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EL TESORO DE TOMÁS MEJÍA

Por domingo 31 de julio de 2016 Sin Comentarios

Por: Andrés Garrido

andres garridoEl general Tomás Mejía –“Jamás Temió”, como lo llamaban los serranos y citadinos- vivía los últimos días en su prisión de Capuchinas en junio de 1867 con la esperanza de que llegara de la Sierra Gorda el general Rafael Olvera, oriundo de Jalpan, con miles de hombres de refuerzo y un cargamento de oro y plata, ya que ni la princesa de Salm Salm ni Conchita Lombardo de Miramón lo incluían a él en sus locos y peregrinos planes de fuga en favor de Maximiliano y Miramón..

La plata en monedas y el oro en lingotes; era todo ese tesoro proveniente de las minas ubicadas en San Antonio de El Doctor, comunidad perteneciente a Cadereyta, en donde “Jamás Temió” (como se le llamaba cariñosamente a don Tomás Mejía) gozaba de amigos generosos que no dudaron en hacer una cooperación para ayudar –no tanto al imperio sino al amigo- y reunieron hasta setenta y cinco mil pesos en plata, algo de barras de oro y treinta mulas para el traslado. Esto, independientemente de que el general Rafael Olvera hubiera rendido las armas y firmado un armisticio en Jalpan después de finalizado el sitio de Querétaro.

Este tesoro era expresamente para obtener la libertad y salvarle la vida al serrano, no para ayudar a la causa imperialista como otros han dicho, cosa que sí sucedió pero tres meses antes y que Rafael Olvera no pudo hacer llegar a Maximiliano ante los embates del general republicano Guadarrama que lo persiguió de La Esperanza a Cadereyta. Este capital era exclusivamente para salvar a Mejía, que quede claro.

Lejos habían quedado para Mejía aquellos días en que gobernando su tierra natal, nombró a la Virgen de El Pueblito generala del ejército conservador, imponiéndole el bastón de mando en día legendario. Mas este amor, no menguaba su apego por la Virgen de Soriano, a la que con rústicas palabras se dirigía cuando se encontraba en batalla orándole: “Madre mía de Soriano, sácame del charco”. Ahora, se encontraba atrapado junto con un príncipe inestable que nunca entendió que las mejores ideas para evitar el sitio o escapar de él, venían de Miramón y de él –Mejía-, nunca del traidor y canalla de Leonardo Márquez. No queda nada para rescatar a “Papá Tomasito” –como le llamaban los indígenas serranos- más que el tesoro escondido en El Doctor, por lo que el recurso mineral empieza a salir de los escondites. Son oro y plata relucientes, puros, y en grandes cantidades. Sobre los lomos de los asnos y mulas va cayendo la preciosa carga, y se le disimula en burdos costales, revolviéndola entre el blanco maíz.

Allí van los indios de Mejía entre difíciles vericuetos, de El Doctor hasta Higuerillas, de Higuerillas a Tolimán y de Tolimán a Bernal, haciendo este extraño recorrido que pudo ser más directo por Vizarrón, y de ahí a Bernal, pero las circunstancias de la guerra así lo exigían. En este risueño pueblo son recibidos por el próspero comerciante don Tiburcio Ángeles Cabrera, quien los atiende en el mesón de San José de su propiedad (actual casa de los herederos de doña Chela Cabrera Delgado). Para Edgardo Cabrera, el tesoro fue dejado en los sótanos de la casa de don Tiburcio (hoy casa de la familia Martell Montes en la plaza principal de Bernal) y en el túnel que unía aquélla con la iglesia parroquial, o en dicho mesón.

Para el maestro Ramírez Álvarez, todavía pasó la recua del tesoro por el municipio de Colón, llegando hasta la hacienda de “La Esperanza”, antigua propiedad de doña Josefa Vergara y Hernández, benefactora de Querétaro, en donde la descarga de fusilería del Cerro de Las Campanas los encontró el 19 de junio de 1867 a las siete y pico de la mañana, por lo que, dolidos por considerar que el mencionado tesoro no había servido para salvar la vida de don Tomás y sus dos compañeros de armas, decidieron tirar o esconder dicha fortuna en la Peña de Bernal, concretamente en la mina denominada “Chicarroma” o “Chica Roma”, según las lenguas de la maravillosa población donde habita el sublime y divino Divo. Los afectos a Mejía sentían que les quemaba las manos tal riqueza si no había servido para tan noble y alto fin. Todavía hay aventureros y gambusinos que en lugar de ponerse a trabajar andan en busca de la plata y el oro de “Papá Tomasito”.

