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Don Quijote y Sancho Panza. Una aproximación psicológica

Por martes 31 de mayo de 2016 Un comentario

Por: Nicolás Avilés González

quijote y sanchoA los 400 años de la muerte de Cervantes y a un poco más de que el mundo vio nacer a Don Quijote de la Mancha me asalta una duda, el cómo el autor es-cogió los perfiles psicológicos de los personajes centra-les de su inmortal novela. Hay mucho de cotidianidad en ambos personajes, esa que existe en todo lugar, en todas las épocas; es por eso que esta obra es inmortal. El pueblo nunca muere.

Desde luego, que usó los contrarios, las antípodas entre uno y otro con el objetivo de conjugar sus personalidades y a través de éstas conformar su mensaje. Ambos personajes representan claramente una postura ente la vida, cada quien un claro sentido de lo que buscan; por lo que son complementarias en dicha obra literaria.

Sancho Panza, regordete, consentidor, bonachón, sin malicia, limpio de culpas, maleable, inculto, infantiloide, incapaz de pararse en sus propios pies, manejable, con escaso ceso y por lo mismo con poca memoria.

Apegado a los bienes materiales terrenales y con una clara compulsión por el hacerse de ellos a como dé lugar, anclado a la tierra, en fin terrenal, tanto que ante la promesa de un “loco” abandona su casa, su rústico trabajo, a su familia, pueblo de origen simplemente por algo vago.

Esto bastó para que decidiera irse de escudero de alguien que aunque extraordinario no dejaba de ser un psicótico con rasgos de genialidad. Ante ésta promesa, enseguida ensilló a su pollino y se hace al camino, sin rumbo alguno, así como la cabeza de su amo.

Lo que lo convenció fue lo siguiente: “todo lo conseguido con mi brazo y los botines de guerra serán para ti Sancho, y cuando conquiste una ínsula la gobernarás”.

A todas luces situación poco realizable, aunque había algo que daba certidumbre en caso de no resultar lo prometido quedaban en prenda algunas pertenencias de Alonso Quijano en el Toboso; lo que importaba no era eso sino lo que estaba por llegar ya que Sancho sería el heredero de lo que conquistara a través de las armas de su invencible amo.

Sancho toma inmediatamente a un protector e inmediatamente jura lealtad, acepta sin cortapisas estar bajo su tutela lo que lo convierte en pupilo, sirviente y se somete al mando del amo. La personalidad de este bonachón es compatible con la mayoría de las personas del mundo del medievo y del hoy.

Muchos somos dóciles, crédulos, bonachones, desmemoriados, con tendencia a doblegarnos al llamado de los poderosos como Sancho Panza, ejemplos hay muchos en las diversas sociedades presentes y pasadas (la Iglesia, el Estado, dictadores) que al prometernos ínsulas (mejoría en los salarios, mejoría en la inflación, justicia, la vida eterna, igualdad) caemos cautivados al instante, aunque muchas de las veces vayamos al holocausto, a la hoguera o a la desaparición forzada o simplemente condenados a ser sumisos como el jornalero de la Mancha.

Lorenzo Quijano o Quijada que tiempo después se autodenominó “El caballero de la triste figura”, para luego quedarse con el que lo conocerán hasta la eternidad “Don Quijote de la Mancha”. Varón de poco peso, membrudo sin nada en su cuerpo (grasa) lo que indica o advierte que no desea acumular nada, ni si-quiera grasa en su cuerpo, al contrario su anatomía contrasta con la de su escudero que inmediatamente revela su intención de ganar, de acumular, de estar en la tierra, de ejercer más gravedad para no flotar, para no elevarse.

Mientras Don Quijote, larguirucho, desgarbado, con escasa importancia por su cuerpo material, poniendo por encima lo eterno como el alma (viejo precepto de dualidad), donde el cuerpo físico es un simple vehículo, templo de lo puro, de la vida en sí, del hálito de lo eterno; el alma, que al morir abandona la materia para emigrar a la vida eterna, lo que queda abajo es impuro, sin importancia alguna.

