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ENAMORADOS Y QUEJUMBROSOS

Por viernes 15 de febrero de 2019 Sin Comentarios

JAIME IRIZAR

Lo enamorado y lo quejumbroso ni volviendo a nacer se quita”, decía mi madre. Lo tomo como una verdad con la aclaración de que pienso que lo primero se atenúa de manera radical con la edad avanzada, y caso contrario sucede con la otra categoría de personas. Traigo el tema de los enamorados a la mente para analizar algunas características psicológicas que por lo regular tienen este tipo de perfiles, de quienes seguramente podemos aprender algo, si nos atrevemos a ver las cosas sin prejuicio alguno. Les platico que, en más de una ocasión, un tío mío, me contó respecto a ello, tratando de que tuviera una orientación referente al tema; me dio consejos que hoy, a toro pasado, confieso con honestidad, que no me sirvieron de mucho estas lecciones para ser considerado alumno exitoso en esta materia, porque nunca me dijo como desterrar de mí, el miedo al reclamo feroz de mi pareja en turno y a la crítica velada o explicita de la sociedad en que vivo.

Todos al parecer por naturaleza tenemos biológicamente lo requerido para ser un enamorado. Estudios serios señalan que el hombre por naturaleza es polígamo, pero no todos nos animamos a serlo, con mayor razón en esta época en la que las mujeres se han empoderado de una manera sorprendente. Para ser enamorado, me dijo, se requiere ser atrevido, responder con facilidad a las influencias de las hormonas, ser bueno para mentir y decir al oído lo que la pareja desea escuchar, pero sobretodo hay que ser “muy cabrón”, entendiendo esto como una persona de carácter decidido y fuerte, poseedor de una tolerancia extrema a la crítica. Me llama la atención que señalaba en reiteradas ocasiones que hay que saber aceptar sin culpas que dichas hormonas tienen en ti una influencia esencialmente biológica, casi animalesca en tus conductas sexuales. Sé que estos conceptos no serán del agrado de todos, ni estarán de acuerdo con ellos, especialmente las mujeres, pero preciso que se comprenda que no pretenden ser tampoco una clara invitación a la irresponsabilidad. Es solamente un análisis objetivo de una de las conductas humanas que la sociedad de forma arbitraria y contranatural, sanciona para limitar tus potencialidades y, mermar tus momentos de felicidad.

Cabe mencionar que, en la sociedad moderna, cada vez son menos frecuentes las personas que al margen de críticas familiares o sociales, siguen acatando puntualmente el llamado de la naturaleza. Son los mismos que aunque se aten legal / afectivamente a una persona, o porque les convenga socialmente la monogamia, ello no los limita para tener más de dos parejas a la vez, con las cuales puedan tener relaciones de todo tipo, plenas, efectivas, e incluso puedan llegar a crear hijos fuera del matrimonio con quienes tienen una temporal o permanente liga amorosa, la cual por lo regular es mal entendida, y mucho menos comprendida o bien aceptada por quienes no comparten esta particular forma de ser. Tiempo atrás, en nuestra cultura, era un hecho común que el hombre tuviera más de dos familias o parejas sentimentales sin importarles el reproche velado o abierto de esposa e hijos oficiales por tal conducta. Eran conscientes de que tarde que temprano se harían a la idea y aceptarían este tipo de relaciones como el producto de una gran necesidad fisiológica. Actualmente, vale decirlo, también hay otras culturas que permiten, de acuerdo con sus preceptos religiosos, el tener las mujeres que se puedan mantener siempre y cuando se procure la armonía y la convivencia pacífica entre ellas, cosa que por lo regular sucede, aunque parezca difícil de creer,

