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Los Adoradores De Baco

Por jueves 30 de noviembre de 2017 Sin Comentarios

NICOLÁS AVILÉS GONZÁLEZ

Habíamos muchos de este club, pero había socios que se distinguían por ser de tiempo completo, tipo corcholata ya que nunca se despegaban de la botella. A este grupo selecto pertenecía Miravalles, Pancho Arellano, la Coralillo Vidriera, el “Borolas” Borboa, Pascual Sosa, el “Atole” López y otros de menor calado como el Toño de la W y el Toño “Balas”.
¿Qué le parecen estos nombres, singulares de verdad o no? Estos dionisiacos pululaban en las vías del tren, en el Estadio, en las bancas del Toro Manchado y por las calles del pueblo. Estaban por doquier y en ningún sitio.

Eran la representación gráfica del muchacho alegre de las películas del cine mexicano de los años cincuenta; aquél que se la pasaba cantando, con la botella en la mano y su baraja jugando; pero nunca laborando.
“Miravalles” había venido quien sabe de dónde, y solo él sabía los motivos por los cuales llegó a este centro cañero y, ni él ni yo supimos el para qué de su presencia.
Ante el misterio de su lugar de origen se tejieron muchas leyendas ya que unos decían que había llegado desde EE.UU. huyendo de la guerra. Decían que era desertor del ejército americano y Costa Rica le servía de refugio. Otros aseguraban que había llagado de la frontera norte por motivos sentimentales y que había jurado no regresar jamás a su lugar de origen.

Lo cierto es que Miravalles adoptó a las prostitutas, músicos, cantineros de “la Selva Bar” como su familia, el pueblo su casa y como hermanos de trago al Pancho Arellano, al Borolas Borboa, al Colas y a la Coralillo Vidriera.
“Miravalles” por esas fechas de los años sesentas era un hombre ya entrado en años, delgado, de facciones finas, solitario, taciturno, poco expresivo de personalidad extraña. Gastaba tardes enteras en las bancas del billar en silencio esperando nada, la mirada larga sin punto fijo. Saboreaba su lengua que por momentos la exhibía tal como lo hacen las iguanas vaquetas. Siempre permanecía cruzado las piernas bebiendo trago barato.

Hablaba lo necesario, escuchaba su voz cuando me enviaba por un peso de trago con Goyita Gutiérrez o en la botica del Capi Villalobos. Era alcohol de caña que en ese tiempo se vendía a granel.
Por este “mandado” me ganaba diez o veinte centavos de acuerdo al bolsillo de ese día. Ya con el pomo, venía la química, alcohol de caña, limón y coca cola; la preparación era todo un ritual, hablaba más que de costumbre, fue en uno de esos momentos en que le escuché hablar inglés con el enfadoso del “Borolas” Borboa, al beber el primer sorbo regresaba a su silencio habitual.
“Miravalles” era de tez blanca, espigado, de ojos claros, nariz recta, pelo de plata, mirada apacible y de accionar suave. Actitud que contrastaba con el de Pancho Arellano que era un brazo de mar encrespado, gritón, bullanguero, dicharachero y bailador. Era de facciones duras, pronunciadas, prieto, de bigotes parecidos al Chema del Cancionero Sal de uvas Picot y siempre estaba excitado, ruidoso por lo que contrastaba con la suavidad de “Miravalles”. Gritaba por el alcohol que corría a raudales por sus venas. Tengo su figura en mí memoria, lo registro con la botella de tequila barato en su mano derecha. Recipiente que elevaba y blandía como si ésta fuese espada.

Otro de este grupo que se fue resbalando en el tobogán sin retorno que es el alcohol, ya que después de haber sido productivo fue cayendo en el desperdicio y la milonga hasta quemarse el seso y se trastornó. Los resultados de tan tremendo desatino fue un cambio total de personalidad ya que después de ser padre de familia perdió todo y adoptó la de un personaje autodenominado “la Coralillo”. Me refiero a Cástulo Vidriera.
El tema de borrachera de la “Coralillo” era singular. Se creía pistolero del viejo oeste o tipo Porfirio Cadena “el ojo de vidrio”, por esto, de momento acomodaba los dedos de ambas manos a manera de pistola y enseguida producía sonidos que imitaban disparos, ruidos emanados de su aguardentosa boca e iniciaba supuestos tiroteos.
Estos episodios tipo duelo, los ejecutaba con un realismo especial ya que se dejaba caer al suelo de manera súbita y en tierra rodaba, rodaba de manera violenta sobre el eje de su cuerpo mientras disparaba con ambas “pistolas”. El evento era breve y terminaba con un –“Ya estuvo, no cabe duda que está pesada la Coralillo”.

Después del “tiroteo”, reanudaba la ingesta de alcohol y de manera intermitente alternaba el trago con una melodía de corte ranchero imitando la voz de Lorenzo de Montesclaros. Así se bebió la vida.
El episodio era observado por el resto de briagos que sin inmutarse continuaban escuchando la interminable verborrea del “Borolas” Borboa que relataba sus cuitas de supuestas glorias personales pasadas. “Borolas”, héroe de mil tomadas, el de hígado de acero, ahí seguía bebiendo, hablando sin fin y extrañando al Atole López, a Carlillos Ontiveros, a Juan Díaz Peña, a Pascual Sosa, a Nacho Tampico que se le adelantaron en el camino al cielo.
Los dionisiacos pasaban los días enteros bebiendo, dormían cuando los doblaba el sueño. Creo que los arrullaba “El Colas” cuando se entonaba, al fin lo hacía bien, ya que había sido promesa nacional en eso del canto ranchero que se perdió por el río de alcohol que siempre inundaba su cuerpo.
El motivo para beber, la vida; el punto de reunión el pueblo, su cama el suelo, su techo el cielo ¡Así se bebieron la vida los adoradores de Baco! Tomado de mi libro Se va a saber… Dijo Barrón.

*Médico y autor

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