Estatal

Los enamorados de la calle Mollinedo

Por domingo 13 de febrero de 2011 Sin Comentarios

Por Juan Manuel Véliz Fonseca*

La actual calle “Independencia”, de la villa de Sinaloa por mucho tiem­po fue llamada por sus morado­res, como la calle “Mollinedo”, en honor a don Carlos Mollinedo, rico comerciante, agricultor y ganadero, dueño de una bue­na parte de la ribera del rio “Petatlán”, de origen español, que financió aquella “Gran Expedición a California”. Que vis­lumbrados por esas tierras, ricas en oro, ocasionó que numerosas familias de la villa de Sinaloa emigraran y fundaran lo que hoy es California. La villa de Sinaloa quedó desolada, aunque no dejaba de lucir sus grandes casas de estilo colonial, construidas en el siglo XVII, resaltaba la tranquilidad en dicha calle. Sin saber qué esconden en sus muros de cantera y grue­sas paredes de adobe muchos misterios e historias de amor, odio, rencor y avaricia. Hoy, en particular, les narraré una leyen­da porque tiene hechos ciertos que se pueden comprobar y que aún no mueren, se reviven cada noche en las casas de las familias Beltrán Montenegro y Beltrán Castro.

Estas familias cuentan que en su casa cada noche, a las puras 12:00, se escu­chan ruidos, sonidos de música, pláticas y lamentos. Pero lo más sorprendente es que ven dos siluetas de una mujer y un hombre bailando un hermoso vals. Cuan­do ellos empezaron a habitar estas casas jamás se imaginaron lo que había ocurri­do en tiempos pasados.

Se supo que en la época colonial, cuando Sinaloa de Leyva era la majestuo­sa y hermosa villa de San Felipe y Santiago llegaron a la conquista de nuevas tierras dos familias, los Montenegro, de Vizcaya, raza pura y dueña de grandes propiedades en España, y los Beltrán, de Galicia, era raza mestiza y sin grandes propiedades. La familia Montenegro era reconocida en la sociedad tanto de España como de la Nueva España. Mientras que los Beltrán eran pobres pero trabajadores, ya que al llegar a esta villa instalaron un molino de nixtamal y el negocio prosperaba. Ambas familias tuvieron un hijo cada una, pero por cuestión del destino les tenía prepa­rada a cada quien una historia, ya que se dió el caso siguiente: ambos nacieron el mismo día y el mismo año, se desarrolla­ron, pero separados por ser de distinta clase social. El de los Beltrán fue niño y le pusieron el nombre de Joaquín; por par­te de los Montenegro fue niña y le pusieron por nombre Ana. Cuando estos jóvenes crecieron y cumplieron 12 años, los dos fueron enviados a estudiar, Joaquín a la ciudad de México al colegio de San Ildefonso y Ana a la madre patria, a Espa­ña, al colegio de Castilla. Al cum­plir 22 años los dos jóvenes re­gresaron a la villa de Sinaloa. A la semana del regreso orga­nizaron una fiesta de disfraces en honor de Ana. Como la familia Beltrán estaba muy contenta por el regreso de Joaquín, no le afectó que los Montenegro no lo hubieran invitado. Joaquín, un joven muy atrevido y soñador, aceptó el reto pensó un momento y se decidió a asistir por cu­riosidad y dijo: “al cabo es de disfraces”. Entonces le pidió a su nana que le hiciera un bonito disfraz.

