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The Casino party forever… La fiesta debe continuar

Por domingo 13 de marzo de 2011 Sin Comentarios

Por Nicolás Avilés González*

El Casino Culiacán es una construcción sólida que se eri­gió a las márgenes del río Tamazula que cruza nuestra ciudad hace al menos ocho décadas, se hizo allí porque querían que los sonidos nunca cesaran, que la musicalidad del río estuviera constante en sus grandes salones, ya que desde el inicio fue diseñado con el objetivo de realizar eventos que permitirían el convivio de la sociedad culiacanense de aque­llos entonces, se trataba de lograr el encuentro de vecinos de la ciudad, de festejar los resultados de las cosechas producto de su trabajo arduo en el campo. En Culiacán, como en todo el estado de Sinaloa la actividad que prevalece es la agricul­tura y este un motivo fundamental en el nacimiento de dicho edificio; de hecho una fiesta a la legumbre. Ahora muchas temporadas después nos encontrábamos disfrutando de un homenaje a la música metálica, hoy sonaba atrevida y gra­tamente evocadora, lo hacía en compañía de mi esposa y de otras cuatro parejas que compartíamos el pan y la sal, el moti­vo un homenaje en honor a un grupo que se formó en los años sesentas, estábamos en el 5° festival de Rock de Culiacán; re­cordábamos la época en que rifaba la vaselina en el pelo, los copetes abultados, la ropa ceñida, pantalón acampanado y la minifalda. En esta edificación mítica hoy estaba inundado con sonidos estridentes, chirriantes. La misma que en otros momentos celebró a ritmo de vals, bolero, danzón.


En este clásico de la ciudad en otros momentos se dio cita la alta alcurnia para celebrar fiestas de fin de año, bailes de blanco y negro, bailes al revés, coronaciones de reinas, car­navales, para luego dar paso a presentaciones de obras de arte, de conferencias magistrales y asiento de temas diversos y desde que fue erigido se convirtió en un centro de reunión por excelencia. Con el crecimiento de la ciudad éste perdió la exclusividad, ya que se construyeron otros lugares de reunión tales como el Country Club, el casino de los leones y múltiples centros especializados para bailes: la Fuente, la Mutualista, la Fogata y otros. En estos se celebraron las tardeadas que tanto gustaron a la juventud culiacanense.

Ante tal oferta el Casino Culiacán cayó en el olvido, quizá sus socios fundadores se cansaron de su manutención o los rockeros querían algo más fresco y por eso entró en un pe­riodo de decadencia para que finalmente fuera abandonado a su suerte y desde luego que fue nido de vagabundos y ba­surero clandestino. Las reminiscencias de su importancia en el Culiacán de los cuarentas a los sesentas fue quizá lo que impulsó a su rescate, en el periodo del ingeniero Renato Vega Alvarado, que con el impulso de su gobierno le inyectó una transfusión y ahora luce espectacular a pesar de lo sobrio de su construcción, regresó a lo que siempre ha sido es un centro importante en la vida social de esta ciudad.

Hoy no podía ser la excepción, la fiesta continuaba, las familias rocanroleras se encontraban disfrutando de diver­sas bebidas extraídas de múltiples hieleras dispuestas al lado de las sillas, botanas sobre las mesas, todo al gusto, traído desde casa y preparado por los propios asistentes, ahí no se conseguía nada, no meseros, no servicio, una especie de picknic en el pavimento, excursión que nos amenizaban los músicos con los sonidos de siempre, mismos que en su tiem­po nos llegaron allende del Bravo como la música de Grand Funk, Creedence Clearwater revival, Eagles entre otros.

