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Marilyn

Por sábado 28 de febrero de 2015 Sin Comentarios

Por Luis Antonio García Sepúlveda*

Marilyn1Francisco Martínez, conocido en los círculos policiacos como Comandante Águila, flanqueado por dos policías, llegó a la barra de “El Guayabo”, famosa cantina de Culiacán.

Varios parroquianos hablaban en voz baja, cuando Francisco sacó la placa y se la mostró al canti­nero, todas las miradas lo enfocaron y el silencio inva­dió el local.

El Zurdo, mesero de la cantina, cabizbajo y nervioso secaba con un trapo, un vaso de cristal, al ver la insignia miró a la cara al portador.

– Qiubo mi Zurdo, ¿Avisaste qué tienes un muertito por aquí? Le pregunto Martínez.
– ¡Si mi comandante! Respondió nervioso.
– ¿Dónde lo tienes?
– En la sala del cabildo.
– ¿Cómo que en la sala del cabildo? ¡Que! ¿Se lo lleva­ron al palacio municipal?

El Zurdo Rosas, hombre de más de sesenta años, mo­reno, de rostro adusto pero de risa fácil, mesero de profesión por más de cuarenta años, sonrió con la pre­gunta del oficial.

-No mi comandante, así le pusieron al salón que está allá, el otro se llama “Sala de Acuerdos”. Acompáñeme por favor.

El Zurdo sacó una llave y abrió la puerta del salón. Depositado en el piso estaba el cadáver de un hombre, tenía la cara tapada con un trapo blanco, de esos con los que secan los vasos.

El comandante le descubrió el rostro, el hom­bre tenía alrededor de 65 años, no presentaba huellas de violencia, y en su cara tenía dibujada una sonrisa. Al verlo parecía que dormía plácidamente, su cuerpo no tenía rigidez, acababa de morir.

Su camisa está rota, ¿Fue una pelea? Preguntó el co­mandante

– No, el Dr. Terán trató de revivirlo, le dio masaje al co­razón, pero fue inútil, le dio un ataque cardiaco fulmi­nante.
– ¿Y el doctor, dónde está?
– Se tuvo que ir, le hablaron de emergencia del Hospital Civil, dijo que allá lo pueden interrogar.

El comandante asintió, conocía muy bien al doctor Eu­sebio Terán, director del hospital.

– ¿Conocías al difunto? Le preguntó al Zurdo.
– ¡No mi comandante, era la primera vez que venía a la cantina! Fue la respuesta.
– Mmmm, ¿No ha llegado la ambulancia ni el Ministerio Público?
– No señor, ustedes son los primeros.
– Bueno esperemos que lleguen, ¿Venía acompañado?
– No señor llegó solo.
– ¿Discutió o se enojó con alguien?
– No señor… aunque a decir verdad, si estaba enojado con alguien.
– ¡Ha! ya va saliendo el peine, con cuál de los presentes se enojó.
– ¡Con ninguno!
– ¿Entonces?
– Bueno es que él estaba platicando y en un momento de su plática maldijo a los Kennedy.
– ¿Los Kennedy? – El comandante frunció el ceño.
– ¿A qué Kennedys te refieres?
– Bueno, a John y a Robert Kennedy.
– ¿A esos Kennedy?
– Si señor.
– ¿Y ellos qué tienen que ver con el difuntito?
-Es que él los acusaba de matar a Marilyn Monroe…

El Comandante Martínez interrumpió al Zurdo.

Marilyn2– Conozco la historia, se dice que Marilyn tenía relacio­nes sexuales con el presidente de los Estados Unidos, y con su hermano Robert que era Senador, y que el FBI la mató para evitar un escándalo que haría caer al gobierno americano. ¿Pero? ¿Qué tienen que ver Ma­rilyn y los Kennedy con este señor? El Zurdo que en ocasiones tartamudeaba, ante la situación, su nervio­sismo al hablar se multiplicó.
– Eees que él conoció a Marilyn, y eestaba enamomo­rado de ella…
– A ver, me dijiste que no lo conocías y ahora resulta que hasta sabes que él conoció a Marilyn Monroe, ¿Cómo está eso? El mesero ante el cuestionamiento y la mirada severa del comandante Martínez, empezó a sudar, sacó un pañuelo y secó la frente.
– Él me, me platicó eso y fue cuando se murió.

