Nacional

Un sábado en la Alameda

Por sábado 15 de octubre de 2016 Sin Comentarios

Por: Juan Diego González

un sabado en la alameda¿Excitado? En español esa palabra es polisémica y en el español mexicano más todavía. ¿Emocionado? Demasiado difuso el término. Viernes. Asiento 8B vuelo de Ciudad Obregón a CDMX. La primera vez sólo estuve en el aeropuerto, por eso no cuenta. Ahora tendría la oportunidad de caminar un poco por la antigua Tenochtitlán. Había llovido la noche del jueves y la ciudad estaba limpia, incluso no había tráfico ni marchas, ni calles cerradas. En la tarde volvió a llover. Sentí como si la megalópolis me saludará. Hablé con Mario Arturo (nuestro querido editor) y quedamos de vernos el sábado. La Bestia de que la hablan en la tele no existe. La Ciudad de México dejó guardada la pócima de Mr. Hyde ese fin de semana.Mario Arturo llegó temprano. Lo abracé, no sin cierto esfuerzo. Todavía no entiendo porque es tan rejego para esas expresiones de cariño y amistad. De haber nacido en el siglo XIX, en Prusia para ser exacto, de seguro estaría todos los días en el café donde Schopenhauer hablaba de cualquier tema. Bueno, tengo de amigo a este poeta, que domina cualquier tema y exageradamente ameno para relatar cualquier historia.

Caminamos a dos cuadras del hotel. Mira, ahí está La Alameda, pero luego vamos, ahorita a desayunar, me sugirió. Entramos a un cafetín, el Trevi. Tardaron en atendernos. Mario Arturo, mientras levantaba la mano por enésima vez, me habló del terremoto de 1985, del hotel Regis, de la dictadura de Díaz, del significado de civilización, de la Alameda, de La Voz del Norte, de un posible viaje a Rusia, de las diferencias entre los poetas rusos y alemanes del Siglo XIX, de la música cubana y los Buena Vista Social Club. Cuando por fin nos sirvieron, Mario Arturo hizo una precisión de su gusto por el buen café. Le comenté sobre la torta de tamal, la tradición culinaria más popular en CDMX. Un pan grande, se abre con cuidado, usando los dedos, sin untarle nada. Luego sacas el tamal de la olla, le quitas las hojas y lo acomodas dentro del pan, con rapidez para no quemarte, lo envuelves en servilleta de papel y listo. La más criolla de las comidas, el origen de la mexicanidad: la combinación perfecta entre el trigo y el maíz. La verdad, no la he probado. Prometo hacerlo a la otra vuelta, a riesgo de un ataque al miocardio.

Salimos a caminar por la historia viva de México: La Alameda Central. Mario Aun sabadorturo sacó un cigarro. En una fuente, los niños y sus padres disfrutaban el sábado como en la mejor de las piscinas. De la calle Juárez nos llegaba la mítica música del organillero. Aquí está el “Hemiciclo a Juárez” me señala Mario Arturo. El monumento está lleno de turistas en busca de la foto. Una mujer alada corona con laureles dorados al oaxaqueño, mientras la diosa de la Justicia ilumina con su antorcha las leyes que sostiene el benemérito en sus manos. “¿Sabías qué se mandó a hacer una corona de oro y la mostró en un acto público?” A poquísimas personas les hubiera creído ese dato. Mario Arturo es una de ellas.

