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La necesidad de creer

Por sábado 28 de febrero de 2015 Sin Comentarios

“El hombre que necesita creer en algo superior a su conocimiento, es un ser débil, que no es capaz de vivir su propia vida y tomar las riendas de esta”. Friedrich Nietzsche

Por Jaime Irizar López*

No tener evidencia para comprobar un hecho no es suficiente argumento para pensar que es sobre­natural. De siempre, cuando la humanidad se topa con algo que no puede explicar ha tendido a atribuírselo a un ser superior, una deidad o a un fenómeno sobrena­tural. Las grandes dudas, los vacíos existenciales han dado pie a una de las necesidades más importantes de la humanidad: la de creer en algo o en alguien que dé respuesta y sosiego al espíritu. Desde tiempo in­memorial se ha fortalecido una conciencia social que obliga a buscar respuestas a todo fenómeno. Al no ser suficiente el método científico y la lógica para expli­cárnoslos, echamos mano los seres más débiles (entre ellos yo) de las ideas de algo superior o divino a que atribuirles todas las causales según decía Friedrich Nietzsche, importante filósofo y pensador alemán del siglo diecinueve, de quien tomaré unos conceptos para desarrollar esta entrega a LA VOZ DEL NORTE.

La necesidad de creer es inherente a la con­ciencia. Todos creemos en algo, incluso los ateos ge­nuinos creen en la no existencia de seres divinos o superiores, creadores del orden, las razones y el sen­tido del vivir, pero esta creencia también calma y da tranquilidad a sus espíritus libres. La historia está llena de creencias y religiones. En nuestro país la espada y la cruz de los conquistadores españoles derrumbaron por la fuerza a nuestros otrora dioses de la lluvia, de la guerra y de muchos otros más, a quienes en franca reverencia y adoración se les ofrendaban sacrificios sangrientos y se practicaban en su honor rituales para efectos de recibir gracias y evitar con su omisión crue­les castigos o tragedias por ellos dictaminados para perjuicio de la tribu. Además,vale mencionar que con estas prácticas y con estas creencias nuestros antepa­sados le daban un sentido a sus vidas. Pero si bien es cierto que hoy en día las religiones y/o las creencias en un ser superior se manifiestan con múltiples ros­tros, su existencia y vigencia siguen siendo la prueba más fehaciente de esta gran necesidad humana: creer.

También es importante mencionar que hay un sinfín de creencias menores personificadas en mi­tos, supersticiones, ritos, que son parte importante de nuestra cultura, pero sobre todo de nuestro rico folklore mexicano. No soy teólogo, filósofo ni psicó­logo, pero con el permiso de todos y con el mayor de los respetos para todas las creencias quiero exter­nar algunas opiniones al respecto, con el único fin de hacer un resumen de lo variopinto de las nuevas formas de satisfacer una necesidad humana añeja: la de creer en algo o en alguien. La creencia es anhela­da con mayor urgencia cuando falta la voluntad, en­tendida ésta como la pasión de mando que denota y distingue la soberanía y la fuerza de los individuos. Dicen los expertos que cuando menos se sabe man­dar, mas necesidades tenemos de una autoridad, o de un ser superior que nos ordene con energía y norme nuestras conductas. Estas figuras de autoridad pode­mos encontrarlas en los dioses, los príncipes, el estado social, médico, sacerdote, padres y maestros, en los dogmas y también en la conciencia partidista. Es una verdad que cuando la voluntad se agota en los hom­bres da pie a las creaciones de religiones y en ocasio­nes a algún tipo de esclavitud; muchas de las veces son los seres débiles e inseguros, los que llevan esta dependencia psicológica al extremo del fanatismo se­gún revelan también los expertos. Dicen que la fe no requiere de evidencias para existir y estoy en todo de acuerdo, me atrevo a externar, que entre más desvir­tuados estén valores, educación y cultura, más procli­ves son los pueblos a tener creencias que ciertamente pueden poner a prueba la cordura de las gentes, por­que tienen una aceptación que reta a los principios de la ciencia, misma que es toda una fuente de riqueza intelectual para los que quieren y les gusta pensar. En otro orden de ideas, les cuento que durante el ejerci­cio de la medicina me topé con múltiples ejemplos de otras particulares creencias. De manera específica de aquellas que algunos pacientes tienen sobre algunas prácticas tradicionales para intentar recuperar la sa­lud. En mi pueblo es aún común en nuestros tiempos acudir con las “mollereras” para sanar a un niño con diarrea y deshidratación, cuando los conocimientos de los médicos y su arsenal terapéutico no alcanzan para obtener los resultados esperados en el tiempo pru­dente. Igual sucedía con el “empacho” que las mismas madres de familia creen que se cura con fricciones de aceite en el abdomen, todo esto hecho por supuesto, por una persona experimentada. No quiero dejar de mencionar como dato curioso de creencia popular, la postura en la frente de un infante, de un pedazo de hilo rojo humedecido con saliva para curarle el hipo persistente.

