Estatal

Casita de mi luz

Por domingo 16 de octubre de 2011 Sin Comentarios

Por Alfonso Inzunza Montoya*

Estando en quinto año o sexto, no me acuerdo muy bien, me amaneció una bicicleta rodado 22, las normales eran 28, con diablos en el eje trasero.

Todos los días en la tarde, después de cenar, para los que no les tocó esto se hacía con sol todavía porque no había energía eléctrica me paseaba en mi tremenda “bayca” y mi camino era para con mi nana.

Con ella trabajaba una muchacha, que omito su nombre por razones obvias, era, me acuerdo muy bien, una muchacha muy bien dotada pectoralmente y que tenia mucho interés en aprender a manejar una bicicleta; no alcanzo a entender hasta la fecha si pensaba comprar una o qué.

El caso es que yo, religiosamente, todas las tardes, fungía como maestro y era por mística pues no le cobraba.

Salía del trabajo y le ayudaba a subirse, nos encaminábamos hacia un barrio de Rosamorada y lógicamente que yo no me iba a pie, pues estaba lejos, me subía en los diablos (para que fueran tres, como dijo mi madre) y siempre me dio mucho miedo caerme, ya había tenido una accidente donde me había quebrado un brazo, y al acordarme, me agarraba de donde podía y eso era la parte más bonita, no tenía aristas, no cortaba, no raspaba, lo único era que los cachetes se me ponían colorados.

También, en el bailoteo del camino, que estaba en malas condiciones, era una de ir chocando los cuerpos, unas cosas redondeadas, que en ese momento se resaltaban hacia atrás, y, en el miedo que yo llevaba, por la posibilidad de caerme, pues más duro me agarraba, a mi único sostén.

Pero sucedió que un buen día, unas primas me acusaron en la casa lo que andaba haciendo, y, cuando llegue a casa de mi loable labor de maestro, me ordenan ¡ORDINARIO INDINO, TRAE LA BICICLETA¡ yo muy obediente me fui por ella, aunque algo me imaginé, sobre todo por el tono.

La traje y van sacando alcohol, se pusieron a limpiar el asiento, (que por cierto lo mancharon), los manubrios, la barra y todo lo que ella, hubiera tocado.

Después de la limpieza, viene el agua bendita, para que el diablo, se saliera de ella y lógicamente que a mí casi me bañaron. Yo pensaba, que gachas las plebes, porque luego luego, localicé la fuente, me las van a pagar, cuando se pongan de novias, las voy a espiar y lo que hagan las voy a acusar con mi tío y así rumiando mi venganza y además buscando que no se me notara mucho la cara colorada, me jalan la oreja, para que ponga atención y termine el regaño. Por supuesto que me prohibieron que siguiera de “máistro”, como me dijo mi queridísima madre y yo, si señora, no señora, si señora, si rezo, si señora, como no, si señora, no señora, ya no voy, y, por dentro pensando, ¿como le hago?, ¿Qué voy a hacer?, y, un gustito, recorriéndome desde arriba hasta abajo, piense y piense, me acosté.

Al día siguiente, sin bicicleta, y, por la parte de atrás de la casa, a caerle a mi alumna. Bendita cocina, que bien hecha estaba, muy bien escondida y nosotros también.

*Constructor.

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