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LA JOVEN DE LAS FLORES

Por lunes 15 de junio de 2020 Sin Comentarios

CRISTINA IRÍZAR

Todas las noches ponía su alarma a las 5 am en punto. Pese a los desvelos continuos, levantarse temprano nunca le había resultado un sacrificio. A diferencia de otras jóvenes disfrutaba las mañanas, se sentía con energía y nunca se le vio poner un pie fuera de la cama sin antes dar gracias a Dios. Tal vez su buen humor estaba relacionado con el habitual olor a café que se acentuaba puntualmente en la cocina pero que debido a la estrechez de la casa lograba atravesar la sala y llegar directo a su habitación. Cualquier mala noche de sueño quedaba compensada con solo un suspiro y para Matilde era como despertar diariamente en el paraíso.

A decir verdad todo en la cocina de doña Carmela le parecía delicioso. Su abuela era una mujer de trabajo y muchas tradiciones, su manera de cocinar era un reflejo perfecto de esto. Entre sus amistades solían decir que nadie preparaba un mole poblano tan rico, o unos tamales de puerco de tan buen sazón, no obstante el pan dulce y el café de olla eran su especialidad. No tenía mayor cuidado en compartir la mesa con quien gustara siempre y cuando no le pidieran sus recetas, ese secreto, era algo que se llevaría hasta la tumba.

Si bien era una mujer celosa de sus costumbres aquello no lo decía de corazón, a su nieta, por ejemplo, jamás le hubiera negado nada. Todo cuanto sabía de este mundo le hubiese gustado transmitírselo. Desde que quedó en sus brazos siendo apenas una niña le devolvió un poco de la alegría que varias primaveras atrás el destino se había encargado de arrebatarle con tantas tragedias.

La quería casi igual o más que a la hija que perdió y como tal, se empeñó en educarla, era su motivación para despertar diariamente y a la vez su mayor orgullo. Trabajó de sol a sol durante años pero todo valió la pena cuando Matilde fue admitida en la prestigiosa universidad privada con la que ambas soñaban, se convertiría en abogada, en una de las mejores, de eso estaba segura.

Cada noche disfrutaban moler juntas los perfectos granos del café chiapaneco que enviaban sus parientes y mientras se contaban en confidencia los pormenores de sus días, dejaban todo listo para comenzar la rutina una vez más. Antes de dormir, doña Carmela le hacía a su nieta la misma promesa de a la siguiente mañana, revelarle la mezcla exacta entre piloncillo y canela que agregaba a la olla de barro, casi tan antigua como ella, a fin de obtener ese inconfundible sabor.

No es que pensara con antelación en faltar a su palabra,si sigilosamente se levantaba media hora antes para preparar el café en soledad no era a razón de su egoísmo sino para regalarle unos minutos más de descanso a Matilde que aun sabiéndola exhausta por el exceso de ocupaciones, jamás la escuchó quejarse, ni al momento de ayudar en la florería ni cuando de quehaceres escolares se trataba.

Así era siempre, pero hoy se respiraba un aire distinto, no había rastros del religioso café en la cocina, ni ruido de cazuelas que anunciaran que el día había comenzado. Por unos momentos Matilde pensó que todavía era de noche, la casa se encontraba totalmente en tinieblas y su abuela no respondía a sus llamados, reinaba un silencio sepulcral que la hizo sentir desconcertada.

Las tenues luces artificiales que provenían de la calle lograron entrar a través de la ventana de la alcoba y fueron suficientes para finalmente distinguir el reloj. Miró la hora, las 5:45 am, se había quedado dormida, buscó su celular pero no lo encontró por ninguna parte, le resultaba imposible recordar en que momento apagó su alarma y más extraño todavía le parecía que su abuela se marchara sola, siempre llegaban al mercado juntas, además era ella quien tenía las llaves del local.

El pánico la invadió por un momento pensando que algo malo le había ocurrido y no fue hasta que posó sus ojos en la hoja del calendario que la tranquilidad le llegó de golpe. Era primero de noviembre, cómo lo había olvidado, la florería no tardaría en estar repleta; asumió que doña Carmela se encontraría ya en el mercado regateando con los proveedores el precio de las flores de cempasúchil y decidió darse prisa.