Con esa conseja a cuestas en mi vida me enamoré perdidamente de Bernal desde mis escasos 17 años, pudiendo hacer mi sueño realidad de construir una casita hasta 1993, justo a mis treinta octubres. No hay mayor placer para mí que levantarme muy temprano o ir al anochecer a merodear la parte trasera de la Peña, la de más difícil ascenso y en la que rocas dignas de paisajes lunares te marcan el alto o la velocidad u oyes el cascabel de una víbora que a lo mejor no es muy agradable para tus oídos como sí los son los sonidos de la noche con los lamentos de los animales porque murió la tarde o el volar tardío de un ave que perdió el sentido del tiempo. Los ladridos de los perros se escuchan a lo lejos al igual que el tañer de la campana parroquial. Los rayos del sol poniente o del sol oriente me recuerdan que hay belleza universal y gratuita, por lo que me santiguo y le doy gracias a Dios por tener intactos mis sentidos y poder contemplar su obra.

Mi otra ruta preferida es hacia el barrio de El Puerto, entre la Peña y el cerro de El Picacho, donde existe un viejo zócalo del siglo XVIII dedicado a San Antonio y en donde la mayoría de las veces reposo de mi peregrino andar y me fumo un pitillo contemplando las sombras del anochecer o del amanecer. Era una noche de primavera, concretamente con una luna llena del mes de abril, cuando quise sentarme en el poyo del zócalo de San Antonio en el barrio de El Puerto cuando descubrí que un hombre de tez profundamente oscura y ropa de manta color blanca y un sombrero ancho tejido con fibras de esta tierra fumaba en completo silencio, acompañado de un perro de raza indefinida. Por educación y temor lo saludé con el consabido “buenas noches” y recibí la contestación correspondiente, pero con una voz gutural como salida de ultratumba o de los confines del subsuelo. Con cierto recelo ocupé un lugar en el poyo de piedra y me dispuse a fumar mi pucho, notando con mi fino que el misterioso personaje no olía sino que apestaba a alcohol con una fermentación corporal de muchos meses, la que ya había impregnado sus ropas y hasta su gabán que olía insoportablemente a pulque viejo.

Sin mayor protocolo el anciano me empezó a contar los secretos de la luna llena, su relación con las mareas y la menstruación de las mujeres, pero también de la baja de energía que el plenilunio provoca en los humanos, más en los varones, y que propicia la presencia de seres de ultratumba o de bajo astral. Confieso que la piel se me enchinó al oír aquella gutural voz que me parecía que expresaba cosas cuerdas, no loqueras nacidas de la ignorancia o el delirium tremens, pero más me sobrecogí cuando el señor me empezó a platicar de las bolas de fuego que surcaban los cielos de la región a baja altura o cuando en sus largas caminatas por el monte encontraba en las ramas de los huizaches seres vestidos de negro, con la cabeza rapada con pocos pelos en la frente, como buitres, a los que no se le veían las manos ni los pies, y que permanecían engarruñados hasta que decidían volar provocando el espanto de quien osara verlos: ¡para mi interlocutor eran brujas! las que tenían como misión perder a los hombres a la vez que chupaban la sangre a los recién nacidos.

En una pausa que hizo el personaje me dijo que su nombre era Juan, de oficio albañil y mantenedor de la devoción a la Santa Cruz, y que a sus setenta y tres años era capaz de subir la Peña por la parte más difícil, es decir, por la llamada ruta de las estrellas, que es la que se mira estando por San Antonio de la Cal, y que él, desde su más tierna infancia, sabía dónde se encontraba la famosa mina “Chica Roma”, donde una mujer gitana, una culebra y un perro cuidaban del tesoro que en junio de 1867 estaba destinado a rescatar de la muerte al general don Tomás Mejía.

Con cara de incredulidad me atreví a sugerirle que me llevara un día a conocer dicha mina, nomás por curiosidad histórica, mas no por un afán codicioso. Pero la respuesta del viejo Juan fue que no era tan fácil el llevarme, ya que requeriría yo cierta preparación espiritual para soportar la terrible prueba de encontrarme con la culebra, el perro y la gitana. Yo le contesté que estaba dispuesto a eso siempre y cuando no rompiera con mi creencia en un Dios trino y bueno. Él me dijo que confiara en él pues por algo era uno de los decanos en las fiestas de la Santa Cruz, tan venerada en Bernal. Así las cosas quedamos de encontrarnos en la capilla de la Santa Cruz a la medianoche del sábado siguiente, cuando a él le tocara la guardia nocturna y nadie nos escuchara.

Confieso que no pude conciliar el sueño en los días que me faltaban para acudir a mi cita con el guardián nocturno y tuve que mentir a mi esposa e hijitas que iba a cooperar en la adoración a la Santa Cruz porque me nacía intimar con la gente del pueblo que tan bien nos había recibido.

