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La ciudad de Culiacán siempre nuova

Por domingo 8 de agosto de 2010 Sin Comentarios

Por Gilberto López Alanís*

Ajena a las clasificaciones urbanísticas, Culiacán fue y es un conglomerado que humaniza al valle; ni rural ni ur­bana; laboratorio mestizo, quizás eso y algo más la de­fine en la perspectiva de su proyección hasta el mar Bermejo.

Hervidero prehispánico y armadura de aspiración seño­rial, se conservó ajena a las actas fundacionales de la corona española, sin olvidar que en el documento estaba su estatuto de villa colonial. Refugio del primer Oidor Real en la figura del emprendedor Nuño Beltrán de Guzmán en 1531, el vendedor de esclavos indígenas y primer atrevido homofóbico que que­mó vivo a un destacado guerrero gay del occidente mexicano. En su atormentado imaginario Nuño concibió la nueva y más Grande España, ciñendo la cintura del territorio novo hispano, desde el Pánuco del Golfo de México, hasta la villa de San Mi­guel de Culiacán que recibe las brisas del mar del sur, a pesar de la férrea oposición del extremeño que hizo de Marina la tabasqueña, el símbolo de un mestizaje que se recuerda con apasionado interés.

Culiacán, lugar y centralidad fronteriza en los primeros asomos a los confines norteños en busca de las siete ciudades de oro con Cíbola y Quivira. Reposo de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, después del periplo de una década de andares de fábu­la desde la Florida hasta el Tamazula para constatar la cruel­dad de la mercadotecnia humana en los nativos marcados en venta por el originario de la Guadalajara morisca. Morada de Isabel de Tovar la hermosa mujer que inspiró el primer poema americano, en la pluma del apasionado religioso Bernardo de Balbuena a principios del siglo XVII.

Cuna del irredento Ayapín y del mártir de los tepehuanes, el jesuita culichi Bernardo de Tovar. Nieto de don Pedro de Tovar el descubridor del Cañón del Colorado. Culiacán puerta abierta a las posibilidades de una migración fincada en an­cestrales tradiciones, repositorio de la hermosa cerámica del Aztatlán que se extiende desde Chametla hasta Guasave. Es­tética pendiente, goce contenido en incurias arqueológicas e ignorancias de la tradición artística más significativa de nues­tra formación indígena. Tesoro negado al pueblo.

Culiacán, viviendo el río de la sierra al mar, al flujo y reflujo de las grandes aguas, sesteando en el brillo asoleado de los reverberantes hilos; humedad que se nos escapa.

Villa donde el arcángel avistó la frontera marítima para fulminar a los osados que quisieron arrancarle sus tesoros. Valladar que permitió la vida autónoma de unas familias que fincaron en el valle la combinación de una cultura mestiza; sal, ganado, oro, plata, pieles, maderas, mantas, miel, bezares y el fermento de un colegio, que osó ser diferente; modelo de mer­cado interno para las misiones jesuitas del noroeste mexicano.

Villa estremecida, ante la cercanía de las huestes hidal­guinas en 1810, y agradecida en la figura del africano Alejo García Conde, intendente que impuso el Tedéum de la Jura de la Independencia con las fórmulas emanadas de un protocolo conservado en los repositorios de la Parroquia de la Purísima Concepción de Mocorito.

Culiacán tres veces imperial y ciudadana a partir de la Jura de la Constitución del estado de occidente, cuando fuimos sonorenses por estatuto legal en 1824 y confirmarse como la capital de los sinaloenses en el Estado Libre y Soberano de Sinaloa en 1831. Asiento de yorquinos y escoceses introduc­tores de los derechos ciudadanos y precursores de los alega­tos constitucionales. Villa hecha ciudad capital para construir su Casa de Moneda, desde entonces, el tintineo recorre tus calles y los artífices de preseas y monedas, conservan una tra­dición que resurge.

Jamás invadida, virgen ante las asonadas extranjeras nor­teamericanas y francesas, novia eterna de Antonio Rosales, que la colocó en sitial de honor de la soberanía, en el San Pe­dro juarista del cinco de mayo de occidente.

Culiacán agroindustrial, con punta de fierro hasta Altata; ingenios azucareros en Navolato y El Dorado, en las orillas de los ríos Tamazula y San Lorenzo. Asiento del Colegio Rosales, modernidad decimonónica donde se gestó la Revolución Mexicana, nada más recordemos a los Buelna, Bátiz, Iturbe, Armienta, Ayala, Heredia, Ramos, Esquer y por bandos contrarios a Clouthier, Redo, Ponce de León, González Martínez, De la Mora, Paliza, Sosa y Ávila, Andrade, Martínez de Castro, Peiro, Retes, Hass, Tamayo, Estrada, De la Vega y Díaz.

Fiesta y alegría; drama, dolor y tragedia; ciudad tomada tres veces en la Revolución, defendida con armamento mo­derno en 1910, entregada con llanto y resignación en una transición política que la definió por las elecciones de 1917.

Ciudad de las instituciones de Sinaloa, su proyecto agríco­la de grande irrigación encontró eco en la insistencia de Juan de Dios Bátiz ante Lázaro Cárdenas por una presa que llama­da Sanalona, inauguró Miguel Alemán para lograr un modelo agrícola que persiste con afinaciones modernistas.

Gobernada por Alfonso Leyzaola, el que sacó al poeta Chuy Andrade de la Sierra Mojada para llevarlo a las bartolinas del Palacio Municipal, con la misión temblorosa de generar el poema a Culiacán en el año de 1924; desde entonces nuestra ciudad es “Emperatriz que guardas los sacros lares míos/ y cuya faz refleja la linfa de los ríos.” Primer presidente munici­pal latinoamericano reconocido por su orgullo mestizo, para después fenecer combatiendo la siembra de amapola, con el epitafio de su leyenda negra, nube que ensombrece el pano­rama de nuestro tiempo.

Esplendor de los ilusos que ebrios de poder soñaron en la educación y el sindicato, en el mitin y la brigada; en la misión cultural y la huelga inquilinaria. Ahí estaban El Guacho Félix, Roberto Hernández, Jesús Lazcano, Solón Zabre, Gil Leyva, Enrique Peña, Antonio Nakayama, que se diluyeron suave­mente en el escarceo de las ambarinas para dejarnos al Ne­grumo cantando su tierra de ensueño.

Ciudad refugio de migrantes griegos, alemanes, libane­ses, chinos, japoneses, italianos, franceses, norteamericanos y de otras etnias mexicanas como los de Oaxaca y Michoacán. Ciudad madre de los perseguidos y centro de la diversa filan­tropía que humaniza la cotidianidad familiar.

Con la frescura del beisbol, sus personajes y leyendas ali­mentó la rivalidad mazatleca en una sociedad harta de tanta violencia que quiso entre el hit y el doble play fincar otras re­laciones fronterizas.

No pudimos ni quisimos ser ajenos a la internacionalización de la protesta social juvenil y nos embarcamos en las demandas populares de movimientos urbano-cívicos, los sesentas de levis, calcetas blancas, cuello levantado, vaselina y rock, hicieron del espacio rosalino, el receptáculo del ágora donde el orador gritó sus angustias y las demandas del pueblo.

Hoy, ante el azoro con que vemos la especulación del sue­lo, esperamos otros proyectos que la hagan más amable, me­jor decorada, para sentirnos que la queremos siempre joven, llena de vitalidad, generosa con nuestros hijos, tierna con los nietos, y llena de futuro con los beneficios de la cultura, la ciencia y la tecnología para incluirla en la mexicanidad del presente, que es ya la del mañana.

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