Nacional

Misterio y tabús en torno al erotismo y la sexualidad

Por domingo 8 de agosto de 2010 Sin Comentarios

Por Arturo García Hernández*

Hay un local en el mercado de artesanías de La Ciu­dadela (en la Ciudad de México), donde por años se han vendido figurillas de barro que representan a hombres y mujeres –presuntamente prehispánicos– desnu­dos y copulando en todas las posiciones posibles. Sus ros­tros irradian contagiosa alegría. Al pasar la gente los mira con sorpresa o curiosidad, con disimulo o complicidad. Frente a esas imágenes, es inevitable preguntarse: ¿Cómo fue en realidad la vida sexual cotidiana de los habitantes ori­ginarios de estas tierras? ¿Cómo concebían y expresaban su erotismo? ¿Cómo hacían el amor o, para decirlo sin rodeos, cómo cogían?

Esa especie de kamasutra de barro que se vende en La Ciudadela no tiene fundamento histórico o arqueológico. Es producto de la imaginación del artesano que lo creó (dice que inspirado en unas figurillas que vio alguna vez en el Mu­seo de Sitio de Tlatilco, Estado de México).

A diferencia de otros aspectos de las culturas preshispá­nicas de la región, la mayor parte de lo relacionado con ero­tismo y sexualidad permanece en una zona de penumbra, rodeada de misterio, entre el olvido y los tabús.

Mientras que los griegos, los romanos, los chinos, los nepalenses y los mochicas de Perú, entre otros pueblos antiguos, dejaron abundantes o explícitos testimonios de sus prácticas y creencias sexuales, sobre las de las culturas mesoamericanas se sabe poco.

Una de las principales razones que dan los especialis­tas es la escasez de fuentes de información: los españoles llevaron a cabo la conquista a sangre y fuego, y en nom­bre de “un solo Dios universal, Señor de todos” –palabras de Hernán Cortés– intentaron destruir todo vestigio de las civilizaciones originarias para instaurar la propia. Bajo el furor destructivo de los conquistadores pudieron perderse para siempre códices, esculturas, figurillas, templos, pintu­ras murales e infinidad de objetos que de un modo u otro hacían referencia directa o indirecta a cuestiones sexuales. Algunos estudiosos consideran que tal vez ni siquiera exis­tieron registros de este tipo.

La escasez de testimonios de primera mano, también contribuyó al vacío de información en la materia. No se conocen crónicas prehispánicas originales en las cuales do­cumentar este tema específico. Los textos que han llegado hasta nuestros días fueron tomados de relatos orales o de códices, recopilados, escritos y traducidos por frailes, solda­dos españoles y por indígenas evangelizados. Por lo tanto, se vieron sometidos a una valoración y censura basadas en los prejuicios y creencias de los conquistadores.

La revista Arqueología mexicana vuelve a hacer una contribución para llenar el vacío existente en la materia. En su número más reciente (104, correspondiente a julio-agosto) publica un compendio de estudios actualizados sobre aspectos varios del tema. El texto central, “La sexualidad en Mesoamérica”, es del historiador Alfredo López Austin, uno de los más reconocidos estudiosos del mundo prehispánico. También incluye los siguientes artículos: “La sexualidad entre los antiguos mayas”, “Acercamiento a la masturbación ritual en Mesoamérica”, “Mitología y simbolismo de la vagina dentada”, “Transgresiones sexuales en el México antiguo”; y recrea una de las pocas leyendas eróticas que se conocen de los pueblos mesoamericanos, la del Tohuenio, según la cual una princesa tolteca ve a un dios huasteco desnudo (encarnado en hombre) y enferma de ansia. Sólo se curará cuando tenga relaciones sexuales con el causante de su malestar.

No es la primera vez que Arqueología mexicana se aproxi­ma a la cuestión sexual entre los pueblo originarios. Ha abordado el tema de manera relativamente amplia en sus números 29 (enero-febrero 1998), 65 (enero-febrero 2004) y 86 (septiembre-octubre 2007). A su vez, la revista Artes de México públicó en 2004 un número monotemático (69) con el título general de “Elogio del cuerpo mesoamericano”, donde distintos autores aportan información y reflexiones sobre el asunto de la sexualidad en el mundo prehispánico. Y en la Revista de estudios de cultura náhuatl vol. 30 Domi­nique Raby escribió el artículo Xochiquetzal en el cuicacali. Cantos de amor y voces femeninas entre los antiguos na­huas, donde refiere uno de los aspectos más llamativos y re­veladores de la sexualidad en Mesoamérica: las ahuianime, también llamadas “las alegradoras” o “mujeres de placer”, que acudían al cuicacalli, o la Casa del Canto, a departir con los tequihua, los guerreros aztecas más destacados en ba­talla.

En las publicaciones mencionadas, así como en fuentes primarias como la Historia general de las cosas de la Nueva España, el lector puede darse una idea de la fascinante com­plejidad de la sexualidad en las culturas mesoamericanas, estrechamente ligada a sus cosmogonías, regidas por la con­cepción de los opuestos complementarios, según la cual el cosmos se divide en dos grandes apartados, recíprocamente dependientes y necesarios. La pertenencia a cada uno de los grandes apartados cósmicos, formaba grupos de afinidades.

Así, lo femenino se vinculaba a la oscuridad, la tierra, lo bajo, la muerte, la humedad y la sexualidad, mientras que lo masculino estaba ligado a la luz, el cielo, lo superior, la vida, la sequedad, la gloria. Puesto que la existencia del mundo dependía del juego provocado por dicha oposición, no se puede hablar de su aspecto exclusivamente positivo o ne­gativo, pues de ambos sectores del cosmos derivaban tanto los grandes bienes como los grandes males de la humani­dad. Por ello resulta comprensible la notoria presencia entre los aztecas de las deidades femeninas relacionadas con la sexualidad, así como el papel que las mujeres desempeña­ban en ese ámbito.

Esto es algo que los conquistadores deploraron. Todavía inmersos en la mentalidad medieval europea, los conquista­dores profesaban una doctrina religiosa para la cual el sexo y la mujer estaban asociados con el mal, el vicio, lo demo­niaco. Tampoco podían entender ni aceptar una civilización politeísta que divinizaba y rendía culto al sol, la luna, el agua, el fuego, la tierra, el aire, las estrellas, así como a distintas especies animales (reptiles, aves, felinos). El vínculo exis­tente entre sexo y religión en las culturas mesoamericanas produjo una profunda aversión entre los evangelizadores, provenientes de una sociedad para la cual el hombre estaba hecho a imagen y semejanza de un sólo Dios verdadero.

A diferencia de los españoles, entre los pueblos conquis­tados no existía el concepto de pecado traído por los españo­les, mismo que –según el mito bíblico– está en el centro de la relación del ser humano con Dios, desde que Adán y Eva lo desobedecieron y fueron expulsados del paraíso terrenal.

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