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SORGE

Por miércoles 15 de abril de 2015 Sin Comentarios

Por: Verónica Hernández Jacobo

Antiguamente para los médicos esta palabra se ubicaba clínicamente como una especie de inquietud, el modo en como el sujeto perdia la quietud. Quien inquieta hoy es el “anormal”, por ello se despliega un sinnúmero de artificios en todos los espacios públicos, el que me interesa explorar en este artículo es el espacio escolar, se puede afirmar que el niño inquieta, se vuelve una amenaza en las aulas, especialmente a los docentes ya que rebaza con sus comportamientos los marcos normativos de los actuales centros escolares, por ello se convierte en una amenaza potencial, frente a esa amenaza se urde el plan para diagnosticarlo, adormecerlo químicamente para que él se transforme en un sujeto dócil y manejable, ese sería el ideal de ciertos médicos, profesores y padres de familia, que el niño se someta a las reglas y deje de molestar.

Los hombres de ciencia (risas), meten en cintura al niño mediante los diagnósticos, el niño en la escuela se vuelve un problema de orden público, incluso peligroso porque desestabiliza en la escuela el orden curricular, la tendencia de estos dispositivos de control es acallarlo con drogas, ya no hay posibilidad de pensar en lo infantil, y en las complejidades de un niño para hacerse un lugar en la escuela. Hacerse un lugar despliega una serie de manifestaciones sintomáticas, no puede ser de otra manera, asumir la soledad y la exigencia curricular genera en el niño una suerte de síntomas que se manifiestan como patologías en la infancia que el Estado inmediatamente intenta resolver con el orden policiaco del control farmacológico en los infantes.

El diagnóstico hace creer a pedagogos, psicólogos y médicos que el problema ya se resolvió medicalizando a la infancia, incluso algunos diagnósticos de neurólogos, médicos, psiquiatras, o inclusive de psicólogos son inespecíficos. Pero ello no impide que al niño se medique, “la casa no pierde” no importa que los niños paguen iatrogénicamente con su cuerpo. Este afán del discurso cientificista por evaluar, diagnosticar y drogar a nuestros hijos, tiene que encontrar una respuesta desde lo social y aplicar el mismo rasero al evaluador, y evaluarlo para ver que consignas éste sigue, qué medicamentos receta y a qué industria farmacéutica trabaja, todo eso para estar en condiciones de que se privilegie en verdad, la salud de lo infantil y no la ganancia de dichas empresas, y del profesionista que las promueve.

No dudo que existan niños que requieren tratamiento farmacológico para afecciones que son orgánicas, el gran problema es cuando ubican al “comportamiento” como si éste fuera una enfermedad, de esta manera se privilegia el tratamiento con fármacos, sin ponderar el entorno familiar, institucional educativo, sociocultural, y subjetivo. El infante tiene que subjetivar las exigencias académicas, la angustia de ciertas crisis emocionales que se despliegan con su cuerpo, por lo tanto el medicamento seria una de las últimas opciones antes de explorar su inserción escolar y sus consecuencias.

Por otro lado, hay que decir que la infancia es un pasaje extraordinario con múltiples complejidades, no es la infancia pasiva, sino que infancia es: correr, brincar, jugar, armar el desastre hasta el cansancio, frente a este ímpetu desbordante el adulto pone el Jesús en la boca y quiere un control absoluto sobre ese chiquillo que lo ha sacado de sus casillas, el diagnóstico vendrá a hacer la tarea de adormilar a este monstruo desbordado, en este sentido Freud en la Conferencia 32 menciona lo siguiente:

(…) a cada edad del desarrollo le corresponde una determinada condición de angustia y por lo tanto una condición de peligro, como la adecuada a ella. El peligro del desvalimiento psíquico, convierte al estadio de la temprana inmadurez del yo; el peligro de la perdida de objeto (de amor) a la heteronimia de la primera infancia; el peligro de la castración, a la fase fálica; y, por último, la angustia ante el superyó, angustia que cobra una posición particular, al periodo de latencia.  (Freud 1933-1996, pp. 81-82).

Ante este argumento de Freud no queda mas que señalar que el niño en cada momento de su desarrollo como sujeto entra en estados de ansiedad y angustia que los evaluadores cientificistas pasan de largo o se hacen de la vista gorda para poder engordar sus bolsillos vendiendo recetas a tontas y locas pero que afecta a la infancia.

*Doctora en educación

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