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ARTE, MUERTE Y DESPEDIDA

Por jueves 30 de noviembre de 2017 Sin Comentarios

ALBERTO ÁNGEL «EL CUERVO»

Las despedidas siempre encierran un sentimiento de melancolía, de nostalgia, de tristeza… Cuando se da el adiós final a un amigo, el recorrido a lo largo de la historia compartida es inevitable… Y la figura se va desvaneciendo lentamente entre sonrisas y recuerdos… ¿sobredimensionamos al que se va…? Tal vez sí… Y quizá sea esto parte del homenaje que rendimos a lo que fuera su paso por este paraje eternamente breve de la existencia… Finalmente, la vida es un circo de muchas pistas en las que se desarrollan al mismo tiempo millones de historias paralelas, historias que se cruzan, historias que nada tienen que ver una con otra y sin embargo convergen a lo largo del camino en infinitud de instantes… Así, cuando acudimos a la despedida, recordamos, recreamos todos aquellos momentos en que los caminos convergieron, se tocaron e influyeron para que la existencia fuera distinta en cada uno… Y “Si no hubiera sido porque justo en ese momento me llamó, yo hubiese cometido el más grave error de mi vida…” “Como un ángel… No podría decirlo de otra manera… Fue como un ángel que hizo que mi vida no se fuera por un barranco profundísimo…” “Sí, tenía su carácter… Indudablemente lo tenía… Pero precisamente eso era una de sus cualidades… Cómo olvidarlo…” “Aquí estamos… Sembraste cosas lindas y por eso estamos aquí, todos unidos por el cariño que nos dejaste… Descansa en paz…” Y una y otra vez, la ponderación, la exacerbación quizá de sus cualidades para despedir al amigo “como se merece…” Bendiciendo incluso su partida como si se tratara de algo envidiable… “Ya estás en otro plano que es mejor que este… Descansa en paz” Pero si es así ¿por qué no enfrentamos la muerte como lo que es? ¿Por qué no enfrentamos la muerte como parte de la vida?.

Si revisamos lo que sucede o sucedía en otras culturas, en otras formas de pensar como es el caso de la cosmogonía prehispánica, la historia es distinta. Nuestros antepasados, los antiguos mexicanos, enfrentaban la muerte con la naturalidad que requería, como el regreso a formar parte del universo mismo… Por ello habría que vivir para el buen morir… Desde el principio de la historia, la muerte ha ejercido una fascinación muy especial para el hombre… Y de manera muy especial, esa fascinación se ha dado en el alma de los trabajadores del arte… Quizá debido a la hipersensibilidad que nos caracteriza, quizá debido a esa neurosis exacerbada que nos envuelve, pero el caso es que en los que nos dedicamos por entero a este bendito oficio dentro de las artes, la muerte se presenta de manera fascinante… Y no es que seamos necrofílicos, aunque la conducta mostrada por muchos trabajadores del arte a lo largo de la historia esté llena de ese sentir… Lo que sucede es que tal vez la manera de contemplar la existencia sea mayormente libres de atavismos socioeconómicos… Mayormente libres de prejuicios y necesidades vanales… A los trabajadores del arte, lo que menos nos preocupa es “la calidad de la pintura del nuevo ferrari”, lo que menos nos preocupa es tener un escaño o una curul en alguna de las cámaras… Lo que menos nos preocupa es siquiera qué vamos a comer mañana… Lo importante en nuestro bendito oficio es contemplar la vida y bebérnosla intensamente cada día para extraer de ella la esencia que nos permita llevar todas las emociones habidas y por haber al canto, al trazo, al verso, a la danza, etc. Y así, beberse la vida es finalmente sumergirse también en las  profundidades bellas de la muerte… Cada día morimos un poco… ¿De quién es esa frase…? No sé si sea de algún pensador famoso y por alguna razón la extraje del “archivo acásico” o sí se me haya ocurrido quizá parafraseando algo similar que ya haya sido escrito… Pero lo cierto es que cada día morimos un poco… Y eso, si lo observamos con detenimiento, nos permite crear con mayor intensidad en todos los rubros y todos los oficios… El morir un poco cada día, si lo contemplamos con plena conciencia, nos permitirá no solamente crear, sino ser mejores personas a cada paso… Hacer conciencia de la brevedad de la vida, nos permitirá siempre prepararnos para el bien morir y esa, como bien apuntaban los antiguos mexicanos, debería ser la meta para todo ser humano, el bien morir… Que, finalmente, significaría morir o descansar en paz.
La muerte en el arte ha sido contemplada de manera profunda, de manera suntuosa y vanal, de manera chusca, de manera grotesca y hasta ofensiva… Pero lo cierto es que arte y muerte permanecen vinculados desde el primer atisbo de conciencia del hombre… (nuevamente acudo al buen pensar y no considerar el hecho de referirme al “hombre” como una cuestión ofensiva para las “feministas”… Me rehuso a caer en la comedia involuntaria y patética del de las botas, eso es todo) La muerte ha sido motivo de expresión melancólica, amorosa, de admiración etc. Y así, se han creado obras por demás bellas a manera de homenaje a quien ha muerto. Cuadros, esculturas, mausoleos, poemas y demás, se tejen alrededor de la muerte… Desde luego, la muerte y el arte también han estado unidos en un sentido místico religioso desde siempre… Y un ejemplo en donde podemos encontrar fusionados el sentimiento amoroso maternal y el sentido místico religioso, es la maravillosa figura en marmol hecha por Michel Angelo Buonarroti, La Piedad. Quien ha tenido la fortuna de estar frente a esta afamadísima obra, no podrá negar la emoción tan grande que la muerte motiva en el espectador… En primera instancia, se palpa el dolor de una madre al tener en su regazo el cuerpo muerto, masacrado, torturado de su hijo… Es imposible concebir un dolor más grande que este… Pero esa emoción se agranda cuando entran los simbolismos religiosos y místicos… Se trata de una madre contemplando la muerte de su hijo, sí… Pero no es cualquier hijo ni cualquier madre… Se trata de la muerte de Jesús, a quien se considera el Dios encarnado…
Y se trata de María, la virgen que concibió por obra y gracia del espíritu santo al hijo de Dios que vino a sacrificarse para el perdón de los pecados de toda la humanidad. Así, la muerte y el arte se vinculan en este caso a niveles excelsos tanto por la emoción amorosa como por las razones de carácter religioso expuestas. Pero no menos impactante es el cuadro de Miguel Ocaranza, titulado “La Cuna vacía”, la temática es la misma, el impacto es igual de fuerte o quizá mayor en el cuadro del pintor mexicano expuesto en el MUNAL, dado que es una escena cotidiana y por lo tanto acerca al espectador a la posibilidad de ser  quien sufra la pérdida del hijo.