A diferencia de su abuela, para Matilde el costo de las flores no era lo más importante, en incontables ocasiones discutieron sobre el tema. Cuando la joven estaba a cargo se concentraba en elegir personalmente cada flor basándose en su belleza y no en su precio, se enfocaba en sus colores, en su frescura y en la fragancia tan particular que cada una expedía. Creció rodeada de ellas y no había otro lugar que le brindara tanta tranquilidad. A su ver, la florería era mucho más que un simple negocio familiar. El esmero que ponía la hacía gozar de cierta fama dentro de sus competidores y sus clientes, sobre todo cuando de ocasiones especiales se trataba. Cada celebración tenía su encanto pero no podía negar que el festejo del día de muertos le despertaba mayor ilusión que cualquier otro, aunque esta aseveración no podía atribuírsele solamente a los claveles chinos.

Año con año organizaban en el mercado el tradicional concurso de altares de muertos, cada comercio participaba con la elaboración de uno, sin embargo, nadie se esforzaba como la joven de las flores y su abuela. Era un derroche de creatividad el que se exhibía en el puesto y ante la envidia de uno que otro contendiente se las ingeniaban para cada 2 de noviembre ser las ganadoras. Cuando el reloj marcaba las 12:00 am, terminaba el día primero y con el terminaban las ventas, una vez anunciada la premiación, la vieja construcción se iluminaba a la luz de las velas transformándose en una gran fiesta para rememorar a los muertos y celebrar la vida.

Matilde salió de casa con rapidez echándose a correr en dirección al mercado, varias cuadras después reparó en el hecho de que no llevaba entre sus cosas la lista de los pendientes que debía surtir antes de llegar a su destino. Decidió no volver a buscarla pues el tiempo apremiaba y de todas maneras la sabía de memoria: veladoras, papel picado, calaveritas de azúcar, agua, sal, un crucifijo y por supuesto, las flores. El pan de muerto y los platillos de ofrenda siempre eran tareas de su abuela quien gustosa se encargaba de hacer suficiente para todos los espectadores.

Estaba tan absorta imaginándose el suculento festín que le tomó varios minutos admitir que estaba perdida. Nada de lo que miraba a su alrededor le era conocido, la papelería ya debería de estar a la vista y en su lugar se encontraba un inmueble desocupado. Cambió de dirección sólo para darse cuenta que la siguiente calle era muy similar a la primera, trató de mantener la calma pero la oscuridad del cielo no parecía estar de su lado. “Sigue caminando Matilde el sol no debe tardar en salir”, se dijo a sí misma ansiando controlar sus nervios; su andar se hizo lento y en vano intentó reconocer nuevamente el lugar donde se encontraba. Había algo familiar en la zona y aun así creía no haber estado antes en esa parte de la ciudad. Más y más edificios en ruinas sin signos de vida comercial, ¿dónde compraría los encargos?, las manecillas del reloj seguían avanzando y Matilde se sentía dentro de un interminable laberinto. Su abuela probablemente se encontraba preocupada y encima de todo llegaría con las manos vacías. Buscó ayuda, estaba desierto, kilómetros a la redonda no se detectaba un alma. La angustia se apoderó de ella por completo y ahora sin control alguno rompió en un llanto desesperado, gritó fuertemente pidiendo auxilio pero la falta de respuestas la llevaron a una lenta resignación.

Mientras secaba sus lágrimas tomó asiento en una banqueta de la solitaria vía e intentó recordar cómo había llegado ahí. No lo sabía, quiso pensar en la noche anterior y el resultado fue el mismo. No recordaba nada, desconocía si había ayudado a la preparación de los platillos, ni siquiera podía saber con seguridad cuando fue la última vez que vio a su abuela. Cualquier suceso previo a su despertar era confuso.

Justo cuando creía no poder soportar más la agonía, avistó a una mujer de porte elegante que desentonaba con el sitio dirigiéndose a su encuentro.

