneros de guerra en las haciendas henequeneras de Yucatán, para ser dados de alta en batallones que fungían en realidad como grupos de choque y amedrentadores hacia los votantes en las elecciones para gobernador. Entré en detalles de los personajes políticos de aquella época y aquel lugar, y de cómo los yaquis se las ingeniaron para sacar provecho de ese entorno tan adverso.

Desde la planta alta, recargado en el barandal, un hombre menudo y muy entrado en años dirigía su mirada inteligente e inquisidora a mi persona. Ocasionalmente fruncía el entrecejo como cuestionando mis aseveraciones y en otros momentos asentía con la cabeza. Luego regresaba a su quehacer para enseguida sumarse de nuevo al público desde su sitio privilegiado. Su trabajo consistía en hacer cálculos y trazos en la pared, mismos que desde mi localización no me era posible interpretar.

Al terminar mi exposición me acerqué a mis buenos amigos, los historiadores Laura Álvarez Tostado y Gilberto López Castillo para preguntarles quién era el señor que desde arriba me escuchaba con tanta atención. Me sorprendí gratamente cuando me contestaron que era el maestro Rolando Arjona, y que estaba allí para pintar un mural en la biblioteca central de la Universidad. Este mural estaba siendo elaborado a partir de elementos pictóricos preexistentes.

Ni tarda ni perezosa subí las escaleras para acceder a don Rolando. Me presenté ante él y me comentó que escuchó con atención mi conferencia pues sabía sobre los yaquis en Yucatán, y de cómo fueron llevados allá a trabajar como esclavos durante el Porfiriato. Hablamos sobre su trabajo, tanto el pasado como el que estaba realizando en Culiacán, el Códice de la Nación Mexicana. En la pared había gran cantidad de dibujos y escudos vinculados a la historia de Sinaloa, algunos confeccionados por él, otros por sus discípulos y otros más por gente que a él le era desconocida. No muy diplomáticamente, sobre el trabajo de estos últimos comentó la posibilidad de mejorarlo si tomaban un taller con él y permitían la transformación de sus escudos, bajo su tutela.

Arjona criticó la posición de algunos elementos gráficos, y de hecho la aparición de algunos de ellos: “No entienden que la heráldica no es para reflejar la producción económica, la heráldica es historia e identidad”. Me explicó el significado de los trazos y del lugar donde estos se coloquen. Me enseñó también un libro de su autoría que trata sobre estos temas y me comentó la posibilidad de que fuese reeditado, cosa que lo tenía muy complacido.

Con gran pena me entero últimamente que el maestro Arjona ha presentado varios problemas de salud que no le permitirán terminar el mural en Culiacán, pero existe la posibilidad de darle continuidad a través de sus discípulos. Con casi noventa años a cuestas, la larga y prolífica producción plástica de don Rolando Arjona Amábilis está ligada fuertemente al nacionalismo posrevolucionario y a la vida social y cotidiana de México. Por un tiempo breve fue miembro del ejército, pero sus sueños estaban ligados al mundo de la estética.

Arjona tuvo desde muy joven una formación artística integral, de tal manera que lo podemos ver haciendo grabados, pintando al óleo o murales, esculpiendo o registrando imágenes con una cámara en la mano. Aunque ha sido multipremiado y homenajeado, escribo estas breves líneas para manifestar lo orgullosa que me siento de haberlo conocido y aprendido de él, así como para elevar un modesto homenaje hacia su persona. Su calidad artística sólo es superada, sin duda, por su calidad humana.

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