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EMILIA

Por sábado 31 de agosto de 2019 Sin Comentarios

PRIMAVERA ENCINAS

Nunca pensé que podría matarla. Pero así era, estaba muriendo ante mis ojos. Un hueco profundo de soledad me embargó al presenciar sus pálidas ojeras, sus labios retorcidos, la escasa luminosidad de su piel; y sobre todo la idea inequívoca que desaparecería por mi causa. Mi Emilia moría poco a poco y yo sin poder hacer nada. Desesperado, miraba el firmamento, haciendo miles de promesas para que Dios le regresara la salud. Mas era imposible, no podía engañarme, ella fallecería de un día a otro.

Salí de la habitación. La culpa me carcomía vivo. Ahogaría en alcohol, lo que mi alma era incapaz de reparar. Una cerveza, luego otra…después perdí la cuenta. Sólo risas y blasfemias se oían a mi alrededor, mientras mi cabeza parecía explotar a cada minuto, con cada golpeteo. Quería embrutecerme, para no pensar en ella, pero fue en vano, tenía el rostro de Emilia clavado en la frente. Sonreía irónica, burlesca, como diciendo, “mira hasta dónde has llegado”. Me tumbé inconsciente sobre la mesa.

Era de madrugada cuando me jalonearon a mi casa y abrieron la puerta. Todo estaba en penumbras. Alcancé a percibir una luz al fondo del pasillo.“Emilia” quise gritar, pero no, no escucharía. Me recargué en la pared, envolviéndome en la miseria hasta que escuché pasos. No supe quién era, pero me llamaron por ni nombre y arrastrándome, se dirigieron a un sofá.

–Cómo pesa –musitó una voz.

–Es porque es alto, y cuando están borrachos, pesan más.

Quise corregirles. No era un borracho, así que levantando el dedo índice y entreabriendo los pesados párpados, comencé mis disparates. Entonces la vi, era Emilia, más joven, radiante, con diez o doce años menos. ¿Podía ser posible? Debía ser una jugada del demonio, porque aunque froté mis ojos, permanecía enfrente, sin emitir palabra.

–Emilia –levanté los brazos, pero ella retrocedió asustada.

–Cállate José, no es Emilia.

–Has vuelto, tócame.

La visión de Emilia se retrajo temerosa y un grito salió de mi garganta. Ante mis ojos estaban dos Emilias. Una mirándome alterada, y otra agonizante en la cama, totalmente ojerosa. No podía ser posible. Mi mente había enloquecido.

–¡Emilia! –grité hacia mi doble visión, hasta que tropecé. Entonces me quedé dormido.

Ignoro cuántas horas pasaron antes de que los gritos de mis hijos lograran despertarme. Posiblemente era el mediodía, porque había ruido en la cocina y los ardientes rayos de sol quemaban mi cara. Me levanté mareado. Entré al baño. Detuve mis pasos en el lavamanos. El estómago me ardía, la cabeza me daba vueltas. Salí furioso, hasta que vi a Emilia acostada. Cuando partí al comedor buscando algo para la cruda, una joven parecida a Emilia me sonrió. Creí perder el juicio, ¿estaba alucinando?

–¿Quién eres tú?¬

–Soy Emma, tu cuñada

–La conociste de niña, ¿no te acuerdas? –intervino mi suegra- Vive en California con su papá.

Fue diabólico que dos hermanas se parecieran tanto. En medio de mi angustioso duelo, Dios se reía de mí, enfrentándome a la visión de una Emilia adolescente. Había pequeñas diferencias, es verdad. Emma tenía los ojos claros, las pestañas más cortas y rizadas. Mi esposa poseía una mirada intensa y penetrante, un perpetuo aire de reproche. Mientras Emilia se jorobaba un poco,Emma caminaba erguida, con el pecho pronunciado. Mi mujer también fue guapa, pero acabé con ella. Le fui infiel. La violencia y el alcohol, fueron una constante. Su espíritu terminó lastimado. Creí que al final la recompensaría, llevándola de viaje, comprándole otra cocina, pero no esto, no verla morir a los treinta años, por un cáncer terminal. Comprendí que era el causante de su decadencia. Se fue apagando por los golpes, los gritos, las humillaciones. Simplemente perdió lozanía, alegría por vivir.

Terminé en el antro. Los tragos se sucedieron unos a otros,
la música palió por un momento mi ansiedad, hasta que sentí los dedos de un desconocido, pidiéndome la cuenta. Cabeceé aventando unos billetes. Un amigo se acercó y me llevó a casa entre recriminaciones. Entré como pude, apenas se podían ver la sombra de los muebles. Entonces contemplé a la Emilia de diecisiete años, estrellándome su suculenta juventud.

–¡Volviste! –grité eufórico.

–¡José! –dijo arrastrándome al sillón.

Me dejé querer, tal vez esta sería la única forma de tocarla. Exhalando tras su cuello, quise besarla pero se retrajo. Aun así la estreché contra mi cuerpo. Se apartó.

–No me dejes –supliqué con voz quebrada.

Huyó hacia otra habitación, y en mi inconsciencia, me pregunté las razones, mi esposa no solía rechazarme, así que la seguí y tomé su cintura.

–No me dejes, no te vayas.

Le besé el cuello, el rostro, terminé acariciando su entrepierna entre susurros.

–Te amo Emilia.

Se separó con brusquedad, prendió la luz. Esta mujer no poseía la mirada intensa, lloraba avergonzada. Recordé que Emilia yacía en mi recámara, y se estaba muriendo. Una ráfaga de terror me recorrió.

No regresé a mi casa en tres días. ¿Qué si donde estuve? Ya no me acuerdo. Únicamente tenía el recuerdo difuso de Emilia y Emma mezclándose una y otra vez. Los ojos de una, la sonrisa de otra. La realidad y la fantasía se entremezclaban, torturándome, burlándose de mí. Estuve en cualquier cantina llorando por la Emilia moribunda, la Emma seductora. Cuando volví, fui directo a la cama de mi mujer.

–¿Dónde has estado papá?¬–preguntó mi hija.

No pude contestar. ¿Cómo podía hacerlo si me sentía miserable? Transcurrió un día, después otro. Emilia se iba diluyendo de mis manos.

–Diosito, Diosito, si me la dejas, seré un hombre diferente –rogué al creador.

Pero tal vez no me escuchó o ya no me creyó, porque horas más tarde se llevó a Emilia dónde no podría alcanzarla. Durante la procesión fúnebre, intentaron consolarme. Accedí, pero sabía que no era posible. Sin Emilia estaba seco… muerto.

Contemplé el cadáver para despedirme y sin saber por qué giré hacia a mi cuñada. Comencé a temblar, la sangre se agolpó en mis venas. Estaba sobrio, completamente despierto, sin embargo, los ojos de Emilia se instalaron en los de Emma, en una muestra de que me había vuelto loco. Frotando mis párpados, comprobé que su rostro cambiaba una y otra vez, primero Emilia, luego Emma.

Comprendí que no necesitaba morir para llegar al infierno. Este llegaba justo ahora.

Licenciada en Pscología

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