Nacional

“Arropado por su cabellera”, Parte Final

Por domingo 29 de junio de 2014 Sin Comentarios

“En la entrega anterior, mencioné la invitación de la bella prima  para que la enseñara a nadar en la Alberca familiar, cuando lo único que yo anhelaba era disfrutar “el taco de ojos” que me ofrecerían tanto ella como su madre, en la reunión amenizada en torno a la piscina casera, aquella lejana tarde primaveral”.

Por Salvador Antonio Echeagaray Picos*

Cuando llegué de la escuela ya se encontraban dentro, y para atender la invitación de la prima, me puse un short que improvisé  con el simple expediente de cortar con  tijeras, uno de los pocos pantalones que mi madre me había comprado como “ajuar” a usar en el año escolar que estaba por terminar.  Atendiendo la invitación y tratando de hacer una entrada que llamara la atención, frente a las primas, me “tire” un “clavado” como lo hacía en la poza del rio.

El golpazo que me di en la cabeza con el piso de la alberca, por “lurio” y simple, casi me deja sin oportunidad de iniciar las clases de natación ya que el chichón que se me formó dolía intensamente.      Pero al ver a mi prima que solícita se acercó preguntando como me sentía, de veras, no sé como saqué fuerzas de mi flaqueza, -y vaya que en verdad  estaba flaco- me dispuse a dar a la bella adolescente su primera clase de natación, tomándola delicadamente de la cintura para ayudarla a flotar boca abajo e iniciara los ejercicios respiratorios y los movimientos básicos de sus piernas.

Pero, Dios mío, lo que tenía tan cercano a mis ojos, me “atarantó” más que el golpe en la cabeza, y balbuceando indicaciones, logré desplazar sobre la superficie del agua, aquel cuerpazo –que descansaba sobre mis brazos- y que yo había tomado por su cintura y sus muslos, hasta que la Tía Abuela nos llamó para invitar al almuerzo familiar.

Confieso que me tardé para salir de la alberca. La prima que se fijaba en todo, al separar su cuerpo de mis brazos, me dijo: “pícaro”, con una sonrisa cómplice, resbalando su mirada sobre mi entrepierna.            Después de disfrutar el pan y la sal que se sirvió a la orilla de la alberca bajo la generosa sombra  de un guayacán, regresamos al agua sólo mis primas y yo, ya que las personas mayores se dispusieron disfrutar de la siesta acostumbrada. De nuevo volví a sentir sobre la piel de mis brazos la piel de la cintura y muslos de la prima que con  discretos grititos gozaba de los movimientos y giros que le imponía su “maestro” en los variados desplazamientos sobre la superficie del agua.

La prima había recogido con una malla, su rubia, larga y abundante cabellera, que he dicho le llegaba más abajo de la cintura, para protegerlo del agua clorada de la alberca; recuerdo que en un momento dado, repentinamente dando un giro hacia mi, con gesto de coquetería, desató el nudo soltando su cabellera que me cubrió completamente el rostro para acercar su cuerpo que buscó fuertemente el mío, en una fracción de segundos.

Ella, manifiestamente disfrutaba de mi turbación, que era mayor por considerar inconcebible que me provocara abiertamente casi frente a su madre, quien seguramente advertida de lo que acontecía, se acercó diciéndome: -primo como yo tampoco se nadar quiero que me ayudes-, colocándose a continuación delante de mí, después de separar a la hija, que no pudo ocultar un gesto de desagrado ante la decisión de su progenitora. La hija hecha una furia, abandonó la alberca, recogiendo su cabellera que en un momento mágico, reflejó la luz dorada del sol que anunciaba ya el ocaso.

Ocurrió que a los pocos días de este disfrute “albercaniano”, me hablaron de  Mazatlán,  para decirme que me habían otorgado una beca para continuar  mis estudios, por lo que a más tardar en una semana, debía de inscribirme en la preparatoria central del puerto, por lo tanto debía preparar mi viaje. Considero que la proximidad de mi partida precipitó “aquello” que sucedió y que jamás  olvidaré.

Una noche, a punto de conciliar el sueño, en el cuartucho en el que dormía, ubicado en el extremo del patio, sentí una presencia femenina que sorpresivamente, aproximándose a mi “catre de jarcia”, dejaba “caer” sobre mi cuerpo una larga y perfumada mata de pelo, mientras me abría delicadamente,  de par en par, las puertas del cielo que me llevó a otro ciclo de mi adolescencia con la pérdida de mi inocencia… aquella noche, “arropado  por  su  cabellera”.

*Notario público y autor

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