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ENTRE LA DIGNIDAD Y EL ORGULLO

Por jueves 31 de marzo de 2016 Sin Comentarios

Por: Faustino López Osuna

Mi padre, Eugenio López Peraza, y mi madre, Tomasa Osuna Angulo, tuvieron cada uno su propio carácter. Cuando mi padre, por “consejos” de vecinos atrasados del pueblo me prohibió asistir al sexto grado de primaria (presionado para que no se dejara mandar por su mujer, mi madre, que sí quería que sus hijos estudiaran), enterada la maestra Victorina Ramírez, de El Rosario, le pidió a mi madre que, en secreto, me mandara diariamente a las 5 de la tarde a la casa donde se asistía y, así, a mí solo, me dio el último año de la primaria. Cuando le pedí permiso a mi padre para que me dejara ir a Culiacán a presentar examen de admisión a la secundaria, estuvo a punto de pegarme por haberlo desobedecido, pero le aclaré que no lo desobedecí, que ya no fui a la escuela, pero que la maestra me había dado las clases en su casa y de ese modo tenía el certificado.

Ya he contado el impacto que recibió mi padre en los dos días que me acompañó a presentar el examen en la capital del Estado. Venidos de todos los municipios, desde Choix hasta Escuinapa, padres de familia nos acompañaban a casi doscientos estudiantes de doce años de edad y solamente había lugar para 150 en el internado. Mi padre casi no daba crédito que yo hubiera aprobado cuando mencionaron mi nombre y vio llorar a los padres que se regresarían con sus hijos. Luego, cuando descubrió que estudiantes egresados del tercer año subían con sus maletas a un autobús con el letrero Instituto Politécnico Nacional, estacionado enfrente, al preguntar a sus padres que los despedían que a dónde iban, le contestaron con satisfacción que a México a seguir estudiando, también con beca del gobierno, hasta terminar de ingenieros, licenciados o doctores.

Cuando estábamos en la terminal donde tomaría de regreso el autobús a Mazatlán, quién sabe cuántas cosas pasarían por la mente de mi padre, que lo llevaron a decirme que si salía adelante en la secundaria, le iba a dar mucho gusto dentro de tres años verme con mi madre trepar al autobús que me llevara a México. Y, asumiéndose de pronto ante lo ineluctable, se colocó a la altura de aquella novedad en su vida y, como si llorara por dentro, solidarizándose conmigo y mi destino, me dijo: “Pero si llegas a fracasar, no te vayas a ir por ahí; regrésate a la casa, donde siempre tendrás un plato de frijoles”. Y él, que nunca me había abrazado, al tiempo que por el altoparlante se anunciaba la salida del autobús, en un arrebato un tanto torpe, me apretó contra su pecho, mirando para otro lado, para que no lo viera llorar, dirigiéndose a abordar sin voltear atrás la vista.

Desde que tuve uso de razón, siempre escuché a mi madre decirme: Tú vas a estudiar. Todos los años de la primaria me estuvo aleccionando: Tú vas a estudiar y tienes que salir adelante, para que te lleves también a estudiar a tu hermano Florencio. Y cuando estén en profesional, deberán trabajar para que ayuden igualmente a estudiar a sus dos hermanas menores. Dura en el deber. Inflexible en sus principios. Mi madre nos fue moldeando para alcanzar lo imposible. El dinero va y viene, repetía, pero lo que se aprende estudiando se conserva siempre. Cuando tengas que hablar con tu padre para que te dé permiso para ir a estudiar, te va a querer convencer de que no lo hagas. Te va a decir que sabe que los que se van a estudiar sufren mucho lejos de sus padres. Pero tú le vas a decir que quieres estudiar. Te va a ofrecer que pondrá su negocio en tus manos si no te vas y que te va a comprar una camioneta nueva. Pero tú le vas a decir que prefieres estudiar. Que no te convenza para no estudiar. Y guarda esto en la cabeza para siempre: Si por alguna razón llegas a fallar en el estudio, nunca regreses al pueblo derrotado. (Años después, cuando estudiaba Historia, supe que lo mismo le decían las madres espartanas a sus hijos cuando se marchaban a la guerra: Jamás vuelvas derrotado. Si no regresas triunfante, regresa muerto.)

El último año que estudié en secreto con la maestra de sexto grado, Victorina Ramírez, ésta me preparó con esmero, reforzándome en los temas que ella consideraba que probablemente vendrían en el examen. Como estaba consciente de la lucha solitaria que libraba mi madre, me inculcaba comprensión y admiración por ella, valorándola por hacer lo correcto. Cuando se dio la plática con mi padre para lo del permiso, recordé una a una las palabras y los consejos de mi madre. Y cuando mi padre ya no tuvo argumentos para hacerme desistir de ir a estudiar, un tanto desconcertado por mi testarudez, en un tono grave, desconocido por mí, dijo: Te voy a dar permiso de que vayas a estudiar, para que nunca digas de mí lo que yo siempre diré de mi padre: que nunca me dio permiso para que estudiara. Por tratarse de algo tan íntimo, jamás dije ni media palabra de esto a mi madre.

Un día antes de la fecha para realizar el viaje, mi madre acomodó cuidadosamente mis tres o cuatro mudas de ropa en una maleta muy pequeña, que no pesaba casi nada. Como ella era quien más se mostraba contenta por mi partida, me transmitió gran confianza y entereza para que no flaqueara a la hora de la despedida. Y, como si fuera lo más normal y natural del mundo, eché a caminar con mi padre rumbo a la carretera para esperar el autobús al puerto. En eso me detuvo mi padre y me dio la orden más hermosa que nunca me había dado: Anda y dale un beso a tu madre. Como ya había entrado a la casa, fui a buscarla y la sorprendí en un rincón ahogada en llanto. Desconcertado, como pude le di un beso en la mejilla. Y ella, que no esperaba aquello, apenada balbuceó: Vete, vete.

(Mi padre murió en septiembre de 2001. Mi madre, en mayo de 2006. Siempre recordaré, hasta mi muerte, aquella despedida.)

* Economista y compositor

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