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Pensar en bruto

Por sábado 15 de abril de 2017 Sin Comentarios

Por: Gibran Riverende

pensar en brutoLlegaron a mis manos dos lecturas: El complot mongol, de Rafael Bernal, y El huésped, de Amparo Dávila. Fui encontrando similitudes entre ellas: ambas declaradamente pertenecen a la literatura de género, la primera a la «novela policíaca», la segunda al «cuento de terror»; ambas tratan el tema del crimen, o más bien, narran crímenes, aunque no reflexionen sobre el tema del crimen; ambas, apegadas a sus respectivos géneros, someten la trama al efecto del suspense; y derivada de la anterior, ambas consideran el final lo más importante, subordinando el resto, hasta el grado de su desconsideración.

complot mongolTambién pensé en la poesía, en el sentido lato de la palabra. En El complot mongol, la poesía no brilla ni por su ausencia. Y aunque no es una preocupación en El huésped, cierta consistencia metafórica se vislumbra, pero algo me decía que había que encontrar el enfoque correcto y reunir los elementos dispersos. Empecé con El complot mongol (1969), de extensión regular, seis capítulos, un solo protagonista y una trama elaborada con la perfección de la cuadratura del círculo, en su mayor parte desarrollada por medio del monólogo interior (otra similitud con la protagonista de El huésped, quien narra en primera persona).

El primer párrafo del primer capítulo remata con la exclamación: « ¡Pinche pasado!»Y, a partir de ahí, un mosquito molesto empezó a rondarme mientras leía: el mismo tipo de exclamación resaltaba a la vista con ritmo monótono: «pinches muebles», «pinche gringo», «pinche tigre manso», «pinche Licenciado », «pinche…»…De manera que entendí la regla del juego: se trata de que el lector participe tomando cualquier sustantivo del diccionario para añadir variantes infinitumal adjetivo prefijado«pinche», liberado de la necesidad de leer el libro. Terminé de leer el primer capítulo, brinquéhasta el final y, como si el amable autor no quisiera dejarme lugar a dudas, me encontré con el doble remate del mismo tipo de exclamación: « ¡Pinche velorio! ¡Pinche soledad!»

Mucho más intrigado por el vocabulario que por la trama, me dediqué a contar 258 repeticiones del adjetivo «pinche» a lo largo de 387 páginas en la versión digital, sin contar las cinco del curioso prólogo a mano de otro autor; 40 veces conté el adjetivo «pendejo», en sus formas singular y plural; el adjetivo «maricón», 26 veces, con alguna que otra variante; el verbo «joder» y variantes, 9 veces; variantes del verbo «chingar», 5 veces; y, por supuesto, variantes del verbo «matar», 178 veces.

Con este método, el autor, a través de su «muñeco de acción» (action figure), un estrafalario matón con disparatados escrúpulos sentimentales, no deja de pinchar al lector página tras página con quejas de casi cada cosa que ve y piensa, que, consecuencia de la trama, termina nombrándose a sí mismo, primero: «pinche maricón», y luego: «pinche pendejo». Pues un matón en serio es aquel que arremete contra todo, por lógica no podía faltar él mismo.

Cansado, con el cerebro hecho carne molida por tanto pinchazo del autor, más que del cuchillo del matón, se me ocurrió una brutal variante para clasificación del género: El complot mongol, una novela pinche, rosa negra policiaca. Así fue como pasé al «cuento de terror» El huésped (1959), parte del libro Tiempo destrozado, y que yo leí en una antología de la Universidad Nacional Autónoma de México (2010).De extensión breve y hechura ocasional, mezcla de vaguedad y fórmula, lo leí, releí, volví a leer y cuentos reunidoscaso curioso, en ningún momento me hospedó el terror, el miedo, el espanto. ¿Por qué? ¿Error de estilo? ¿Defecto mío, que no me sé dejar envolver por el suspense?¿Qué debo hacer, cuando lo que se supone debo sentir, simplemente no lo siento?¿Dónde está la línea divisoria entre el objeto concreto de una escritura, y el fenómeno, no menos concreto y verificable, de lo que su lectura evoca, invoca y provoca en el sujeto? Como me había empapado del contenido, por tanta lectura repetida, algo me decía que la escenificación ineficaz del terror tenía, no obstante, sus lejanos orígenes, ya gastados por el tiempo, pero ciertos.

La esposa, infeliz después de tres años cohabitando con un marido «indiferente», que, según nos declara, la trata como a un «mueble (…) que no causa la mínima impresión»;enclaustrada y hastiada de comodidad y rutina;se siente exageradamente enferma cuando el marido, como para suplir su ausencia y el «afecto y las palabras» agotadas, introduce a un huésped, mitad «sombra» y mitad bestia con voraz apetito carnal que convierte su vida en un «infierno»: la acosa, la mantiene inquieta, le causa insomnio, la hace gritar como loca, la pone a correr en pánico, la hace de emoción y, repentinamente, ataca no a sus propios hijos, sino al niño de la criada. Entonces ambas, deseosas de desahogar una «furia contenida durante tanto tiempo» y saciar un «odio que clamaba venganza», se arman de valor y emparedan al huésped con pasmosa facilidad, hasta que después de más de dos semanas muere, como en tormentosa penitencia de hambre, desesperación y asfixia, desvaneciéndose el «infierno» de la esposa y recuperando, con el regreso del marido, la paz y gozo perdidos, como quien dijera, el paraíso matrimonial.

Ante el modelo idéntico de Cumbres Borrascosas (1847), donde el señor de la casa de regreso de un viaje introduce a Heathcliff, «enviado del demonio» que supone la ruina de la familia, me acordé, cómo no, de la Divina comedia( ca. 1300): el terror, el infierno y el demonio maligno son productos imaginarios cristianos, secularizados y ampliamente comercializados hoy en día. Pero luego mi intuición me condujo a algo mejor, me refiero a la famosa comparación de Santa Teresa en su Castillo interior (1588), o analogía del «alma» del creyente que se interna en sí misma para encontrar a su Esposo (con mayúscula), y en cuyas moradas también suele introducirse el astuto demonio; un libro, pues, que podría explicar la situación de la esposa y su huésped con gran exactitud y sencillez; vale la pena citarlo:

«Acaece a algunas personas, y sé que es verdad, que lo han tratado conmigo, y no tres u cuatro, sino muchas, ser de tan flaca imaginación, u el entendimiento tan eficaz, u no sé qué es, que se embeben de manera en la imaginación, que todo lo que piensan claramente les parece que lo ven; aunque si hubiesen visto la verdadera visión, entenderían, muy sin quedarles duda, el engaño; porque van ellas mismas componiendo lo que ven con su imaginación, y no hace después ningún efecto, sino que se quedan frías, mucho más que si viesen una imagen devota. Es cosa muy entendida no ser para hacer caso de ello, y así se olvida mucho más que cosa soñada».

(Dato curioso, una similitud más entre El huésped y El complot mongol: el matón quejumbroso pincha, dispara y remata cada cosa que ve y piensa, imaginándose que acaba con todo, aunque nada desaparezca.)

* Integrante del círculo de lectura CECUT Tijuana

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