En la música, el vínculo con la muerte continúa… Así la infinidad de “requiem” que se han escrito por parte de los grandes de la llamada música clásica. Ni qué decir del canto popular, en donde las manifestaciones creativas se dan en prácticamente todos los autores. “Cuando me alcance, la noche eterna/ muertero amigo, quiero pedirte/ que me entierren mis poemas…/ Que el viento borre mi duelo/ que mis amores me olviden/ que yo me voy a los campos/ con mi guitarra y mis sueños/ muertero amigo/ de andar moreno…” (fragmento de la canción “El Muertero” L. Y M. Alberto Ángel El Cuervo). Canciones como “Donde estás corazón” del Maestro Luis Martínez Serrano… “Sólo la muerte arrancar podía/ aquel idilio ¡ay! De tierno amor/ y una mañana de frío invierno/ entre mis brazos, se me murió…” Y no solamente se le canta a la muerte con ese dolor, esa tristeza, sino con esa mezcla de sentires y pensares que tan propios son de nuestra idiosincrasia mexicana… Así, tenemos por ejemplo la canción escrita por Carlos González de nombre artístico Carlos Coral que han grabado y cantado casi todos los intérpretes de la música tradicional mexicana.
El nombre de la canción, “Puño de Tierra”, es parte de toda una tradición o costumbre que se lleva a cabo como ritual en todo el mundo, echar un puño de tierra sobre la caja de la persona que fallece a manera de recordatorio de que somos parte de ella y a ella volveremos… “El día que yo me muera/ no voy a llevarme nada/ ya muerto voy a llevarme/ nomás un puño de tierra…/” Esta parte de la canción, parecería recordarles a los poderosos empresarios que mandan a hacer esos insultantes mausoleos, que finalmente terminamos todos en lo mismo, la muerte no perdona a nadie ni exime clase social o económica… Y el mismo destino tiene aquel que es sepultado en verdaderas edificaciones del tamaño de una mansión, que el que se entierra al pie de un encino en donde “en lugar de caja/ pongan un petate/ y en lugar de velas/ botellas de vino…”
Desde luego, en la literatura, la muerte también ha tenido un lugar preponderante en todos los géneros. En el ensayo o el tratado, la muerte ha estado siempre presente como tema filosófico favorito. En la narrativa, bueno, ni qué decir y en nuestro país, la magnífica novela de Carlos Fuentes “La Muerte de Artemio Cruz” o el maravilloso relato “Diles Que No Me maten” de mi siempre recordado Maestro Juan Rulfo, son ejemplos de ese genial vínculo entre el arte y la muerte. Por lo que se refiere a la poesía, creo que no hay poeta alguno que no haya tocado el tema de la muerte en su palabra escrita. “Bien venga, cuando viniere/ la muerte: Su helada mano/ bendeciré si me hiere…” (la amada inmovil. Amado nervo) “…Y poco a poquito se me jue muriendo/ …Mi jacal, magrecita del alma, ya pa’qué lo quero/ Pa’los que sufrimos la muerte del alma/ vivir o morir es lo mesmo…” (La Chacha Micaila, Antonio Guzmán Aguilera).

Así, reflexionando alrededor del arte y la muerte, desde las pinturas magníficas de la cueva de Chauvet hasta lo que en un futuro será tal vez la primer tumba en la luna, me despedí cantando el Ave María por el descanso eterno de Rosy, Rosa María Esquivel, que también tanto tuvo que ver con el arte como promotora cultural. D.E. P.

* Pintor, autor e intérprete

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