La liberación femenina, la equidad de género, las ideas revolucionarias sobre el sexo, la incorporación de la mujer a la planta productiva permanente con la consecuente sensación de autonomía económica y de libertad igualitaria, están creando las condiciones para que surja en nuestras sociedades modernas la figura de las “hombreriegas”, por decirlo de un modo respetuoso. Quienes son la contraparte de los “mujeriegos”. “Tiempos traen tiempos” dicen en el pueblo. Llega con ello, para facilitar esta novedosa conducta, la idea del divorcio fácil y el desterrar de su mente el concepto de pecado que por tanto tiempo mantuvo dentro de un rígido marco moral a las féminas. El apartarse de los prejuicios sociales y religiosos, ha dado pie a este tipo de mujeres que sin importar la posible afectación sobre el núcleo familiar dan también rienda suelta, al igual que sus iguales del sexo masculino, a la promiscuidad en aras de buscar placer y mostrar presuntuosamente al mundo sus libertades sexuales y su autonomía, cuando en ocasiones sólo lo hacen para cobrar consciente o inconscientemente, una factura que milenariamente le deben los hombres de todos los tiempos. Entratándose de infidelidades, y ante el cada vez más raro reclamo social, es común que se defiendan estas “hombreriegas” con las clásicas justificaciones que Paquita la del Barrio les ha enseñado: “La primera por venganza, la segunda por capricho, las terceras por placer” canta textual una de ellas. No juzgo, sólo observo y menciono. La sociedad está atravesando por una etapa de basculación. Pues de ser por largo tiempo la mujer reprimida, recatada, sumisa, formadora de principios y valores, perpetuadoras y conservadoras de las tradiciones, se está yendo al otro extremo de la báscula, y muchas de las veces sin medir consecuencias han privilegiado, ahora con la equidad de género, el placer y su felicidad sin importar en muchas ocasiones la afectación en lo general de la familia. Pero eso sí, de las ideas de igualdad y equidad de género, sólo han tomado lo que en realidad les conviene. Quieren ser iguales e independientes, pero seguir conservando lo bueno de las tradiciones de una sociedad machista. Espero en Dios que nadie interprete este artículo como una expresión misógina. De ninguna manera. Es sólo un intento de gritar que debemos gradualmente de incorporar lo mejor de los dos mundos para tener posibilidades mayores de ser feliz. Que, si bien es justo que a las mujeres se les reconozcan sus derechos, también lo es que estas entiendan que los hombres de su generación, no tienen la culpa del trato que por miles de años les han brindado las sociedades machistas de la historia. Que no olviden que se ocupa sumar esfuerzos razonadamente para formar y educar a los hijos. Que entendamos cuáles son nuestros rolles en esta moderna sociedad y los desarrollemos con plena consciencia, responsabilidad y de mutuo acuerdo. Es necesario que hagamos una pausa para definir lo que más conviene a las futuras generaciones. Que lo veamos a la luz de la desintegraciónfamiliar, la violencia, la delincuencia juvenil y a esa falta y pérdida de valores que sólo de los dientes para afuera nos quejamos críticamente, sin hacer nada efectivo en realidad para corregirlo.

Cito a mi padre, porque él fue en realidad un ejemplo claro de un hombre mujeriego. Sin ser rico ni bien parecido, conquistó muchas mujeres durante su corta vida. Pero era en cambio, un gran conversador y vestía siempre con gran pulcritud y cierta elegancia. Era muy carismático, según el decir de mi madre, corroborado por múltiples mujeres con quien tuvo amoríos y procreo 37 hijos en total. Sabía hacer reír, bailaba muy bien, cortés y respetuoso, virtudes que a las mujeres de entonces encantaban. Los familiares y amigos que visitaba en las diferentes ciudades que visitaba, hacían una rueda en torno a él para escucharlo hablar y divertirse con las fantásticas historias que a solteras y casadas les despertaba por igual la imaginación y les generaba la admiración inicial que bien pudiera ser la base de una incipiente relación amorosa. Era común que mis hermanas mayores, conocedoras de sus correrías, le hicieran reclamos por su conducta tan libertina y le exigieran respetuosamente les explicara ese afán de engañar a tantas y complicarse así la vida. No hay tal engaño les respondía sereno. A todas en su momento las quiero y atiendo. Además, en los pueblos tan pequeños y tan cercanos entre sí, en donde tengo mis querencias, se desarrolla una excelente red de información que hace imposible el que ellas ignoren mi estado civil, decía sin culpas, respetuosamente, y sin ningún ánimo de presumir. Y de verdad créanme, no me complico la vida, lo haría, si no respondiera tal y como me exige mi naturaleza. Para mí, ¡todas las mujeres tienen algo especial que me llena! A todas las quiero con honestidad en su momento. No es sólo sexo como muchos podrán pensar. Me entrego a ellas sin dobleces ni falsas poses. De acuerdo a mis posibilidades me hago responsable de la manutención de las familias que con ellas formo. A propósito de ello, y sólo para subrayar esto último, recuerdo que mi padre solía llegar a mi casa cargado de queso, machaca, chorizo, leche y otros productos alimenticios que ayudaban sin duda alguna a paliar el hambre de los 18 hijos que con mi madre tuvo.