Una vez que me encontré con el viejo Juan me indicó que jurara que de la iniciación y de la mina no podría compartirlo con nadie, y que si rompía mi voto de silencio sufriría las consecuencias a manera de castigo de las ánimas de don Tomás Mejía y del benefactor Tiburcio Ángeles Cabrera, dueño y depositarios del mítico tesoro. Que esas estrictas reglas me las imponía porque sería una lástima que gente sin escrúpulos se apoderara del tesoro que iba destinado a salvar a un hombre valiente, leal y muy creyente. Me contó además don Juan que ya en otras épocas gente que ha buscado con codicia el dinero de referencia ha quedado paralizada o a aspirado los gases venenosos que expide la mina o bien han sido víctimas de la culebra, el perro o de la gitana.

Otra condición que me puso el anciano fue que me confesara y comulgara con mucha fruición, porque nada ni nadie podía asegurar que regresáramos ilesos de aquella aventura. Quiso además el viejo que consiguiera un litro de agua bendita de la que bendicen los religiosos benedictinos en el convento situado en las cercanías de Atotonilco Guanajuato, entre Dolores y San Miguel de Allende, una medalla de San Benito y un escapulario con la imagen de San Charbel por aquello de las tentaciones del maligno y el peligro de enloquecer con lo que iba a ver. Así las cosas, don Juan me citó para el siguiente plenilunio a la medianoche, saldríamos de El Puerto y él me llevaría al lugar exacto en donde se halla la famosa mina.

Llegados el día y la hora convenidos, llegué con don Juan y en menos de lo que canta un gallo me vendó los ojos, me tomó por un brazo y me condujo por una senda llena de pedruscos y maleza del semidesierto; yo nada más sentía cómo me lastimaban las espinas mis piernas y mi panza, además de oír con cierto temor el canto de las lechuzas y el aullido de los perros y coyotes y sentir en mi cara el viento frío que me cortaba la piel.

Después de ascender como una hora por vericuetos accidentados don Juan me dejó tomar un descanso y quitarme la venda, observando yo que sin duda estábamos en la Peña ya que a mi extremo derecho adivinaba El Picacho y el cerro de La Culebra y que a mi izquierda brillaban las luces de Cadereyta y Ezequiel Montes. Don Juan me volvió a vendar y continuamos subiendo el monolito hasta que me dijo que íbamos a entrar a la bocamina, que una vez que no se viera la entrada o salida de la mina en cuestión me iba a quitar la venda.

En el interior de la mina todo era oscuro y húmedo, con un frío insoportable, pero don Juan prendió una tea que nos iluminó el camino, pudiendo observar murciélagos en las paredes, mismos que al sentir nuestra presencia comenzaron a revolotear y a impregnarnos con su fétido aliento. Lo que no saben ustedes amables lectores –ni don Juan supo- era que traicioné su confianza y puse en mi chamarra larga de cuero un kilo de cal que iba desparramando por el camino para después yo recorrerlo solo. Esta deslealtad no fue pensando codiciosamente en el tesoro perdido sino en mi curiosidad de cronista y novel historiador.

Cuando estábamos en lo más profundo de la caverna don Juan me quitó la venda y me dio a masticar un fruto verde, baboso como el nopal, explicándome que era una planta ancestral que me serviría para soportar y comprender la experiencia espiritual que iba a tener en poco tiempo. Empecé a sentir cómo mi cuerpo y mi mente se adormilaban y que miraba las cosas en una dimensión desconocida…cuando de pronto llegamos a un lugar iluminado con luz de candiles y que era custodiado por la serpiente, la gitana y el perro de fauces feroces. Los tres nos franquearon el paso y en un cuarto adornado con una bella bóveda observé dos figuras humanas que estaban en una actitud como de espera. ¡Buenas noches señores! Les dijo con respeto don Juan, al mismo tiempo que los dos señores nos dieron la bienvenida y se presentaron con una voz grave que parecía de ultratumba: uno, el más joven y moreno, con rostro indígena y pelo hirsuto era Tomás Mejía; el otro, viejo canoso y algo jorobado con bastón era don Tiburcio Ángeles Cabrera.

No pude ocultar mi asombro y espanto, pero ambos, nobles señorones, me dijeron que no temiera nada, que mientras guardara el secreto podría estar sin preocupación. Acto seguido me llevaron a un sótano cuya escalerilla y entrada pasaban desapercibidas a una mirada normal y me enseñaron el tan ansiado tesoro: ¡miles de monedas de plata y lingotes de oro brillaban ante la tea de don Juan!.