Desde luego que la música de los sesentas hasta los ochentas fue la mejor, claro para los que la vivimos, para los que la sentimos, para los que vibramos, para los que nos enamoramos, los que sufrimos de los no, de la mujer de aquellos sueños, la felicidad de los que lograron el sí, de la que luego fue la compañera de su vida. En esa noche estába­mos los que influidos por aquéllas modas vestimos pantalo­nes acampanados, usábamos patilla, bigote y pelo a la Len­non, a la hippie, fuimos los que bailamos con los Creedence, Beatles, Grand Funk, Eagles, Apson, Locos del Ritmo, Her­manos Carreón, Enrique Guzmán, Cesar Costa, Roberto Jor­dán y muchos que nos acompañaron en la adolescencia, en la juventud, en la edad adulto joven, sonidos que se nos ins­cribieron para siempre en nuestra alma y hoy cuando los escuchamos de nuevo, nues­tros cuerpos que son un remedo de aquellos que lucíamos antes, tiempo en que el pelo a muchos de nosotros nos cu­bría el cráneo. Hoy al escuchar las guitarras eléctricas ejecu­tadas magistralmente por las agrupaciones invitadas, se nos estremecía todo lo que nos quedaba, incluyendo nuestros recuerdos. Ahora mirabas cuerpos obesos, algunos con difi­cultades para la marcha, cabelleras color nieve, ninguna de esas cosas eran impedimentos para que al escuchar los me­tales de “Los Monstruos” moviéramos nuestras anatomías en el piso de mármol de tan memorial recinto.

El casino lucía espectacular, desfilaban uno a uno los conjuntos que se dieron cita a acompañar con sus actua­ciones a una de las primeras agrupaciones de Culiacán, pri­mero Conexión, luego Almendra’s, Rock Band, ADN, Ro­canrola, nos emocionaron con sus sonidos internacionales terminaron su participación y vinieron los homenajeados “Los Picapiedra” con su rock nacional. El recinto desde don­de amenizaban estaba adornado al fondo con una pintura monumental realizada por Luis González, los motivos eran guitarras eléctricas de diversos colores que entonaban con la festividad y sobre la cabeza de los músicos se podía apre­ciar un hermoso vitral multicolor de forma circular, que dado lo realzado del resto del techo daba una sensación especial.

A ambos lados del recinto se disponían mesas repletas de comensales ataviados con ropaje casual, como se usaban en aquellas tardeadas donde más de alguna vez nos dimos cita para bailar, para disfrutar de la psicodelia de aquellos instantes, hoy estábamos allí, unos cenaban, otros escu­chaban la música y otros se sacudían sus cadera a ritmo de twist, rock que no cesaba de tocar. Aquello sonaba y olía a los sesentas.

Mientras esto sucedía, se despierta la mística que carac­terizó e inmortalizó a aquella generación; la rebeldía, el es­tar en contra del status, el quererla cambiar a ultranza, tan­to que se llegó al sacrificio, sí esta generación fue parteagua en el cambio de aquel país sometido, para llegar a un México mejor, fue la que puso la palabra “Democracia” en el lenguaje de las élites políticas que gobernaban con la bota por delante al pueblo mexicano. Para cambiar lo anquilosado, se dieron luchas fratricidas como las del 2 de octu­bre del año 68 en Tla­tel o l c o y la del 10 de ju­nio del 1971 en el Casco de San­to Tomás en la gran ciudad y desde lue­go que en el resto de los estados.

Esa fuer­za fue la que se expresó, esa energía vital que ca­racterizó a esa época, sólo que hoy lo hizo de ma­nera distinta, con los instrumentos de la razón, mientras bailábamos, cantábamos, comíamos, bebíamos, algunos ro­canroleros nos invitaban a firmar por el reverso los posters donde se anunciaba el 5° Festival de Rock, se hacía sobre es­tos ya que no había la posibilidad de hacerlo en hojas forma­les. Era un manifiesto de inconformidad ante la posibilidad de que las autoridades den un giro distinto al que ha tenido esta edificación durante tantas décadas: ser anfitrión de las diver­sas expresiones culturales. Y digo cultura porque actividades tales como el canto, el baile, la poesía, la música lo son, ya que son efluvios espontáneos del individuo que bien vale to­marlas en cuenta.

El motivo era enterar a las autoridades de nuestro recha­zo, de un no rotundo a la tendencia a desaparecerlo como re­cinto de esos sentimientos de alegría y esparcimiento. Todo en aras de otras, realizar allí actividades diferentes a las que ha cobijado desde su nacimiento. No queremos que se cam­bie por otras manifestaciones que bien se podrían realizar en otros sitios, la tradición es la tradición, la esencia es la esen­cia. ¡Desde hoy les decimos a las autoridades The casino party forever, la fiesta debe continuar!

*Docente Facultad de Medicina/UAS.

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