En una de tantas ocasiones que así llego, estaba uno de mis hermanos afuera de la casa. De nombre Jorge, quien era el mayor de los varones, el que a la sazón era el único que ya estaba casado, y mismo que ayudó diligentemente a mi padre a bajar los alimentos de la araña (carruaje tirado por un caballo, usado como transporte público en el Culiacán de antaño). Mi padre queriendo construir una enseñanza con este evento, le dijo muy solemnemente a mi hermano. Mira hijo, un hombre que se precie de serlo, debe de ser siempre acarreador, no llegar nunca a su casa con las manos vacías. Que no se te olvide esta lección de vida, dijo orgulloso. Serio y respetuoso, pero siempre con el lenguaje claro, agudo e irónico que le caracterizó, Jorge le respondió a mi padre: “que madre apá”. “a usted se le hace fácil, pero no olvide que yo voy todos los días a mi casa con mi mujer y mis hijos, y usted cuando bien nos va, por andar de enamorado, sólo viene cada quince días a la nuestra. Con una sonrisa en su rostro, y con una palmada cariñosa en la espalda de Jorge, dio por terminada el enamorado de mi padre esa charla didáctica. Una faceta más de su personalidad era que casi nunca se enojaba, pues creía a pie juntillas que para que hubiera un pleito siempre se ocupaba de dos. Y esa idea le había funcionado siempre ante el reclamo airado de las mujeres que lo celaban.Por razones varias, pero principalmente la referente al miedo, ninguno de sus hijos trató en lo más mínimo de imitar su conducta. Concluyo preguntando, ¿qué mal, puede haber en regalar amor a quien está en la tesitura imperiosa de recibirlo? La vida es muy corta. En el caso de que se sufra por los desengaños o desilusiones que provoca la verdad, no hay que olvidar que el tiempo que dura el romance rosa, este provocó que se exalten los sentidos, todo se ve bonito, nos sintamos tocados y privilegiados por Dios, inmortales, y que vivamos intensamente los grandes momentos de felicidad que sólo el amor puede construir. Que de malo hay en ello. Pues como dijo el poeta, sólo con los recuerdos de momentos gratos y utilizados estos como bastones de apoyo, se puede llegar a una vejez tranquila y poder decir con certeza que tuvimos en lo general, una vida feliz.

En otro orden de ideas, y para iniciar el abordaje del segundo tema que nos ocupa, quiero decirles que, en todos los pueblos, las familias y los amigos de nuestro entorno, podemos encontrar personajes curiosos que han hecho del “quejarse” un “modus vivendi” o un estilo de vida de lo más singular. Sólo para citar un ejemplo, les digo que en mi tierra hay varios que, sin nunca haber trabajado, han podido salir adelante con sus vidas y la de su familia, sólo puliendo día tras día la estrategia de tirarse al suelo para que familiares y amigos los levanten con sus ayudas y puedan ir cubriendo así sus necesidades diarias más apremiantes. Son metódicos e histriónicos al extremo. Saben muy bien cómo llegar al corazón de los demás para conseguir sus propósitos. Son amigables y serviciales, pero nunca estará dentro de sus planes el contratarse formalmente con nadie. Algunos de ellos, tiene un listado amplio de sus benefactores a quienes les agenda una visita cada 40 días. Y con esta forma inteligente de actuar, no acosar en demasía a ninguno de ellos. Con esta estrategia y con amplia imaginación para inventar situaciones personales o familiares que motiven a dar, van solucionando sus necesidades diarias. Son simpáticos y sin llegar a la queja franca, saben despertar la consideración afectiva y la solidaridad que buscan. Pero de manera muy especial me quiero referir un poco en este artículo, a la personalidad de quienes han definido su estilo de ser, con un vivir siempre quejándose con todos y de todo. Nadie está exento de convivir con un familiar o amigo que se distingue por tener a flor de labios una queja por externar. Son aquellos a los que no les puedes preguntar de manera cortés ¿cómo les va? o ¿cómo les ha ido?, sin que salgan con una letanía sobre sus penas y achaques. Son los que creen que un saludo cordial, es el permiso formal nuestro para que hagan un recuento detallado de todo lo que los ha hecho infeliz o lo que les falta, según ellos para serlo, y decírtelo además de corridito en el menor tiempo posible, como si en realidad conocer esa historia fuera una prioridad de nuestras vidas.

