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El tesoro de mi padre.

Por domingo 15 de octubre de 2017 Un comentario

Por: TEODOSO NAVIDAD SALAZAR

Mi padre fue campesino y cultivó su tierra sin mucho provecho económico. Por aquellos tiempos la banca privada no avituallaba a los ejidatarios y los créditos eran caros y al final de la cosecha siempre salía debiendo (eso pasaba a la mayoría de los ejidatarios). No había mejoradores de suelos, ni tantas sustancias químicas que hacen producir más, pero además eran tierras con cierto grado de salinidad. Muchos años después vendrían políticas públicas de apoyo al campo que mejoró sin duda, la calidad de vida de la gente dedicada a la siembra de granos. Viendo todo aquello, y considerando que así no podría sacar adelante a su familia, se convirtió en comerciante en pequeño. Semanalmente se surtía en las mercerías y tiendas de mayoreo de Culiacán que vendían cortes de tela y otros enseres. Su honestidad y constancia le ganó a pulso que los encargados de esos negocios le otorgaran crédito a la palabra. Así, cada semana pagaba sus compromisos contraídos y su hoja crediticia, siempre lució impecable. Excepto el sábado, cada día lo dedicaba a visitar los campos y ejidos entre Costarica y Eldorado, ofreciendo su mercancía: mercería, ropa interior de dama, caballeros y niños y cortes de ropa, hilos, agujas, hilazas, perfumería y otras tantas cosas. Y digo excepto el sábado, porque ese día, como ha quedado dicho ya, lo dedicaba a surtirse de todo aquello que sus clientes en potencia le demandaban. “Varilleros” era el nombre con que se conocía aquellos, que como mi padre, se dedicaban a la venta de estos objetos. Oiga don Alejandro, ¿no trae calzones? Fue hombre de excelente humor, tal vez por ello, poco faltó para que alcanzara los cien años de vida. Buen conversador cuando la madurez le sonreía y más los fue durante su vejez.

Durante mi infancia lo acompañé apoyándolo en sus recorridos y aprendí también el arte de las ventas. Muy grabado me quedó cuando algunas mujeres (atrevidas para la época) le preguntaban: don Alejandro ¿no trae calzones? Y con aquella sonrisa tan suya, contestaba que sí, que sí, traía. Yo veía su rostro ruborizado, pero también lo observaba como se sobreponía y empezaba a mostrar su mercancía en algún catre de tijera que los potenciales clientes le facilitaban. Muchas veces también observé su rostro quemado por el sol, llegar a acuerdos en precios que las mujeres regateaban; y ante la negativa de comparar, él insistía hasta convencer y lograr su objetivo. En muchas ocasiones, cumplía encargos de alguna mercancía especial y siempre buscó ganarse unos pesos más, sin abuzar de la buena fe de sus clientes. Tal vez uno de sus errores más grandes fue pensar que todas las personas eran como él: buenos para pagar. Fiaba y eso, creo que a la larga lo descapitalizó y ya no pudo recuperarse. Pero finalmente logró sacar a sus hijos adelante, que era su objetivo principal. Guardó siempre mi padre las libretas donde anotaba a las personas a las que dejaba mercancía a crédito y muchas de ellas, jamás le pagaron.

Recuerdo que ya en el retiro de esa actividad mi padre conservó aquellas notas y comentaba que si pudiera recuperar todo lo que había fiado podría haber construido una casa mejor y hasta le alcanzaba para hacerse de una camioneta y volver a empezar. Fue optimista; jamás lo abandonó la idea de vender en grande por los campos tomateros, pero los años lo alcanzaron. Ese fue su gran anhelo, pero éramos tantos en casa, que jamás lo dejamos crecer, pues demandábamos ropa, comida y cosas para la escuela y él deseaba con el alma que nos convirtiéramos en profesionistas, sin embargo, desde muy chicos mis hermanos en los días libres siempre trabajamos aportamos para el gasto familiar.

Más recuerdos.

En sus viajes a Culiacán, generalmente lo acompañé. Siempre me gustó venir a la ciudad, recorrer con él, almacenes y tiendas donde hacía sus compras: Almacenes San Carlos, Mercería Nancy, El Gallo del Mercadito, La casa Minerva, Tienda Lupio, Tanamachi, mercería Tokio, la Casa Grande, entre otros. Uno de los recuerdos que mantengo vivo es la visita al mercado Garmendia.

Mi padre entonces compraba medio Kilo de plátanos manzano y un medio litro de leche que se expendía en grandes refrigeradores a la salida del mercado en el lado norte (calle Ángel Flores frente a la cantina “La Ballena”), en botellas de cristal, no estoy seguro si la marca era “La Reina”; y juntos, padre e hijo,
nos sentábamos a dos nalgas en los escalones para empezar “la parranda”.

Me quedaron grabados olores y colores de lo que expendía en el mercado. Terminada la tarea, emprendíamos la rutina sabatina. Mientras él compraba en tal o cual tienda, con la recomendación de no bajarme a la calle, aprovechaba para conocer el entorno y recorría la banqueta observando el paso apresurado de la gente y su vestimenta; admirando los viejos edificios, muchos de ellos ya desaparecidos que dieron paso a modernas construcciones. Era el Culiacán en los inicios de los años sesenta.

Creo que de todos en mi casa, fui quien más disfruté a mi padre. Muchos fueron los caminos que bajo su sombra protectora anduve sin quejarme del sol o de la lluvia. Mi padre murió rico; no en metal, sino porque supo conducir a su familia, en la que siempre creyó. Sostuvo hasta el final de sus días que en ella estaba la mayor riqueza; en sus sueños y aspiraciones. Los hijos no fallaron porque él y mi madre fueron los motores que impulsaron los logros de cada uno de nosotros. Creo que los dos se fueron tranquilos. De un jalón como siempre lo desearon. No querían terminar sus días postrados en cama, dando lástima y causando molestias. A ambos se les cumplió; sus corazones interpretaron sus aspiraciones y con 5 años de diferencia (primero mi padre, luego la autora de mis días), se fueron para siempre jamás. Partieron con dignidad, dejando el dolor de la partida, pero con la mejor de las enseñanzas: trabajar con disciplina, ganarse con esfuerzo el pan honradamente, sin quitar a otros, el fruto de su trabajo y apoyarse mutuamente. Hoy al cumplirse un aniversario más de la partida, lo recuerdo tal y como fue: enérgico cuando debía serlo y dentro de su rusticidad bondadoso y cariñoso, aunque llegara con el alma partida por la jornada diaria. Y se fue como quería: de un jalón.

*La Promesa, El Dorado, Sinaloa.
Septiembre 2017
Sugerencia a:
teodosonavidad@hotmail.com

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