No puede ser de otra manera, el pueblo de San Benito siempre supo que en los caballos está definido su destino. Su origen de agreste agricultura y ganadería jesuitica lo ha marcado para siempre, no hay casa vieja y solariega que no tenga su corral donde se apacente el becerro como sebo para que la vaca parida afloje la ubre y amamante al hambriento bajo el pial, logrando la espumosa blancura que dará paso, previo a técnicas ancestrales a las natas, el jocoqui, el requesón y el queso.
Del corral al cerco para llegar a la milpa, se teje un mundo de aventuras atravesando el río; los trotes nos llevaron por las angostas veredas y las brechas para acercarse al potrero, la hortaliza o el verano de las sandías y calabazas. El aparejo que evita el roce de la silla ajustada con el cincho, nos trae el recuerdo de los sudores animales de aquellos, zainos, bayos, y prietos que nos miraron con ternura a pesar de nuestras injusticias infantiles.
Nada como quitar el freno para que la bestia bebiera en la fresca y cristalina corriente del río Mocorito o Évora, así al ritmo de los gruesos tragos, nos recostamos en la grupa para admirar desde los sabinos la serranía con El Picacho y El Mueludo, que siempre nos esperaron para conocer sus escarpadas faldas y escondidos remansos del sombreado follaje de amapas, mezquites, guamúchiles, brasiles, y más de la flora maravillosa que rescató el Dr. Ramón Ponce de León en 1909.
Salir a caballo al registro de matrimonios, dar fe de los difuntos, entregar la correspondencia, certificar votaciones, asistir a la boda del compadre o del hijo, dar aviso de una enfermedad o de un apuro, o cumplir con un favor, aparte huir presuroso fueteando o hincando las argentas espuelas ante una emboscada o carraca de volar llevando en brazos o enancas de una hermosa serrana después del baile, fue darle al noble bruto el estatuto de compañero; que no decir después de ganar una carrera o perderla, donde la alegría y la tristeza se hacían una, jalando la banda por las calles del pueblo, con la plebada alrededor admirando al muchacho del rancho, el hijo de Valentín, Cipriano o Vicente; el nieto de la Natalia, la Chuy o de la María, nada tan hermoso como ese signo de identidad pura, directa, esa que va del portal a la cocina, para hacerse única cuando llegabas al cerco con el envoltorio de comida en una bolsa de ixtle para los que araban, sembraban, deshierbaban o en la labor escrutinio del sol reverberante y el tronido del rayo que se anticipaba al aguacero que nos llevaba de regreso con los huaraches hechos trapos.
Ahí estaba el caballo o el burro, prestos a servirnos, por eso cuando se inauguró el monumento a Los Caballos que Corrieron en San Benito , se hizo la mayor justicia del pueblo, la gesta popular de 1923 completó el estatus de mito y el monumento es la evidencia de una tarea que debemos completar para hacer de San Benito “el lugar” de la
s carreras de caballos de la serranía del valle del Évora.
Al proponer el conjunto escultórico de El Alazán y El Rosillo, el Comité de Obras debe rescatar a los auténticos compositores del corrido que fueron Ángel Jacobo y Jesús Pérez que rimaron sus coplas y acompañamiento musical en el mismo sitio y tiempo de la carrera, esto para combatir la injusticia de adjudicar tal corrido a Luis Pérez Meza, que hasta le cambió el nombre a San Benito, si esto no se hace estaremos faltando a la razón de las conmemoraciones del Bicentenario y el Centenario donde se enmarca tal acto.