Don Quijote despreciaba a su cuerpo ya que a veces no lo alimentaba, el máximo interés era fortalecer el espíritu. En cambio Sancho devoraba los alimentos que escasamente caían en sus manos; fin último de los mundanos.

El hombre de la Mancha tenía su mirada puesta hacia el infinito, amaba al amor a lo intangible (Dulcinea ni siquiera lo sabía) odiaba la injusticia viniera de aldeanos o de autoridades. Deseaba el bienestar e igualdad de condiciones. Viajaba ligero pero con su mente cargada de sabiduría, de buenos deseos, de amor, de armonía; buscando siempre una utopía. El deseo de un “loco” alcanzar la paz, el respeto, la igual-dad y la armonía entre los humanos.

Mucho se ha hablado de que la maldad es inherente al hombre (Sodoma y Gomorra) tanto que nuestro constructor se arrepintió de habernos hecho y finalmente decide destruirnos mediante la inundación de la tierra. Esa conducta ha llevado a la muerte a veinte millones de personas en la primera guerra mundial y cincuenta millones en la segunda.

Ambas en un lapso de menos de cincuenta años. Además de la guerra de Corea, Viet Nam, además de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki casi borradas de la faz de la tierra en minutos por las bombas arrojadas por la aviación norteamericana.

Amén de muchas confrontaciones que hemos tenido (cruzadas hacia medio oriente y cruzada hacia Francia ordenadas por el Papa en turno que culminó con la destrucción del pueblo cátaro. La presencia de la Santa Inquisición que aterrorizó y asesinó durante cuatro siglos a los libres pensadores acusándolos de herejes). Ahora éstas guerras sin sentido reaparecen y por lo mismo está en llamas el medio oriente.

Esa maldad era la que quería desterrar nuestro héroe; por lo que buscaba felones, mal nacidos, abusivos, para desfacer los entuertos provocados por ellos, además de liberar doncellas, erradicar el sufrimiento e injusticias. Quizá era un compulsivo inveterado o un esquizofrénico con un tema de locura de luchar contra la maldad. Sin embargo creo que en estos tiempos lo necesitamos.

Estos perfiles psicológicos magistralmente manejados por el Manco de Lepanto para construir su novela, le sirvieron para decirnos de lo que estaba convencido sería mejor para los hombres. En fin todo un tratado de ética, moral para el buen convivir como sociedad.

Finalmente, a pesar de los esfuerzos y de los buenos deseos de nuestro personaje, el mal continúa, la humanidad se expresa unos contra otros, destruye animales, ríos, mares, la naturaleza tiembla ante el mayor predador por excelencia.

Ahora más que nunca el hombre sigue siendo el lobo del hombre. En estas épocas necesitamos menos sanchos, más quijotes, más caballeros de la Triste Figura, muchos “locos” para que vengan a desfacer los millones de entuertos que padecemos como humanidad.

* Medico y autor

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Un Comentario

  • Jaime Oteo Rojas dice:

    El conflicto albigense o también llamado cátaro, es mucho más complejo que la intolerancia de un Papa. Había también en juego una geoestrategia muy importante para la monarquía francesa. Los albigenses hablaban una lengua distinta al francés «langue-doc», es decir la lengua de Occitania, muy parecida al catalán, (actualmente el dialecto que se habla en el Valle de Aran pirenaico es muy similar) se consideraban súbditos del rey de Aragón (de hecho, su rey Pedro I murió en batalla contra los franceses defendiendo a sus súbditos) y no se consideraban franceses por tanto. Eso suponía un debilitamiento territorial para el centralismo francés, que no podía consentir porque le debilitaba. Esa causa política encontró un aliado en el Vaticano, que había intentado conseguir, mediante la predicación de Domingo de Guzmán, corregir la «herejía». El aspecto religioso sirvió de legitimación ideológica a la ambición territorial y ambas unidas, aplastaron la rebeldía político-espacial y religiosa.

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