-¿Qué es lo que te aflige?- le dijo a la joven desde una distancia que permitía escuchar su voz a la perfección pero insuficiente para distinguirle el rostro.

-No sé dónde estoy y me urge llegar al mercado.-

-¡Pero si casi has llegado niña!tranquilízate, te faltan pocos pasos, sigue la luz de las velas, justo de ahí vengo yo.

Sin decir una palabra se puso de pie y se dirigió por el camino que le indicó la dama. Olvidándose de sus modales avanzó un pequeño tramo para después volver la cabeza y murmurar un sincero “gracias” que fue lanzado al olvido pues ya no se veía a la misteriosa mujer por ningún lado.

Cuando finalmente entró al edificio el aroma fresco de las flores la colmó de paz, a medida que cruzaba el mercado, se fue deteniendo de tienda en tienda para apreciar todos los altares que ya se encontraban encendidos. No concebía el paso de las horas, debió llorar más de lo que creyó en un principio, deseaba que su abuela no estuviera molesta por dejarle todo el trabajo.

Al llegar al puesto encontró a doña Carmela dando los toques finales, colocaba las últimas calaveritas de azúcar en los pequeños espacios que las numerosas flores dejaban libres, eran hermosas y de todos colores, violetas, amarillas, naranjas; estaban en los tres niveles del altar y se extendían hasta el piso, daba la impresión que no hubiera dejado ninguna para vender y que todas estuvieran dedicadas a cumplir ese único propósito. Supuso que incluso sin su ayuda también lograrían ganar, era magnifico, indudablemente el mejor de todos.

-Lo siento abuela, se me hizo tarde, perdí la noción del
tiempo.

-Al contrario, hija, este año has llegado temprano, el café está casi listo, no tarda en calentarse, acércate, dime que te parece, ¿te ha gustado?

Recorrió el altar con la vista de abajo hacia arriba, la cruz de sal estaba puesta junto al incienso en el primer nivel, levantó la mirada y la boca se le hizo agua al ver el delicioso mole y el pan de muerto que se perdían entre las velas, casi en la cima yacía un libro titulado “Derecho familiar” cuyas páginas releídas estaban llenas de conocidos garabatos, debajo del gran crucifijo vio por fin su fotografía y una pequeña leyenda que rezaba, “ Para Matilde Algora con amor, 1990- 2010”.

Las cosas se esclarecieron de repente. El carro cayendo al río, el agua en sus pulmones, la sábana blanca, el funeral. Todos los recuerdos se posaron en su memoria y fueron proyectados ante sus ojos en menos de un parpadeo. Contempló con tristeza la ofrenda hecha en su honor y pudo revivir con amargura el momento exacto cuando su abuela recibió la noticia.

-¿Cuántos años han pasado?

-Este se cumplen cinco, pero tu ausencia me sigue doliendo como el primer día.

-Aquí estoy ahora – dijo serenamente y con ternura- gracias por cuidar mis flores, están preciosas.

Tomó la taza entre sus manos, se sentó junto a su abuela y comenzaron a charlar. Doña Carmela habló de su vida sin ella, de la falta que le hacía y lo mucho que la extrañaba, al igual de lo inevitable que era llorar por las noches sabiendo que a la mañana siguiente no la encontraría a su lado. Le preguntó si escuchaba sus rezos y mediante un abrazo la joven le dijo que sí. Con risas e historias cargadas de nostalgia vieron pasar las horas gozando de ese lazo de amor que existía entre ellas capaz de superar a la muerte misma.

Sintió pena por saber que pronto volvería a dejarla sola, nadie sufre tanto una despedida como el que tiene que quedarse. Dio un sorbo a su bebida y al sentir el piloncillo hacer eco en sus papilas saboreo de nuevo la vida y por unos instantes al ver a su abuela sonriendo, se supo feliz. Inhaló con todas sus fuerzas el intenso olor a café que prevalecía en el ambiente en un intento desesperado de llevárselo consigo.

Esta vez tenía certeza, nada en el paraíso se le podía comparar.

Abogada

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