Fuimos a buscar un mejor café al Palacio de Bellas Artes. Tremendo y horrible edificio. Imponente, sí, pero horrible. Estaba cerrada la cafetería. Nos regresamos a la Alameda. Hablamos de Antonio Valdés Herrera, cocoreño hasta las cachas. Autor de Tú camino y el mio, Con mis propias manos, Renunciación y el himno de Baja California Puro Cachanilla, entre otras. Un cielo azul y cercano. Aire saludable, más que limpio. La sonrisa de la CDMX es espontánea y jovial. Luego se acerca y te dice algo al oído y se aleja, esbelta y con el cabello suelto. “¿Traes tu credencial de maestro?” me hace volver en mí Mario Arturo con la pregunta. Me lleva al Museo Mural Diego Rivera. Primero vimos “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, conocido mejor como “Un domingo en la Alameda”. Dejas de respirar. Luego respiras hondo. No puedes moverte. El impacto que provoca el fresco de Rivera es como una plancha de acero que te oprime lento, muy lento. De nuevo la Historia de México en todo su esplendor, desde la perspectiva de uno de los genios de la pintura del siglo XX. Por desgracia –y como es usualnos dejamos llevar por la biografía del artista y perdemos de vista su obra.

Diego Rivera se autorretrata como niño en varias escenas. La que más llamó mi atención es aquella, donde aparece con un traje de marinerito y sombrero de niño bien, comiendo una torta de tamal. Sí, tremenda torta de tamal. ¿Por qué de niño? Luego vimos varios dibujos. Un desnudo de Frida Kahlo y otro de Dolores Olmedo. ¿Qué buscaba en realidad Diego? Las figuras desproporcionadas de estas mujeres y al mismo tiempo, una idealización de la forma, más allá de la palpitación sexual. Y las dos mujeres con una mirada triste o perdida. Nos movimos a otra sección y al fondo, dominante por su belleza y su tamaño, un cuadro de más de dos metros. Un boceto conocido como “Taladro neumático” de 1932.

alamedaLa obra terminada es un fresco sobre cemento, reforzado en una estructura de acero galvanizado. Este dibujo nos descubre al Diego Rivera de ideas y de planes. Al artista organizado que la inspiración lo visita trabajando. En la pieza, el obrero de espaldas, parece flotar al ritmo de la máquina que abre camino al corazón de la calle. Hombre y máquina en perfecta armonía para transformar/destruir, -no lo sé de cierto- la naturaleza. La fuerza del obrero, combinada con la inteligencia del inventor. La fuerza del obrero, fenómeno visto y capturado por la mirada del artista. Aquí, exactamente en este concepto, la máscara del socialismo de Rivera cae al suelo.

Diego Rivera se sabía artista. Y sabía que no podía hacer otra cosa. Sabía que si volvía a nacer, escogería ser lo mismo, un artista. Y en el socialismo, los artistas no pueden existir por definición. Claro que esto, deberíamos discutirlo con un tequila y la voz experta de Alberto Ángel “El cuervo”. Nos movimos otro poquito y el cuadro El niño del taco, casi me hace llorar. Tirado bajo la mesa, descalzo, medio calma el hambre con un taco de nada, mientras el famélico perrito, espera a su vez que algo caiga de su mano. ¿Cuántos millones de niños en México, esperan bajo la mesa del patrón que una tortilla caiga por descuido? Esta es la voz del artista: sus imágenes que retratan una realidad. Y esa realidad se repite por décadas, en una espiral dialéctica, para volver la historia una comedia llena de corifeos que alaban a la aristocracia, la vieja y la nueva. Aquí radica el efecto estético de los genios: sacar a la luz la dualidad belleza/fealdad.

Salimos del Museo. Mario Arturo me acompañó al lobby. Ahí me esperaba Gema Villela, una amiga y reportera. Haríamos un trabajo periodístico, motivo de hecho, de mi viaje a CDMX. Como es normal, Mario Arturo es Mario Arturo y nos llevó en metrobús a otra parte. Alonso (Vidal), donde sea que te encuentres, te doy las gracias porque me diste la oportunidad de conocer y -eventualmente- volverme amigo de Mario Arturo. Este sábado, la CDMX me regaló su mejor sonrisa, espontánea y jovial. Luego, se acercó con pasos de gata, sin hacer ruido, para decirme algo al oído, clavarme sus garras en el pecho, para alejarse después, esbelta y con el cabello suelto, hacia la región más transparente.

* Docente y escritor sonorense

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