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CUANDO MURIÓ LA TÍA MARÍA FLORINDA

Por domingo 11 de agosto de 2013 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

Maria-FlorindaNadie de los que vivieron en aquel día en Aguacaliente de Gárate, olvidarían jamás los acontecimientos que sobrevinieron a la muerte de la tía María Florinda.

Hija única del tío Francisco Osuna, hermano del abuelo Dámaso, prima hermana de mi madre, la tía María Florinda, de bello rostro, sufrió con entereza las más grandes tragedias que enfrentaron en la antigüedad mujeres griegas o romanas, según lo recordaban y contaban los más ancianos del pueblo. Huérfana de niña, criada con esmero por su progenitor, casada tempranamente, viviendo con su esposo en la casa paterna, estando embarazada, cierta noche de verano un terrible ciclón derrumbó la humilde vivienda con techo de varas de otate y tejas, cayéndoles fatalmente encima la viga principal del caballete, matando a su esposo y golpeándola gravemente a ella en la cabeza, cosa que la mantuvo inconsciente por varios días. Meses después dio a luz a una niña que con el tiempo se descubrió con tristeza que era sordo muda. Todos los vecinos relacionaban su caso con los sucesos del ciclón asesino. La criatura no llegó a los 5 años. La tía María Florinda ya no volvió a casarse. Sobrevivió a la dureza de la sociedad en el desgarramiento de un amor imposible. Como pudo compró una máquina de coser y fue costurera el resto su vida.

El tío Francisco, que alguna vez tuvo un poco de ganado, que vendió, al quedar por años sin párroco la iglesia de la Comunidad debido a la guerra de los Cristeros, inclinado a una extraordinaria y profunda religiosidad, decidió dedicar su vida a servir a su fe católica, convirtiéndose, con aprobación de las autoridades eclesiásticas de Mazatlán, en el mantenedor de la parroquia. Así, igual rezaba el Rosario perfectamente y sin discriminación a los difuntos que despedía repicando de duelo las campanas, que desde el campanario daba las doce del día en Semana Santa o, ayudado por mujeres solidarias, se encargaba de la limpieza del templo y de su esplendor en los días de las fiestas de la Candelaria y, de vez en vez, organizaba procesiones cuando se tardaba en llover en tiempo de aguas. Pocos sacerdotes ordenados podrían haber entregado su existencia a cuidar con tanto esmero la iglesia construida en 1855 por Juan José Gárate, como el tío Francisco, a quien, de cariño y agradecimiento, el pueblo dio en llamarlo Pancho el Beato. Él, viudo, de vida ejemplar, de avanzada edad, sobrevivió a sus hermanos Manuel, Salvador y Dámaso, acompañando, con estoicismo, la soledad de su hija, la tía María Florinda, quien padecía de catalepsia y dejaba la vista y la precaria salud en la ardua costura.

Entrando la década de los años 60, la tía María Florinda, que siempre había echado mano de remedios caseros, consumida por un dolor que le partía la espalda, enfermó de gravedad y, como era costumbre en esos casos en el pueblo, dos mujeres se prestaron para llevarla a un doctor en Guadalajara. Como los autobuses de primera clase no se detienen en el poblado, el tío Francisco acompañó una tarde a las tres mujeres a tomar el transporte en el puerto, 35 kilómetros al norte de Aguacaliente. De regreso al pueblo, mortificado, se detuvo en Villa Unión, a rezar en el templo de San Juan, por la salud de su hija. Así estuvo, arrodillado, largas horas, sorprendiéndolo la noche. Los encargados del templo, como lo conocían, decidieron no interrumpirlo, respetando su penitencia. Quedarse el tío Francisco rezando allí toda la noche hasta rendirlo el sueño, le impidió enterarse que antes de llegar a Escuinapa, a 75 kilómetros al sur, falleció en el autobús la tía María Florinda, pidiéndole al chofer las mujeres que la llevaban, les permitiera tomar un taxi en la ciudad para regresarse con el cuerpo a Aguacaliente, donde, con la presencia acongojada de casi todo el pueblo, la velaron, extrañándoles que por ningún lado apareciera el tío Francisco. A la mañana siguiente, algunas mujeres de edad que llegaron temprano a misa en Villa Unión, al reconocerlo, le manifestaron que lo acompañaban en su pesar, contestándoles él que confiaba en que el Creador iba a regresar a su hija sana y salva de Guadalajara.

Conteniendo el llanto, las mujeres, transidas de dolor, apenas pudieron decirle: “Ay, Francisco, criatura de Dios, ¿acaso no sabes que en estos momentos tu hija está tendida en Aguacaliente? Nosotras estuvimos anoche en el velorio”.

Como si un rayo lo hubiera fulminado, el tío Francisco, sin pronunciar palabra alguna, igual que si mirara adentro de sí mismo, se dirigió a tomar el autobús, descendió en el crucero del pueblo, luego, acompañado con el mismo silencio por todos los que lo encontraban al paso, se dirigió a la iglesia, subió las elevadas escalinatas del atrio, entró y abrió todas las puertas incluida la de la nave mayor y la sacristía y, colocándose en el centro, de frente al altar, con la cabeza erguida, con firmeza en la voz, reclamó al Altísimo lo que un padre dolido es capaz de reclamar ante la irreparable pérdida de un hijo amado. El pueblo, agolpado en tumulto en las puertas del templo, jamás había visto ni sabido que alguien se enfrentara de tú a tú con Dios. Una vez dicho lo que tenía que decir, el tío Francisco salió de la iglesia a su casa, donde, sin más preámbulo, acompañado por todos los vecinos que se congregaron solidarios, encabezó la procesión directamente al panteón, sin regresar al templo que quedó con todas las puertas abiertas sin que nadie las cerrara. Tampoco asistía nadie a rezar, más que a la casa de Pancho, el novenario. Al enterarse las autoridades eclesiásticas del puerto, decidieron con urgencia concelebrar una solemne misa en Aguacaliente de Gárate encabezada por el propio Obispo, de desagravio al tío Francisco Osuna, convenciéndolo ellos mismos de que asistiera.

A partir de esa misa, el pueblo volvió a asistir a la iglesia. El tío, sumido en una tristeza silenciosa, jamás regresó. Falleció en el mismo año.

*Economista y compositor.

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