En ese momento llegaron los paramédicos de la Cruz Roja, uno de ellos le tomó los signos vitales, finalmen­te miró al comandante y movió la cabeza certificando que estaba muerto.

Uno de los guardias le cuchicheó algo al co­mandante, este cogió de un hombro al nervioso me­sero y le dijo al oído, -Acompáñame llegó el Ministerio Público, él te tomará la declaración. Un joven licencia­do de alrededor de treinta años, con cara muy seria realizó varias preguntas y después examino visualmen­te al difunto y ordenó que un policía lo esculcara para encontrar alguna identificación. En la cartera encon­traron cerca de mil pesos en efectivo, algunas tarjetas de crédito y una credencial que identificaba al cadá­ver como Leónidas Alfaro Bedolla. Después de que la funeraria se llevó el cuerpo, el Ministerio Público en compañía del comandante llevaron al Zurdo al salón llamado “Sala de Acuerdos” y ahí le tomó la declara­ción al mesero, quién narró la plática que tuvo con el occiso. El Comandante Martínez intrigado por el caso, se quedó a escuchar la declaración.

Yo me encontraba atendiendo a los clientes como siempre, hoy, como es lunes hay pocos parroquianos, el señor entró y se sentó en la barra, se puso a escribir y luego me empezó a hacer plática, como estaba abu­rrido, me puse a escucharlo. –De pronto el Zurdo se acordó de algo y de su pantalón saco una libreta.

– ¡Ah por cierto, se le cayó este cuaderno! Ahí él hizo unas anotaciones sobre lo que me platicó.

El agente del Ministerio Público, abrió el cuaderno en una hoja que le señaló el mesero y comenzó a leer en voz alta:

“Hoy me enteré como fue ejecutado el asesinato de Marilyn Monroe, y eso me envenena el alma. Yo tuve la fortuna de conocerla personalmente, el 22 de febre­ro de 1962, Marilyn llegó a México para comprar mue­bles para su nueva casa en California, ella se hospedó en el Hotel Continental Hilton, donde yo trabajaba como botones. Era un jovenzuelo de apenas diecisiete años. La presencia de ella causó conmoción entre los chicos de la prensa. De hecho se organizó una confe­rencia en el salón Virreyes de ese hotel. A mí me tocó la suerte de subirle a su suite las maletas, ella me pidió que abriera las cortinas de su habitación y así lo hice, cuando regresé a la sala, ella estaba sentada con un hermoso vestido que dejaba ver sus blancas y tornea­das piernas. Era bellísima, yo estaba sumamente im­presionado, y por contemplarla, tropecé y tumbe una jarra de agua y unos vasos.

Marilyn me miró divertida, yo muy apenado me incliné a recoger lo que había tirado. Me encontra­ba agachado frente a ella cuando coquetamente esa diosa de mujer abrió sus piernas. Para mi asombro, no traía calzones, con la iluminación de la habitación pude ver perfectamente su vello púbico y la línea rosa de sus labios vaginales. Me quedé inmóvil, con la boca abierta como un idiota, ella me observaba y se divirtió al ver la expresión de mi rostro.

No pude evitar tener una erección inmediata. Coincidentemente ese día yo tampoco me había pues­to ropa interior, ya que la noche anterior un ratero me robó una maleta, en ella guardaba toda mi ropa, un vecino me presto una camisa y un pantalón, afortuna­damente mi ropa de trabajo, la guardaba en un locker del hotel.

