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Los Últimos Días De Luis Pérez Meza

Por domingo 14 de abril de 2013 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

Luis-Perez-MezaYa he contado sobre las últimas grabaciones del conocido en el mundo artístico como El Trovador del Campo, Luis Pérez Meza, quien fue oriundo del mineral de El Tambor, en el municipio de Cosalá. De 10 canciones mías que le presenté dos años antes de intentar su grabación fonomecánica en febrero de 1981, en los Estudios ELA, de Culiacán, solamente se lograron 6, con muchísimas dificultades, por su avanzada enfermedad que, a los 65 años reconocidos por él, le minó sus facultades físicas. Dos, él solo: “El San ignacense”, son, y “El Cosalteco”, mazurca. Y cuatro a obligado dueto conmigo: “San José de Gracia”, vals, “También las lluvias se van”, mazurca, “Qué caso tiene”, ranchera, y “Corrido a Badiraguatro”.

Al leer en el número 150 de La Voz del Norte, la estupenda crónica “El mineral de San José de Gracia”, de Juan Manuel Vélis Fonseca, profesor de la UAS en Sinaloa de Leyva, recordé los azarosos últimos días del barítono cosalteco.

Por las razones de salud expuestas, suspendimos la grabación, dando tiempo para que se repusiera el cantante, preparando, con la misma Banda Tierra Blanca y los arreglos de Jesús Rivera, las pistas de los temas, teniendo como ingeniero de grabación a Ernesto Ayala. Sin fijar fecha, se acordó que Pérez Meza se reportaría una vez que se sintiera bien. A finales de mes, se celebró el carnaval 1981, en Mazatlán, participando en el desfile, como todos sus últimos años, el Trovador del Campo, cantando en vivo en un carro alegórico, acompañado por la Tambora, transmitiéndose el evento por televisión nacional. Sinceramente, me sorprendió muy positivamente escucharlo totalmente recuperado de la voz, en menos de 20 días.

Una quincena después del carnaval, en plena cuaresma, escuché anunciarse en la radio, que Luis Pérez Meza se presentaría en la inauguración de un local cervecero, en San Blas, Nayarit. Entusiasmado, me hice acompañar de un viejo amigo ex compañero de trabajo y enfilamos al puerto nayarita, con la esperanza de que el Trovador nos diera fecha para terminar la grabación inconclusa.

Llegamos al declinar el sol, pero luego dimos con el lugar del evento, mismo que, por un problema eléctrico en el pueblo, se encontraba a oscuras, situación que se consideraba transitoria y que no afectaba el ánimo de los clientes que, aguardando el sonido, abarrotaban el enorme expendio de cerveza. En el fondo, se encontraban, esperando que se repusiera la luz, Luis Pérez Meza, acompañado de su inseparable esposa, doña Tomasa Bórquez y un pequeño nietecito, todavía de brazos, colocado en una suerte de canasto para bebés. Saludamos y nos sumamos a todos a hacer tiempo.

En medio de un ensordecedor barullo, por separado inicié plática con doña Tomasa, diciéndole que me había dado mucho gusto la reciente actuación de don Luis en el carnaval. Pero, con voz mortificada, la señora Bórquez me aclaró que no había sido así; que su esposo estaba más mal; que, de hecho, por la brisa o por lo que fuera, ya no había podido cantar en el desfile y que Raúl Velasco, director del programa, para ayudarlo y salvar la situación, había ordenado a los técnicos que superpusieran la parte del video del carnaval del año anterior, sin que los televidentes se dieran cuenta.

Aturdido por la revelación que me hizo la señora de Pérez Meza, le dije que por favor viera que se atendiera de la salud; que lo detuviera de sus giras hasta suicidas por las condiciones en que se encontraba; que lo hospitalizara. Respondiéndome, totalmente afligida, que ya había hablado con él, pero que, tercamente, le había contestado que así lo dejaran, que él se iba a morir pero arriba del escenario. Que incluso, desobedeciendo al doctor, se negaba a ponerse las medias elásticas que le ayudaban con las piernas hinchadas por la diabetes.

Fue en ese momento que, en medio de la penumbra, percibí la tenue tos del niño. Y, como si lo escuchado en la plática no fuera suficientemente triste, doña Tomasa me comentó que no habían encontrado en el pueblo leche para bebé y le estaban dando refresco en biberón.

Dieron las 8 de la noche sin que se resolviera el problema eléctrico y se decidió suspender la presentación de Pérez Meza. Nos acomedimos a ayudar hasta su hotel al par de ancianos con el niño y un gran cartón, pesadísimo, con discos de los llamados long play, de las inolvidables grabaciones del Trovador del Campo, que vendía por su cuenta para completar el infame pago de hambre que se le hacía. Nos despedimos deseándoles buen retorno a la ciudad de México, con la promesa de que nos avisarían cuándo podría estar Ignacio Pérez Meza, que era su verdadero nombre, de nuevo, en el estudio de grabación en Culiacán.

Contrario a la esperanza con la que nos habíamos dirigido a San Blas, yo regresaba apesadumbrado, con la insoportable convicción de que ya nunca regresaría al estudio de grabación quien inmortalizó con su extraordinaria voz “El carro del sol”, que trajo de España. Tres meses después, presentándose en la Feria de Guasave, un infarto acabó con su vida.

A la bella crónica de Juan Manuel Vélis Fonseca, solamente falta agregarle que doña Tomasa Bórquez, viuda de Pérez Meza, era oriunda de San José de Gracia. Cuando la volví a ver en México, me confió que por ello le había pedido a don Luis que se la dejara grabada a dueto conmigo, su autor.

*Economista y compositor.

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