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¡QUÉ SOLOS SE QUEDAN LOS MUERTOS!…¡Adiós, Maestro Ferrusquilla

Por lunes 30 de noviembre de 2015 Sin Comentarios

Por: Faustino López Osuna

El título de este artículo es el verso de un poema del español Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), padre del romanticismo en la poesía española y autor, en una infinidad de hermosos poemas, del que dice: “Volverán las oscuras golondrinas”, y que traigo a colación con motivo del fallecimiento de don José Ángel Espinosa Aragón, “Ferrusquilla”. Uno es dado a pensar que figuras como él son de Sinaloa y/o de México, pero finalmente cae en cuenta que son de su familia.

Y el hecho de que su hija Angélica Aragón haya dispuesto su incineración y se haya llevado a la ciudad de México sus cenizas el mismo día de su deceso, sin aceptar aquí muestras populares de admiración y cariño ni permitir a nadie que lo velara, lo homenajeara y lo despidiera, aunque lamentable, muy su derecho. El dolor en situaciones así, puede llevar a la locura transitoria y a cometer errores y todo indica que sucedió algo de ello, lamentablemente. Por la forma en que ocurrieron las cosas, tristemente asistimos al caso de la soledad tanto del fallecido, al mismo tiempo que la de la hija que vino por él, solitaria también, sin que nadie la acompañara. Dos años atrás ella vino a Mazatlán con la intención de llevárselo al Distrito Federal, pero él se opuso. Esta vez se lo llevó, pero sin vida.

Después de un homenaje que le hizo en Culiacán don Alfonso G. Calderón, gobernador del Estado, en su último año de gobierno en 1980, el autor de “Échame a mí la culpa” me confió que él ya pensaba regresar a morir a Sinaloa. Quién sabe qué lo desencantó de la ciudad de México o qué problemas afrontaba, que se vino a radicar a Mazatlán para siempre. Un cuñado mío, compadre de él, Carlos Valero, le ayudó a localizar la casa donde viviría el resto de sus días, en el cerro de la Nevería. Su contacto con su tierra y su gente lo revitalizó. Su ingreso a El Colegio de Sinaloa, primero, y, después, el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Sinaloa, lo reanimaron.

Mi relación con él inició cuando el homenaje, pues se me designó para atenderlo y movilizarlo en sus ensayos de casa del licenciado Raúl René Rosas Echavarría al hotel Ejecutivo. El día del homenaje, transmitido por radio a toda la entidad y con la presencia de todos los presidentes municipales, conocí a su hija Angélica, quien venía casi recién casada con un hindú (había estudiado en la Real Academia de Arte Dramático en Inglaterra y en la India). Su elegante vestido largo con una especie de bata, era de la tierra de Gandhi y mostraba con orgullo el lunar en la frente, distintivo del estado civil de las damas hindúes.

Entre las múltiples maneras en que se puede clasificar a los individuos, hay dos muy distintivas. La de quienes inventan una imagen y se dedican toda su vida a pulirla y la de quienes hacen una vida de apariencia. José Ángel Espinosa fue de los de la primera clasificación. Al dejar la ciudad de México, dejó también allá sus fallas y falsificaciones (soberbia y arrogancia) a las que se vio impelido en su lucha por alcanzar el éxito. Y a partir de su regreso a Sinaloa, decidió con todas las fuerzas de su existencia ser la imagen de la sencillez y la humildad entre los suyos, en su propia tierra. Buriló como fino artífice esa imagen con la que deseó que lo recordaran hasta su último aliento. Y lo logró.

No obstante, íntimamente hubo algo que lo amargó los últimos tres años de su vida y que, igual a aquella ocasión en que en 1980 me confió que ya pensaba regresar para terminar sus días aquí, desahogó confidencialmente conmigo. No quería irse sin subsanar aquel pendiente. (Recordé y relacioné esto, cuando hace poco escuché a Vicente Fernández que no andaban bien sus relaciones con Joan Sebastian, pero que una semana antes de su partida le había llamado para allanar las cosas). No tiene de qué preocuparse, maestro Ferrusquilla, le expresé. Comprendo su situación y reconozco su valor como ser humano. Le agradezco su confianza. Esté usted tranquilo. (Aunque era muy reacio a los abrazos, lo abracé un tanto torpemente y nos despedimos dándole yo un apretón de manos).

Cuando decidió aislarse de entrevistas y homenajes (“no estoy en condiciones de atender visitas”, repetía), alguna vez el ingeniero Federico Páez Osuna (también de El Colegio de Sinaloa) y yo decidimos visitarlo sin avisarle. Él le llevaba una botella de rompope. Yo le preguntaba por Angélica. Una vez empezada la charla, su memoria seguía siendo prodigiosa. Donde tenía fallas era en la memoria instantánea.

Otra vez, intentando que no se deprimiera por no tener con quién conversar, nos pusimos de acuerdo el propio ingeniero Páez Osuna, Esperanza Kasuga (empresaria solidaria) y yo, para llamarle por teléfono un día cada uno, de lunes a miércoles y distraerlo un poco platicando con él. En una ocasión le llamé de Aguacaliente y le puse al teléfono al presidente de la Comunidad para que lo saludara, expresándole éste que en el pueblo se le quería. Lo mismo hice el día 2 de octubre, de su cumpleaños 96, poniéndole al teléfono a don Mario Huerta, ex presidente municipal de Mazatlán, también compositor, contemporáneo y muy amigo de él, felicitándolo.

Cuando el día 6 del presente mes escuché a las 6 de la mañana en la radio sobre su fallecimiento, aunque me encontraba solo, expresé en voz alta: ¡Adiós, Maestro Ferrusquilla! Volví instintivamente la vista a la fotografía que cuelga de la pared, donde estamos los dos el día en que se inauguró la estatua de don Cruz Lizárraga en el puerto. En una ampliación escaneada, están sus palabras manuscritas con su hermosa letra palmer: “Don Faustino López Osuna: Esta nueva visita a su hermosa e histórica mansión en Aguacaliente de Gárate, me llena de placer y me permite reiterar mi admiración por el enorme talento que adorna su persona. Felicidades. Ferrusquilla José Ángel Espinosa. Noviembre de 1995.” Este mismo mes, hace 20 años.

* Economista y compositor

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