Nacional

Amor y desamparo

Por domingo 19 de febrero de 2012 Sin Comentarios

Por Víctor Roura*

1. El amor. ¡Cuánto desamparo crea! Johnny Cash, ese magnífico cantor atormentado, se enamoró perdidamente de June Carter. Y no la dejó en paz hasta hacerla suya. Su vida se distancia, sí, de lo que se puede entender como romance veraniego, cálido y cristalino, pero sin duda acabó siendo ejemplar. El Hombre de Negro, como se le conocía a Cash, no dejó nunca de empastillarse produciendo en su entorno salvajes agonías y estropicios incluso profesionales. La cantante, que provenía de la histórica familia Carter, aquella banda que ya en los años veinte del siglo XX difundía con esmero y calidad la música country, aguantó con admirable estoicismo los infiernos de su amado. Ya alejados de la escena su unión fue férrea y estable, situación que atestiguó el periodista Robert Hilburn y detalló en su libro Desayuno con John Lennon (Turner Noema): cuando llamaba a Cash, éste sólo se refería a June, a quien “le estaba fallando la salud”. Cash no podía imaginarse su vida sin ella. “Unos días después de la muerte de June, el 13 de mayo de 2003, hablé con John —cuenta Hilburn—, Intentó aparentar que estaba bien, pero le resultaba difícil no hablar de ella incluso en una breve conversación. Rubin y John Carter Cash, el hijo de John, estaban tan preocupados por él que no dejaban de animarlo para que preparara un nuevo disco, pero ese proyecto nunca se llevaría a cabo. John murió antes de que acabara el año, el 12 de septiembre”. Cuatro meses después la alcanzaría el cantor: en efecto, no pudo vivir sin ella, y el amor fungió, entonces, como un perfecto acto de redención. También Kurt Cobain se suicidó no sólo por su incontrolable adicción a las drogas, sino por su amargura amorosa. Otra vez el buen Hilburn nos cuenta asuntos desconocidos: Courtney Love, la mujer de Cobain, le decía al periodista que estaba en verdad muy asustada. “Dijo que no podía quitarse de la cabeza la imagen de Kurt inconsciente, tirado en el suelo por una sobredosis, y le preocupaba haber podido contribuir a su desesperación hablándole, en algunas ocasiones, de su interés por otras estrellas de rock, para ponerlo celoso”. El cantante y compositor del grupo Nirvana de pronto se esfumó. Tres días después apareció muerto de un tiro en la cabeza. Se había suicidado en 1994 el mayor roquero de finales del siglo XX, que se negaba, siempre se negó, a la fama y a todos los cotilleos que rodean a las figuras de los espectáculos. El frágil músico había querido con hondura a Courtney Love, pero lo más seguro es que ella no correspondiera con el mismo énfasis amoroso, como quizá tampoco se entregara la hermosa modelo Pattie Boyd al guitarrista George Harrison, que la amó con denuedo irreconciliable. Porque el mejor amigo del beatle, Eric Clapton, acabó huyendo con ella en una relación amorosa de dimensiones casi catastróficas. Después de que ambos amaran a la Boyd, ya ella fuera de sus vidas, ambos músicos se reconciliaron felizmente. ¿No Yoko Ono se introdujo mero adentro del cuarteto de Liverpool en pos de consagrarse a alguno de ellos? Se sabe que, en un principio, la artista plástica quería compartir sus secretos con Paul McCartney, pero fue Lennon el que terminó rendido a sus pies. ¡Ah, las entrañas sinuosas e irreflexivas del amor!

2. Las groupies son las mujeres que consiguen relacionarse íntimamente con los músicos. Con cualquiera, siempre y cuando toque en un grupo musical. Estas muchachas no discriminan. En México recuerdo al líder del conjunto Isis que teóricamente se desorbitó por una chica a la que creía suya, pero cuando la vio compartir su cuerpo con el baterista no daba crédito a sus ojos. Recuerdo su sopor, su dolor, su devastación. ¿La amaba en verdad? No lo sé. Pero son guapas. Eso ni duda cabe. El guitarrista de Peace and Love, el puntilloso jalisciense Ricardo Ochoa, se enamoró hasta el martirio de Kenny Avilés, quien después haría su carrera en solitario. Y mientras Ricardo desfallecía en su natal Guadalajara luego de que lo abandonara, ella, aparentemente sin ninguna fisura en su corazón, se entregaba al canto en compañía de otras manos necesitadas. Una jovencísima Chela buscó sin fatiga a Alejandro Lora hasta poseerlo íntegramente. Allí están todas esas groupies que anhelan estar en los brazos de los cantantes exitosos de la televisión, como las muchachas que consiguió Kalimba, una de ellas ya ahora desnudista afamada después de aquel drama que calentó la cabeza de los obscenos periodistas. El amor como pretexto para salir a cuadro. El amor como placebo contemporáneo. El amor como desamparo social.

*Periodista y editor cultural.

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