Llegó el día esperado, la casa de los Montenegro estaba llena de invitados, cuando llegó un joven delgado, de buena estatura, vestido con una capa de color negro y un traje del color de la capa combinado con listas de color dorado, un pañuelo que le cubría la cabeza y un antifaz en los ojos. Los jóve­nes, principalmente las muchachas, se hacían la siguiente interrogante: ¿Quién es ese caballero tan apuesto? Los Montenegro, con­fusos, no sabían quién era, pensa ban y se contestaban mutuamente ¿Será de la familia recién llegada de España, los Casas de Vivanco? Llegó la hora del brin­dis en honor de Ana, bajó las escaleras con un hermoso vestido y en ese momento las miradas de Joaquín y de ella se cruzaron y precisamente allí actuó cupido o el destino, no sabemos qué, pero esa fiesta quedaron enamorados. Ana y Joaquín bailaron toda la noche, platicaron de sus viajes y de sus diferencias de clase entre sus familias, también pensaron que una amistad o un noviazgo entre ellos jamás lo aceptarían. Pero aquella noche de octubre la luna es­taba en su esplendor y frente al rio Petat­lán nació aquel pacto de amor entre estos dos jóvenes. A partir de esa encuentro, los siguientes días y meses, se entregaron al amor y la pasión. Cuando sus padres des­cubrieron que Ana y Joaquín se miraban a escondidas decidieron romper este no­viazgo. Ana fue encerrada en su cuarto bajo llave; sin embargo, su nana Carmen le ayudaba para que se viera con Joaquín. Una noche se presentaron frente al padre jesuita Francisco de Castro, padrino de Joaquín, en el colegio de San Felipe y San­tiago, y se casaron sin el consentimiento y sin la presencia de sus padres, pero eso si, frente a Dios Padre. Luego planearon que saldrían de la villa de Sinaloa, otro día por la noche rumbo a las californias. La familia Montenegro se enteró del problema, pre­sionó a la nana Carmen hasta con amena­zas de muerte para que les dijera la verdad y les contara lo sucedido, que no le harían daño y accedió. Incluso les contó que esa noche Ana se iría con Joaquín muy lejos. Los Montenegro idearon la forma para se­pararlos, primero fingieron que descono­cían hasta donde había llegado su hija.

Esta piedra grabada con el nombre de Joaquín y Ana se encuentra en la casa de doña María Castro Navarro, viuda de José Antonio “Titolo” Beltrán Mon¬tenegro, por la calle Independencia núm. 39.

Joaquín salió esa noche de casa mon­tado a caballo, sin saber que su plan ha­bía sido descubierto, Ana salió al balcón de donde iba saltar para huir con su ama­do. Los Montenegro eran gente que no se quedarían con esa afrenta y contrataron a tres personas desalmadas, que escondi­dos en la oscuridad de aquella noche por la calle Mollinedo, esperaron pacientemen­te a Joaquín. Cuando llega el joven ena­morado al balcón, frente a su enamorada es herido de muerte por aquellos tres ru­fianes, y cae, mientras que Ana, llorando, le pide que no muera. Las últimas pala­bras de aliento de Joaquín fue prometerle “su amor eterno a Ana”. Aquel día, 14 de febrero, Joaquín muere en los brazos de Ana y ella promete vengarse.

Fue un suceso muy comentado por lo habitantes de la villa de Sinaloa la muerte de Joaquín, ya que era un joven con mu­cho futuro y bien visto y sabían de la re­lación entre Ana y Joaquín. De su muerte se sospechó que habían sido los Monte­negro, incluso se murmuraba que Ana es­taba embarazada. En cuanto terminaron los novenarios de Joaquín, para amane­cer otro día, inexplicablemente los padres de Ana, la señora Anastasia de Vizcaya y don Felipe Montenegro, son encontrados muertos; lo mismo ocurre con los papás de Joaquín, la señora María Lourdes de Galicia y don Alejandro Beltrán. Nadie supo cómo sucedieron los hechos, si fue castigo de Dios o tuvo que ver Ana en su afán de venganza, porque esa noche desapareció del pueblo. De los padres de Joaquín primero se pensó, que habían in­gerido algún veneno o habían muerto de tristeza al perder su único hijo.

Desde aquella noche trágica, ruidos de un coche jalado por caballos, música, risas, una pareja bailando y los lamentos de la nana Carmen por lo golpes que reci­bió para que dijera la verdad, se escuchan en las casas de las familias Beltrán Castro y Beltrán Montenegro, por la calle Inde­pendencia.

*Profesor FCA-UAS, Sinaloa de Leyva

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