En ese momento entró a la suite José Bolaños, un tipo joven y apuesto, amigo o amante de ella, no lo sé, también entró un tipo de modales finos, era su peluquero, y una señora que después me enteré se llamaba Eunice Murray, quién trabajaba como su ama de llaves. Marilyn cruzó sus piernas y yo me levanté, pero me dio mucha vergüenza porque mi erección se notaba claramente en mi pantalón, ella me miró, abrió grandemente sus hermosos ojos azules y lanzó una carcajada.

Los señores no se fijaron en mí, su vista esta­ba centrada en Marilyn, yo iba a salir de la habitación muy avergonzado cuando escuché que ella me llama­ba.

– Boy please, come here.
– Me regresé caminando ridículamente con la jarra y los vasos en mis brazos tratando de cubrir mi erección, entonces al acercarme ella saco de su bolso un billete de cincuenta dólares y me lo dio, pero al hacerlo dis­cretamente ella me acarició la mano. ¡Marilyn Monroe acarició mi mano!

Me sentí el hombre más feliz de la tierra. Le di las gracias y antes de salir, en el umbral de la puerta, volteé a verla, ella me observaba, y con uno de sus her­mosos ojos, me hizo un guiño, sonreí, salí de la suite y nunca más la volví a ver en persona. Esa noche varias veces soñé que le hacía el amor. Aún sueño con ella y recuerdo perfectamente su bello rostro, su pelo rubio, el riquísimo olor de su perfume Chanel No. 5, la blan­cura de sus piernas, el bosque de su pubis, la sensual mirada de sus ojos, el nácar de sus dientes y sus labios rojos y carnosos que me sonreían coquetamente.

Dijeron que se suicidó seis meses después que la vi; pero yo sabía que no. Una mujer como ella que amaba la vida y que era querida y asediada por todos los hombres más ricos del mundo, no tenía por qué suicidarse. ¡Malditos los Kennedy! Ellos la mandaron matar, para cubrir las apariencias, ¡Hipócritas! ¡Maldi­tos! ¡Malditos!…” El Zurdo, tragó saliva e interrumpió al agente del Ministerio Público.

– ¡Eso! cuando él me platicaba eso empezó a malde­cir a los Kennedy con mucho coraje, fue entonces cuando se llevó las manos al pecho, lanzó un grito y se desplomó. Pero a pesar del dolor que sentía, hubo un momento que la expresión de su rostro cambio, se dulcificó y gritó ¡Marilyn!, abrió mucho los ojos, como si la estuviera viendo, alzó su mano como queriendo tocarla y murió, así como lo ven, sonriente.

Al terminar el relato, el comandante Martínez y el Ministerio Público intercambiaron miradas.

– Aquí no hay delito que perseguir- Comentó el agente del Ministerio Público, cerrando el cuaderno que tenía en sus manos.

Ambos hombres se levantaron y salieron del salón; en la cantina no quedaban parroquianos, el co­mandante Martínez, paseó su mirada por el local, su vista entrenada para localizar objetos que están fuera de lugar localizó una vieja y amarillenta fotografía tira­da debajo de un banco. Se acercó y la levantó.

La observó, en ella estaba Marilyn Monroe ro­deada por periodistas, en una de sus manos sostenía una copa de champán. Cuando alzó una de sus pier­nas para cruzarla, en ese momento el fotógrafo cap­tó la imagen. Su vello púbico se veía en medio de la blancura de sus piernas. El comandante suspiró, le dio vuelta a la foto y atrás estaba escrito: México, D.F. Ho­tel Continental Hilton, jueves 22 de febrero de 1962. Fotografía tomada por Antonio Caballero Rodríguez. El comandante Martínez, movió la cabeza de un lado a otro. Con la mirada buscó al agente del Ministerio Pú­blico, este ya se había marchado. Abrió su saco, guar­dó la foto en el bolsillo, y salió con paso firme del local, afuera le esperaban sus escoltas.

*Autor regiomontano y cronista.

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