Nacional

Beber un buen café

Por domingo 28 de noviembre de 2010 Sin Comentarios

Por Mario Arturo Ramos*

Tengo un amigo “culichi” que vive en Puerto Peñasco, Sonora, se llama Gastón Rochín, como prueba de su amistad soporta la broma que le hago, de que si hubiera nacido en Francia se lla­maría Gastón Rochan. Cuando lo visito, nuestra charla casi siempre tiene acentos nostálgicos por aquel día de 1971, que nos encontramos cerca de la catedral de la ciudad que ama; él, vendiendo boletos para ganar fortuna, yo, cargando y le­yendo versos. Platicamos entre el aroma del café, hablamos de poemas, crónicas, autores, colores del atardecer, guisos de mar, amigos, sueños que se quedaron por hacer; desde luego, siempre pole­mizamos con el afecto que sobrevive a desacuerdos y coincidencias, al final de los diálogos, por costumbre escucha­mos canciones o leemos versos.

Rochín cuenta, que en el largo camino rastreo a las cafeterías como persigo a la poesía, debe ser cierto, el café se encuentra conmigo desde mis primeros años, habitando en la casa de mi madre donde se hervía con ver­dadero cuidado, para que quedara sabroso y fuerte, o en la casa de la abuela, lugar donde se celebraba el rito de sacar con la paciencia que se heredó de Penélope, el extracto de los granos que llegaban de Veracruz/ Oaxaca/ Chiapas, religiosa­mente, cada mes que era el lapso para que se apareciera por el viejo barrio queretano luciendo su tostado a punto. Por eso siempre se encuentra en lo que escribo y vivo.

La aromática historia de la bebida en México, arrancó se­gún los estudiosos, en el siglo XVIII, mientras transcurría el periodo del gobierno de la Nueva España, encabezado por el virrey Bernardo de Gálvez. Comentan que los primeros expendios o cafeterías públicas se instalaron en la capital de virreinato y que fue en las haciendas de Nuestra Señora del Rosario de Xuchimancas, y la de Diego Barreto, ubicadas en el territorio que hoy es el estado de Morelos; en Agualuco, Oaxa­ca o en Córdoba, Veracruz, donde se encuentran las primeras plantaciones mexicanas. Sus vuelos primerizos en las mesas mañaneras, fueron entre la condena que llegó a propagarse masivamente por ser una bebida demoniaca junto al deleite clandestino; en medio del aviso por el “daño” que producía a la salud y la seducción de su sabor; de la comunicación de sus virtudes que comenzaban con su siembra rural.

En el México independentista, hacia 1826, su popularidad se había difundido de tal manera que se consigna que en la región de Córdoba, Veracruz, existían más de medio millón de plantas sembradas, se reconoce a Antonio Gómez de Gue­vara como su principal impulsor. En los primeros 50 años del siglo XIX, otros estados se unieron a la siembra: Tabasco, Mi­choacán y Chiapas. En los actuales el cultivo nacional en su mayoría se hace de manera artesanal, la producción adquiere valor económico de acuerdo a los precios que se fijan en el mercado por los industrializadores internacionales, lo que no ha cambiado es que se disfruta y se necesita por todo el mun­do en todas las presentaciones y gustos; que puede ser uno de los productos vendibles de la comida rápida o continuar presente en las cocinas populares con su condición de indis­pensable. Por eso re­cuerdo un verso que recitábamos en la in­fancia: “Un café con leche y pan, la mañana va empezar/ voy de prisa a trabajar/ y me dan para seguir/ un café con leche y pan”.

Las características de la calidad de café de las especies ará­biga o robusta son otorgadas por la altura donde se desarrolla la planta, las condiciones climatológicas que acompañan su crecimiento y florecimiento, el conocimiento del sembrador, lo minucioso de su cosecha, lo acertado de su tostado e infu­sión; su capacidad para convocar a todos los temas y soleda­des. En su rutilante pasado es conocido que gran parte de las ideas de la Francia republicana se originaron en los lugares de Paris donde se podía degustar, sitios donde los pensadores y activistas se reunían para planear y discutir las acciones que terminarían con la monarquía. Estas reflexiones me daban vuelta en el cerebro mientras encaminaba mis pisadas rumbo a las instalaciones en Plaza Platinos en Guamúchil, Sinaloa, de la nueva cafetería, “Equus Black Coffe”. Es sabido que en torno a una taza del elixir se encuentran diferentes maneras de cultivar la amistad, de implementar o cerrar negocios, de leer un periódico o el libro esperado, de dialogar con el amor o desatar discusiones, de ver pasar peatones o contemplar la existencia, por eso siempre digo que en torno a un buen café se disfruta mejor la existencia, esas eran razones suficientes para acelerar el
paso.

Volviendo al tema de mi afición por la bebida, coincido con Gastón que excepto el soluble soy capaz de beberlo a to­das horas, bajo todos los climas y en cualquier lugar, que sin el como sin la poesía seria difícil caminar por el mundo y por la lectura; que es por ello que adonde llego busco dónde disfru­tarlo y que siempre recomiendo: “Beber un buen café, con un grupo de amigos o solitarios, y si es mexicano mejor”.

*Autor e investigador.

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