Nacional

El adiós a la fiesta brava

Por domingo 16 de octubre de 2011 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

Noticia: que en España se prohíban las corridas de toros. Y se prohibieron. El anuncio cayó como una bomba de terroristas, esparciéndose instantáneamente por el planeta a través de la televisión. Aunque la suspensión definitiva entrará en vigor a partir del próximo 2012, el Ayuntamiento de Barcelona, desde el último fin de semana en que cerró la temporada, le dijo adiós a una tradición que en la península ibérica se había impuesto desde 1650, faltando tres años para que cumpliera el siglo la monumental plaza de toros de la capital de Cataluña, inaugurada en 1914, donde se celebró la última corrida.

Independientemente a la afición por el espectáculo con el que se llegó a identificar a toda España, la medida, histórica, es la culminación de un cierto descontento contra el mismo, dentro y fuera del país de países que es el suelo español, por considerarlo no solamente salvaje, sino un evento poco edificante por estar basado en la tortura y muerte de un animal que no tiene más culpa que su hermosa estampa y su natural bravura. La flemática Inglaterra, que siempre lo repudió y prohibió, ha de estar de plácemes. Francia, limítrofe al norte con el Cantábrico y los Pirineos, no tanto, pues con sus dosis de transculturación, a través del compositor Georges Bizet (1838-1875) había contribuido a la universalización de la también llamada “fiesta brava”, con su inmortal ópera Carmen, llena de vida y luminosidad.

Arte, deporte o espectáculo, los toros terminaron siendo foco de atracción turística en tierras castellanas. Guardando las distancias y las diferencias, ir a Madrid y no estar en una corrida de toros, era lo mismo que ir a Atenas y no visitar el Partenón. Que si Hemingway (1899-1961) era aficionado de hueso colorado a los ruedos, bien para el Nobel, Life y Hollywood. Que si Picasso (1881-1973) utilizó al astado en su pintura monumental, bien por su Guernica. Que si el también compositor francés Massenet (1842-1912) escribió El Cid con bellísimas danzas evocando las distintas regiones ibéricas y el vigor deslumbrante, en algunas, de una inmortal faena taurina, bien por las salas de concierto. Hasta Tchaikovski (1840-1893) compuso una amazurcada suite española, con castañuelas y todo, evocando, desde su romanticismo ruso, el taurus latino.

Breves reflexiones sobre el toreo, nos llevan a cuestionar la crueldad, ya no de darle muerte el torero al toro, sino lo que, previamente a soltarlo en la plaza, le hacen al animal, para “asentárselo” al novillero y ponerlo en absoluta desventaja para su muerte. Aunque esté prohibido en los reglamentos, las más de las veces lo “afeitan”. Taurum, dice el diccionario: cortar las puntas de los cuernos al toro. Entre el toril (encierro para los toros de lidia) y el ruedo, sobre todo en el último trayecto del recorrido del toro, se lo aporrea golpeándolo con costales de arena, independientemente del castigo de los lanceros o vulgares picadores a lo que queda del infeliz animal, antes de iniciar la faena. Si esto no es una infamia (en español: vergüenza pública, envilecedor, indecente, inmundo), es cualquier cosa menos deporte y mucho menos arte.

Claro que los negocios que lucran hasta con el dolor humano y que se han montado en torno a la tradición torera, resentirán pérdidas por lo que ha ocurrido en Barcelona: cancelaciones de tours tradicionales, desplome de la producción en serie de acuarelas y litografías con motivos taurinos, y un largo etcétera. Algo tendrá que agregar el mismo diccionario Larousse, en la mención que hace, ilustrada con fotografía, de toreros españoles universalizados en sus páginas, como Belmonte (n. en Sevilla: 1892-1962, “creador de una nueva forma de toreo”), y Manolete (matador de toros, n. en Córdoba: 1917-1947, “creador de un toreo serio, sobrio y lleno de hondura. Murió de una cornada en Linares”).

Signo de los tiempos. Sin exagerar, el inicio de la reivindicación, aunque sea tardía, de los toros, obliga a recordar el espantoso circo romano de la decadente Roma, cuyo vicio torturó nada menos que al propio San Agustín, sólo equiparable, para vergüenza eterna de la humanidad, a los desquiciados campos de exterminio del Holocausto. El adiós a los toros, en pro de la ecología universal, nos hace evocar con nostalgia las hermosas notas de los bellísimos pasodobles, como Silverio, del que fue considerado el mejor músico poeta de los compositores mexicanos, Agustín Lara.

*Economista y compositor

Artículos relacionados

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Ladies y sopor
Siguiente entrada