Don Tomás y don Tiburcio me explicaron que ese tesoro ya no tenía razón de existir y mucho menos estar guardado en esa mina, habiendo tantos necesitados en el mundo, sobre todo los serranos e indígenas hermanos y descendientes del general Mejía. Me dijeron también que no habían encontrado la forma de entregar ese dinero a los más necesitados porque desconfiaban de los gobernantes y de las asociaciones dizque de beneficencia; que ellos desde el plano en que habitaban desde 1867 y 1876, respectivamente, se daban cuenta de que los seres humanos honestos ya casi estaban en extinción. Que si yo era capaz de ayudarlos a encontrar a alguien confiable para el reparto del tesoro me lo iban a agradecer con bendiciones por toda la eternidad. Les expliqué que yo también estaba decepcionado de los humanos, sobre todo de los que detentaban el poder y de los ricos que solamente pensaban en su riqueza y no en la gente, en los tres mil quinientos millones de pobres que hay en la Tierra. Pero que aun cuando era difícil encontrar a un ser justo era difícil, la empresa no era imposible.

Les propuse a el Papa Juan Pablo II, al arzobispo de Buenos Aires Mario Bergoglio y al padre Javier Martínez Osornio. Las dos sombras sobre humanas asintieron con la cabeza y me dijeron que era tiempo de que yo volviera a mi mundo y trabajara en convencer a los tres extraordinarios hombres que les había propuesto.

Era muy de mañana cuando yo desperté con dolor de cabeza y náuseas en mi cama de la casa de Bernal pero recordando la extraordinaria experiencia vivida. Pero la curiosidad que mató al gato mató también mi juramento y quise rehacer el camino andado una noche antes con don Juan y me dispuse a recorrer la vereda andada siguiendo la línea de cal derramada a escondidas de mi guía.

En el tránsito hacia las alturas de la Peña pude advertir señales no halagüeñas para mi espíritu turbado por la soberbia intelectual: antes de llegar al manantial de El Cuervito un zopilote me quiso atacar; al llegar a la capillita de en medio de la Peña un buitre de grotesco aspecto se me quedó viendo fijamente mientras devoraba un cadáver de vaca. ¡Más adelante contemplé cruces sobre tumbas que nunca había visto, sin olvidar que al pasar por el cementerio de La Peña había visto a un ángel de una tumba de rico moviendo las manos en señal de imploración al cielo! Casi al llegar al lado norte de la Peña lastimaron mis oídos llantos de niños que no vi por ninguna parte y el aullido de coyotes en el tramonto bernalense. El viento ya era muy helado y mi espíritu se sentía flagelado.

¡Al llegar a su fin mi línea de cal en lugar de encontrar una bocamina de tamaño regular para ser penetrada sólo vi una pequeñísima horadación en el suelo y una calavera con una mueca burlona! Me atreví todavía a entrar con mucho esfuerzo y traté de prender mi tea, cosa que fue imposible porque cada vez que lo intenté con cerillas grandes un viento chillante y fuerte me apagaba mi mortecina luz. Parecía que el mismo Eolo soplaba para que mi empeño fuera infructuoso. La humedad de la cueva era asfixiante y sentía que culebras de agua mordisqueaban mis magros chamorros, al mismo tiempo que unos murciélagos me sobrevolaban la cabeza sin fin. Todavía alcancé a escuchar unas risotadas seguidas de una voz muy ronca que me gritó: “con los muertos y su última voluntad no se juega”.

Por la falta de aire y el exceso de impresiones extraordinarias caí inconsciente, recuperando el conocimiento en una casita humilde de adobe, que al parecer estaba situada en el barrio de El Puerto. Pregunté a los moradores cómo me habían encontrado y dijeron que durante la noche se habían visto bolas de fuego surcando la Peña y aullidos terribles de animales desconocidos, sumándose a esos signos el graznido de centenares de cuervos que volaban y luego se metían en una cueva situada en lo más alto del monolito.

Que ante tanta alarma de la Naturaleza y de la Madre Tierra un vecino del barrio les contó que un hombre como de treinta años había pasado al atardecer en una actitud sospechosa y que no lo había visto bajar y que al parecer no traía equipo como para acampar, es por ello que se organizaron para escalar la gran roca y al llegar casi a la cima por la Ruta de las Estrellas me encontraron afuera de una cueva con rastros de humedad y sangre, provocada esta última por decenas de picotazos de los cuervos.

¡No pude hablar y solamente me puse a llorar de manera desconsolada ante mis sorprendidos anfitriones! Al controlar mi emoción pregunté por un tal señor Juan, miembro de la cofradía de la Santa Cruz y una señora morenita y regordeta me explicó que ¡don Juan había fallecido unos años atrás víctima de cirrosis porque durante cuarenta años se dedicó a beber de tristeza por la pérdida de su esposa! Nunca más me atreví a llevar las contras ni forzar la voluntad de Dios.

* Doctor en derecho y Cronista de Querétaro

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