Tengo conocimiento de que médicos serios después de haber agotado todos sus recursos cientí­ficos, ponían incluso en manos de estas curanderas hasta a sus propios hijos, mismos, que con cierta ver­güenza reconocían el éxito de estas curanderas tra­dicionales sin poder explicar sus razones. Es también una muestra de este tipo de creencias, la existencia de curanderos en la región que aseguran curar todos los males habidos y por haber, con aguas de colores milagrosas, muchas de ellas compuestas de un coctel de analgésicos potentes, antibióticos y grandes dosis de cortisona, lo que aunado a la fe, hacen sentir un bienestar de manera casi inmediata al más grave de los pacientes. El perdido y el desahuciado en todo cree y a todas va, dice el conocido dicho popular, por eso es que son muy largas las filas de espera en las residen­cias de estos curanderos milagrosos, tocados según ellos,por la mano de Dios. También en nuestro México moderno hay un sin número de necesitados de creen­cias varias que hacen en realidad una romería por los lugares donde se practican limpias, quitan mal de ojo, embrujos y otros artilugios que los tienen según ellos en malas condiciones de salud, de amores o de suerte. Quien no, en alguna etapa de su vida no ha comprado o le han regalado un amuleto para la suerte, el dinero o el amor.

Quien no ha oído hablar de las prácticas de brujería, lecturas de café, cartas, tarot, o sesiones de espiritismo como una de las mejores estrategias para encontrar las respuestas y mejorar su estado aními­co. Estamos en el siglo 21, no en la etapa medieval, y es ahora donde más adelantos tecnológicos y científi­cos se han dado, pero aun así, estos no han sido sufi­cientes para brindar todas las respuestas, por lo que siempre hay vacíos y dudas que sólo las creencias, la fe y las religiones pueden llenar. Negocios millonarios originan estas prácticas que se ofertan (con la anuen­cia de las autoridades) a veces por todos los medios publicitarios, a quienes ya no tienen a la mano otra salida para sus males e inquietudes que recurrir a es­tas supercherías, obligados por su necesidad imperio­sa de creer en algo. Cierto es que ha crecido substan­cialmente la ciencia, al igual que la ignorancia, mismas que han dado pasos agigantados; la primera buscan­do verdades, la segunda propiciando creencias que a veces rayan en lo absurdo. Nos negamos a aceptar que aunque no se conozcan por el momento todas las causas de una situación o un problema específico, no significa que no las haya. Nos duele y angustia el saber que algunos científicos nos dicen que venimos de la nada y que nuestro destino final es la nada. No acepta­mos la sentencia que dice que después de la vida sólo hay muerte y que después de la muerte no hay vida. Es tanto el dolor, la ansiedad y la angustia, que tarde que temprano estas reflexiones nos impulsan e invitan consciente e inconscientemente a la búsqueda de un ser superior que nos de todas las respuestas, que tal vez no sean verdaderas ni lógicas, pero son respuestas que satisfacen a las mayorías en relación a su gran ne­cesidad de creer en un algo que les dé la tranquilidad y las posibles explicaciones existenciales que necesita­mos de manera inmediata.

Para los efectos de paz y ar­monía interior, poco importa que estas ideas sean erróneas, si me per­miten algunas de ellas, mirar con un enfoque simplista y pragmático la vida, y si son para mí, una fuente permanente de fe y esperanza. No creo en supersticiones, brujerías, ni mal puestos, por mencionar algunas creencias absurdas, pero sí creo en un ser superior que ordenó el caos y nos privilegió con ser conscientes y libres para elegir modos y estilos de vida. Un ser que definió para to­dos nosotros reglas y normas en aras de intentar consolidar una conviven­cia armónica. Entre más viejo estoy, más firme y más grande es mi creen­cia en un Dios que no castiga, sino que es todo amor. Esta idea, seguro estoy que me dará las fuerzas nece­sarias para enfrentar con serenidad y madurez mi final. Respeto con ho­nestidad todas las creencias y las no creencias también, pero les preciso que soy una persona con alma débil, (si así lo quieren ver) que siempre ha ocupado bastones de afecto y fe para caminar por la vida. No le encuentro ningún sentido renunciar a ellos aho­ra que estoy al final del camino y que sé, que es cuando más los necesito. He volteado para todas partes y con­cluyo que en este mundo, todos tene­mos necesidad de creer en algo. Esto es inherente a la condición humana. Estas creencias las materializamos en símbolos, rituales, imágenes, oracio­nes y plegarias. Hay santos para toda ocasión, dioses para todas las cultu­ras, y creencias para todos los niveles culturales. En mi tierra, para ponerles sólo unos ejemplos las imágenes de Judas Tadeo, San Antonio, Charbel y Malverde (un bandido generoso se­gún cuenta su leyenda) son venerados para encontrar a través de ellos la ayuda espiritual o el milagro que necesitan. No olviden que los milagros son los hijos predilectos de la fe, según decía Erich Fromm, por eso se le siguen pidiendo a quien más fe se le tiene. Creo, lo confieso honestamente, que soy un hombre de mu­cha fe y que tengo de Dios tan sólo ideas de bondad. Pero más allá de lo celestial y romántico, quisiera fir­memente creer en la existencia de más líderes auténti­cos que construyan unas mejores condiciones de vida; en representantes populares y funcionarios públicos que se conduzcan con probidad, honradez y honesti­dad; en muchos padres responsables que entiendan de fondo y cumplan cabalmente con su responsabi­lidad histórica de formar hijos de bien; en maestros ejemplares, al igual que en miembros del clero que lle­nen mis expectativas con sus conductas y la solvencia moral que requiere su liderazgo religioso y educativo. Tal parece que hoy por hoy, sólo nos queda creer en el valor del dinero y suplir con ello toda creencia terrenal y celestial y dar con ello las respuestas existenciales que necesitamos. Todo parece indicar que hacia allá vamos caminando. Respetando lo que crean todos, los invito por último a creer en las cosas buenas que dependen de nosotros y actuar en consecuencia, sin duda el mundo será mejor.

*Medico y autor.

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