Tengo por cierto, que, si con quejarse de todo, se resolvieran nuestros problemas y ello nos acercara a la felicidad, debería ser obligatorio en padres y maestros el enseñar las técnicas más adecuadas para hacerlo. Además, deberían considerar todas las religiones del mundo, un pecado capital el no hacerlo.

Algunos, sistemáticamente se quejan de sus enfermedades y achaques hasta con quienes no los conocen de fondo. En lugar de tratar temas gratos que ayuden a estrechar los lazos de afecto, hacen una relatoría extensa de signos y síntomas a los oídos de quienes ni siquiera son médicos y por ende no pueden dar nada por atenuar los mismos. Gustan de ser el centro de la atención de las reuniones con sus quejas. Despertar la lástima y esperan ser levantados del suelo, como si con ello, por arte de magia, fuesen a recobrar la salud. Es común que en nuestra familia exista la tía, prima, hermana o hermano, abuela, madre, o amigos que se quejen dolidos de que nadie los visita. Queriendo decir con ello que nadie los quiere. Y olvidan que a nadie le gusta pasar mucho tiempo o convivir con gente que por todo se queja. A estas personas les duele y se quejan de la situación económica, el olvido de los hijos, la falta de trabajo, su estado de salud, la conducta impropia de su pareja, el actuar del gobierno, la hostilidad de los vecinos, lo ruidoso de su perro, su insomnio o lo estreñido que están, en fin, no hay tema que no sea la base para externar su sentir quejumbroso y amargar el tiempo de convivencia con quienes han tenido a bien visitarlos para platicar con ellos y tener un rato de calidad.

Son ese tipo de personas que no dejan pasar una oportunidad para presumir sus enfermedades o las situaciones que lo hacen ser infeliz. Creo, que encuentran cierto placer morboso con ello. Saben que no resolverán nada con esto, pero aún así siguen con esa conducta llena de pesimismo y quejumbre. Otros más, lloran con frecuencia tras la breve exposición de sus males en aras de dar mayor credibilidad a lo dicho. Es común que quienes en realidad quieren y se interesan por estas personas, al no ver modificaciones en sus conductas quejumbrosas, optan por disminuir la frecuencia de sus contactos en virtud de lo estéril y de lo poco que abona a su felicidad. Cortan por lo sano. Piensan que lo pesimista y lo pendejo por contigüidad se contagia. De ahí que hacen bien en sacarle la vuelta a quienes son amantes de las penas, lo trágico, catastrófico, o lo irremediable. Cada quien tiene sus propios problemas. Hay que respetar a quien no los externa por sistema no dándole a conocer los nuestros. Bien dicen que no hay que creer ni confiar en quien por todo llora o se lamenta. Vivir con optimismo, saludar a quien quieres o estimas con gusto, con elogios y sonrisas, hará posible que fortalezcas la relación de afecto o sangre que con ellos tienes. A nadie, reitero, le gusta convivir con quejumbrosos, dice la conseja popular. Te podrán escuchar con interés una o dos veces, pero después harán todo lo posible por evitarte. Termino diciendo, que la vida no es grata para los miedosos ni para los quejumbrosos. Es señal de madurez emocional dejar atrás los miedos y las quejas permanentes, y tratar de permutarlos por metas y objetivos nobles que alcanzar. Siempre hay que tener en la agenda del día, algo por que luchar, alguien por quien vivir y alguien a quien amar, sin importar en que condición de salud o económica nos encontremos. Si no es así, es que en realidad ya estás muerto y aún no lo sabes, y como tal, ya empiezas a apestar, y ésa, es la razón por lo que la gente sana mentalmente, te saca la vuelta. Ama siempre. Mantén vivo ese sentimiento ¡Nada vuelve más positivo a las personas que el amor! Este requiere en todo momento de fe, entusiasmo, esperanza, pero sobretodo de optimismo para mantenerlo vivo.

Sin amor, de veras que no vale la pena vivir. Quejarse de la vida, el mundo y tu entorno es aniquilar la posibilidad de ser feliz. Nada se resuelve con quejarse. Todo se complica con ello. ¡Que no se te olvide!

* Medico y Autor

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