Nacional

Joaquin Pardavé gracia y talento

Por domingo 13 de mayo de 2012 Un comentario

Por Juan Cervera Sanchís*

A Joaquín Pardavé Arce, nacido en Pénjamo, Gto., en 1900, y muerto en la ciudad de México en 1955, todo el mundo lo conoce como el singular e inigualable actor cómico que fue. Sus películas, que seguimos disfrutando hoy en la pequeña pantalla, le siguen dando una presencia y permanencia envidiables entre las nuevas generaciones. Al tiempo que vemos aparecer y desaparecer sin pena ni gloria a algunos actores y comediantes contemporáneos, por Pardavé no parece pasar el tiempo y continúa gustando a a chicos y a grandes. Quien ve una película de Pardavé ya no lo olvida y retorna a verlo con sumo gusto disfrutándolo en grande.

Don Susanito Peñafiel y Somellera, el personaje creado e interpretado por él, ya que Pardavé no solamente interpreta a sus personajes, los crea con esmero y les da un genuino soplo de vida real, no cesa de divertirnos cada vez que lo vemos y lo disfrutamos en “México de mis recuerdos”, una cinta en verdad inefable y con una atmósfera prodigiosa.

Pardavé será, mientras México exista, uno de sus cómicos más queridos y entrañables.

Antes de ser actor trabajó como telegrafista en los Ferrocarriles Nacionales. Durante esa etapa de su vida empezó a escribir canciones. Pardavé, alma sensible, en realidad era un poeta y músico estupendo. En su tiempo, sin embargo, no era nada fácil ganarse la vida componiendo canciones.

En 1917, siendo un muchacho, se inicia en el teatro con la compañía de Carlos Pardavé en la obra “La banda de las trompetas” y debuta en el cine en 1919 en la película muda “Viaje redondo”. Su última película fue “El casto Susano”, filmada tres años antes de que falleciera. Filmó cerca de sesenta películas. Escribió algunos de los guiones de las mismas que también dirigió.

Don Joaquín Pardavé, poseedor de no pocos dones, entre ellos el del talento y la gracia, compuso música para revistas y escribió a su vez numerosos libretos.

A través de sus canciones, junto con la excelencia del compositor, en cada una de sus letras, nos encontramos con un exquisito y profundo poeta. Entrar en el hálito poético de sus creaciones es toda una delicia. En las canciones de Pardavé sentimos que el pueblo puede mirarse, como ante un espejo, y verse reflejado sentimentalmente. Ello nos testimonia que en el alma del comediante había, por sobre todo, un hondo humanista. La humanidad de Pardavé, tan dada al desenfado y la risa, al juguetón cascabeleo del disparate y el contraste, encerraba en sí toda una filosofía muy seria de la vida.

Es por ello que Pardavé nos hace cantar así:

“Aburrido me voy,/ me voy lejos de aquí,/ donde nadie pregunte/ lo que perdí.”

Como se advierte en este arranque de canción, Pardavé retrata impulsos del ser que todos somos. ¿Quién, alguna vez en su vida, no ha deseado romper con todo lo establecido que lo circunda y perderse entre gente que no sabe nada de su pasado?

Todos hemos deseado, en ciertos momentos, romper con nuestro ayer y nuestro hoy y estrenar, sin el peso de la memoria, un hoy novísimo.

Los caminos están presentes en las canciones de Pardavé. Al fin que él fue, como toda criatura farandulera, alma y carne vagabunda, por lo que vagó y vagó de escenario en escenario y de película en película. Su vagancia fue un muy duro laborar. Caminar es una manera de trabajar sin descanso, por lo que Pardavé canta:

“Caminito de la sierra/ voy buscando al criminal,/ que mató mis ilusiones/ con su modo de mirar.”

Caminos que también son ríos con instantes y orillas. Pardavé nos hace cantar:

“A la orilla del río,/ a la sombra del pirul,/ su querer fue todo mío.”

Lirismo esencial. Sombras e instantes de felicidad. Y a seguir caminando, como la Panchita:

“Aquella que va río abajo/ se llama Panchita/ y tiene los ojos grandes y la boca chiquita.”

¡Cuánta ternura escondía Pardavé tras su apariencia risueña y desenfadada! Era el poeta transustanciado y hecho verso y canción:

“¡Ay, ventanita morada/ cubierta de enredadera/ quien escalarte pudiera/ para ver a mi adorada!”

Musicales consonancias que dan frescura a su palabra entre fantasías, o mejor dicho, realidades de amor. El arte del poeta nos lo testifica así:

“Varita de nardo, varita de nardo/ cortada al amanecer/ quisiera tus hojas,/ tu suave perfume/ p´a perfumar mi querer.”

Varita cortada. Varita en agonía. Muerta casi. Viva en sus hojas temblantes aún de vida y en su aroma mágico, que es lo que quiere el amante para solazarse y olvidar su propia e inevitable muerte de rama, igualmente cortada, desde su nacimiento, del trágico árbol de la vida.

En el fondo de la canción de Pardavé se estremece la dolorosa sabiduría del Universo:

“Yo te voy, te voy a cortar,/ aunque sufra un cruel dolor./pues sólo te quiero,/ varita de nardo,/ para perfumar mi amor.”

La cruel realidad del amor consumado y el inevitable fin de todas las cosas, que es a su vez un continuo renacimiento, se hace presente en las canciones de Pardavé, estremeciéndonos en extremo y confirmándonos que tras su aparente comicidad había otro hombre, el hombre que captaba a través de la palabra poética y la música, el innegable drama de la Creación hecha sentimiento.

*Poeta y periodista andaluz.

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Un Comentario

  • Alfonso Inzunza Montoya dice:

    Juan Cervera Sanchís: Efectivamente, el que ve una pelicula de Pardave se hace fanático de ellas, buen articulo y gracias por recordarnos a éstos muy buenos actores, poetas y tan talentosos mexicanos. Felicidades

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